I



PRIMERA PARTE: DOMUS



I

La presencia de dos personas interrumpía la monotonía de un paisaje en el que casi nada crece. Al principio eran apenas una elevación en el horizonte, una piedra o un arbusto. La cercanía reveló a un hombre recostado, aparentemente joven y herido. Quizá muerto. La mujer, arrodillada, acariciaba suavemente su cabello mientras lo protegía del sol. Ese movimiento repetitivo, casi inconsciente, era el único indicio para sospechar que el joven aún estaba con vida. La mujer se congeló por el asombro al levantar la vista y advertir la caravana que, como un grupo de fantasmas, atravesaba en silencio el desierto de la barbarie.

Sin embargo, en sus ojos había firmeza frente a los desconocidos, quienes, al pasar, los observaron apenas por curiosidad. La certeza de la muerte próxima le dio a la mujer la valentía suficiente para acercarse a la caravana espectral. 

El hombre más grande y amenazador que ella hubiera visto en su vida caminaba al costado de la caravana, cubierto por la sombra que proyectaba el inmenso artefacto móvil en el que se desplazaban. Espada en mano y sin demostrar emoción alguna, se adelantó para interrumpir su paso, quizá con la intención de terminar con su vida. Lo detuvo el gesto de un anciano que se dejaba trasladar apaciblemente en aquella máquina que, como un monstruo inconmensurable, se deslizaba sin ruido. Ella decidió dirigirse al anciano, a quien apenas vislumbraba en lo alto a causa del sol. Éste le respondió con amabilidad. 

—Ayúdennos, por favor.

—No tiene sentido. Pronto morirán.

—No lo haremos.

—Quizás usted no, pero el joven está herido de gravedad y estar herido en este lugar es morir.

—Puedo curarlo en el camino. Solo necesito que nos pongan a reparo del sol y del viento.

—Según nos han dicho los viajeros, existe una comunidad cercana que vive en una especie de domo. Hacia allá vamos. Si el joven puede desplazarse por sus medios, podrían encontrar refugio en ese lugar.

—No podemos ir allá. Tampoco lo recomiendo. La muerte acecha detrás de la fachada de civilización que ostenta ese lugar. Por el momento, él permanece inconsciente, la medicina aún está haciendo efecto. Necesitará unos días para volver a caminar. Les pido que lo desplacen en ese vehículo hasta que pueda recuperarse. 

—Es un poco pretenciosa para estar al borde de la muerte. ¿De qué manera puede curar a un agonizante?

—Con medicina.

—¿Y de dónde saca la medicina, en este lugar donde no hay nada?

—De lo que encuentro en el desierto. Plantas, raíces, insectos.

—¿Puede enseñarnos?

—Si nos ayudan, puedo enseñarles.

—Solo usted nos resulta útil. El muchacho está condenado.

—No lo está. Y él también puede serles de utilidad. Sabe sobre muchas cosas producto de su educación estricta.

—No veo cómo un muerto en vida pueda enseñarnos algo. Además, por lo que veo, el desierto no le ocasionó esas heridas. Si lo llevamos a ese domo, seguro tendremos problemas.

Por primera vez, el hombre enorme se decidió a hablar. Lo hizo con esfuerzo, como enfrentándose a una práctica que no realizara cotidianamente.

—¿Sabe descifrar símbolos?

—Yo solo puedo descifrar símbolos del desierto. Pero él puede descifrar símbolos escritos por el hombre.

El anciano, con los ojos ocultos por un artificio de madera y vidrio desconocido por la mujer, se interesó.

—Si el muchacho sabe leer y escribir, nos puede ser de utilidad, siempre que pueda ayudarnos. Si resulta que despierta y no sabe enseñar su arte, lo abandonaremos a su suerte. 

—Me parece justo. Mi nombre es Gringa; este joven es Daniel.

 


La máquina se desplazaba sobre ocho enormes ruedas metálicas. Para subir a ella se necesitaba una escalera o las sogas que colgaban a los costados. Aunque intentara disimularlo, Gringa no salía de su asombro. Sin duda, había sido fabricada por las mismas personas que viajaban en ella. Nunca había visto ninguna máquina, ni grande ni pequeña, que se desplazara de manera autónoma, es decir, sin ser empujada o arrastrada por personas. Alguna vez había escuchado en el Domo historias sobre quienes habían domesticado animales para arrastrar carros o cargar materiales pesados, pero nada como esto.

Gringa no preguntó nada sobre el vehículo. Tampoco consultó, al subir, por la cantidad de personas que integraban la caravana. Solo había visto a las dos que hablaron con ella y a una tercera que caminaba debajo de la máquina, buscando sombra, sin acercarse ni descubrir su rostro en ningún momento. El silencio era el modo habitual de proceder en una situación así: limitarse a callar y contestar sólo cuando se lo requirieran.

Además, Gringa era silenciosa por naturaleza; fácilmente podía abstenerse de importunar a desconocidos con palabras innecesarias. Sin embargo, en esas circunstancias, su silencio era forzado. A pocos minutos de verlos, le surgieron muchas preguntas. Para ella la existencia de una caravana de esas características era, simplemente, imposible, y eso le despertaba una curiosidad intensa. A pesar del impulso, calló y disimuló, consciente de que su vida y la de Daniel dependían de un grupo de personas de existencia imposible y que, en ese contexto, el silencio ofrecía más posibilidades de sobrevivir que las palabras.


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