XIV
Durante cinco años Alba y Daniel fueron felices. Quizás ella fuera la más feliz del Consejo. Mientras todas las personas de allí habían nacido y crecido bajo las reglas de esa comunidad, Alba había conocido este mundo como adulta y descubierto su extraordinaria organización de manera comparativa. En el Domo se hablaba de asociados, se propiciaba la competencia individual, se celebraba y potenciaba la preocupación por uno mismo y la propiedad. En ese contexto, un hijo era eso, una propiedad. El Consejo, por el contrario, alentaba lo colectivo. Nadie era un individuo aislado y todos eran necesarios para la comunidad. Todas las decisiones se tomaban en conjunto. Bajo este último modo de vida se sentía mucho más libre que en el anterior. En el Domo, a pesar de su culto por lo individual, quizá las únicas dos decisiones que había tomado en la vida fueron tener al hijo que le arrebataron y escapar con un hijo arrebatado. El resto de los días se sostuvieron en la falsa creencia de la libertad, cuando en realidad era una esclava.
Toda la estructura del Domo se le reveló como una gran farsa. La verdadera cara del Domo, que Alba sólo sospechaba en su nuevo hogar, se mostró en toda su ferocidad luego del rapto de Daniel. Como era de esperarse, este hecho disparó el mayor operativo de búsqueda del que se tenga recuerdo. Si bien todas las políticas del Domo tenían como objetivo el olvido, los habitantes recordaban la propia experiencia vital y no habían visto jamás acciones semejantes. Como también era de esperarse, la violencia fue el denominador común de los agentes encargados de la búsqueda, quienes demostraron con su crueldad que la humanidad puede abandonar los cuerpos y los corazones movidos por una sola orden, sin ninguna limitación moral que lo impida.
El pacto de silencio entre los conjurados se mantuvo hermético a pesar del horror desplegado por el nivel central. El único que habló fue el guardia sobornado, que recordó a una mujer pero no al niño y admitió haber dejado que pasara. También señaló a la otra mujer, aquella que la ayudó en el cruce del anillo. El hombre fue inmediatamente asesinado por orden de Diana, sin miramientos y a la vista de la gente. Un ademán de la Gestora activó el cuchillo certero en manos de un guardia personal del centro; éste cruzó el cuello del traidor y todo el mundo lo vio gatear mientras agonizaba, con los ojos muy abiertos. Parecería que intentaba atrapar la sangre para que no se le escapara de su cuerpo, mientras horribles sonidos escapaban, involuntarios, de su boca o, quizá, del orificio en su cuello.
Posteriormente, llegaron a la mujer señalada por el guardia como cómplice de Alba. A pesar de los golpes y vejaciones, solo consiguieron sacarle la acusación a gritos de ser injustos. Estas palabras, “ustedes han hecho mal, lo que sufren es un acto de justicia”, fueron las últimas que la mujer pronunció antes de ser asesinada del mismo modo que el guardia. Pero a diferencia del guardia, las palabras de la mujer fueron aprobadas internamente por cada uno de los presentes y, al ser degollada, se hicieron escuchar los gritos de horror y reproche por la población del anillo. Incluso desde el fondo se escuchó, con la claridad de quien está solo en medio de un enorme espacio vacío, la promesa de venganza.
La información recabada mediante procedimientos de igual crueldad los llevó a atravesar los límites del anillo y llegar a la periferia. La anciana que le dio a Alba las coordenadas para escapar presenciaba con una sonrisa de triunfo toda la escena. A pesar de sus ojos prácticamente ciegos, observaba cómo los asesinos del Domo finalmente abandonaban sus máscaras de civilización. Fue arrastrada como todo el resto, su espacio fue requisado una y otra vez para no encontrar nada. Varias personas de la periferia afirmaban frente a los guardias que les encantaría saber algo acerca del tema para poder ingresar al anillo como recompensa, pero que lamentablemente no sabían nada. Otros sabían y callaban.
El grupo enviado a hostigar a los habitantes de la periferia para recabar información sobre la fuga volvió al nivel central para reportarle los sucesos de su incursión violenta y manifestar dos conclusiones. La primera es que la mujer con el niño estaban o habían estado en ese lugar. La segunda es que las personas del lugar sabían y callaban. Diana, luego de un breve tiempo de reflexión en soledad, sin escuchar a ningún asociado del círculo, ni siquiera a su asociado en la maternidad, decidió cambiar radicalmente la estrategia. Ella en persona, por primera vez en su vida, salió fuertemente custodiada del círculo central y atravesó cada uno de los muros que la separaban del resto de la población hasta llegar a la periferia. En una sociedad preparada para el olvido, este evento fue memorable. Al llegar, pidió a sus asistentes que le señalaran a las personas que, según su expedición previa, consideraban que tuviesen alguna cuota de poder en medio de esa barbarie. Con asombrosa habilidad disimuló el asco que le provocaba ese lugar, rodeada de esa muchedumbre sucia y sin modales. Finalmente se presentaron frente a ella tres personas, dos mujeres y un hombre. Con el rostro cubierto hasta la altura de los ojos por sus ropas inmaculadamente blancas, se dirigió a ellos. Por el tono que utilizó, podía adivinarse una sonrisa dulce bajo la túnica:
—Se ha producido un hecho tan grave en el Domo que toda la estructura se balancea. Sé que ustedes conocen este hecho, por lo que no voy a profundizar en él ni voy a obligarles a confesar su conocimiento. Sólo quiero decirles que es necesario hallar a las personas que estamos buscando para restablecer la armonía perdida. Para eso, hemos decidido hacer una excepción a las reglas propias de esta comunidad y ofrecerle la entrada al tercer anillo del Domo a la persona que nos brinde el paradero exacto del niño y su captora. Esa persona, junto con otra de su elección inmediatamente atravesarán este muro para convertirse en ciudadanos del tercer anillo. Con esto, sus vidas cambiarán para siempre.
La mujer esperó que alguna de las personas que tenía enfrente le señalaran el lugar exacto en el que habían escondido a su propiedad, pero esto no sucedió. No por hermetismo, no por lealtad, sino porque no lo sabían. Comenzaron atropelladamente a hablar, a explicar que oyeron de su presencia en la periferia pero que no sabían dónde, ni si continuaban allí. Tampoco sabían a quién preguntar pero pedían que por favor tuvieran su información como suficiente para permitirles el ingreso. Entre ellos peleaban por adjudicarse la información, pero lo cierto es que los tres decían lo mismo y todo era insuficiente.
—Me quedaré brevemente en este lugar a la espera de información. Les pido que hagan correr la voz inmediatamente para poder avanzar en la resolución de este problema. Negociaremos con quien traiga al informante.
Un hombre del grupo volvió al cabo de un breve tiempo con una anciana y una mujer que Diana suponía joven, aunque totalmente desgastada por las inclemencias del ambiente. La joven acudía voluntariamente, mientras la anciana era arrastrada con firmeza.
—Encontré información —dijo el hombre —. Fui yo quien lo hizo. Esta mujer dice haber escuchado una larga conversación entre la mujer que buscan, con el bebé en brazos, y esta anciana. La vieja le dio información acerca de un grupo de gente que vive cerca de aquí. Aparentemente la mujer y el niño habrían partido hacia allá. Pero fui yo quien encontró la información.
—Lo que dicen es imposible. Es imposible que un grupo de personas puedan vivir lejos de estos muros y es imposible que una mujer sobreviva con un recién nacido a las inclemencias de este paisaje. Esto se trata de una distracción para esconder mejor mi propiedad.
—Entiendo lo que dice señora —dijo la mujer joven— . Yo misma no lo creería si no lo hubiese escuchado, pero le garantizo que es cierto. Esa conversación existió y la mujer y el niño se marcharon del Domo. Le diré lo que sé al respecto, pero a cambio le ruego que cumpla su promesa y nos lleve a mi hija y a mí del otro lado del muro.
—Si lo que dices me lleva a mi propiedad, entonces cumpliré mi promesa.
—En la charla con la mujer que busca, esta anciana afirmó pertenecer a una comunidad cercana. Dijo haber venido hasta este lugar hace muchos años y le señaló la dirección que debería seguir para encontrar el lugar. Por otro lado, no es infrecuente la llegada de viajeros a este lugar. Esto significa que se puede atravesar el desierto a pie.
—¿Lo que dice esta mujer es cierto? —preguntó Diana a la anciana.
La anciana sonreía con satisfacción al ver a la autoridad de esa horda de asesinos teniendo que rebajarse para hablar con ella. La ceguera que le había provocado el tiempo aún le permitía percibir la silueta frente a ella lo suficiente como para dirigirle la sonrisa triunfal. Por primera vez en su vida, se sintió en una posición de poder.
—Ni una palabra. Esta mujer está loca y solo quiere aprovecharse de usted.
—¿De dónde es usted realmente?
—De ningún lado. Siempre estuve aquí.
—¡No mientas! —exigió la mujer joven.
—No miento. Y tus mentiras para rasguñar una migaja del poder te consumirán por dentro.
El gesto de sorpresa de Diana frente a la última frase de la anciana casi atraviesa la tela protectora.
—Esta mujer está haciendo lo mejor para ella y su propiedad —le dijo Diana a la anciana mientras señalaba a la joven —, lo que resulta lógico. La reacción que en usted provoca la posible mentira también es lógica, pero la referencia al poder es ajena a nuestra sociedad. Nadie nacido en el Domo o en la periferia haría semejante referencia. Sus palabras, anciana, desnudan un odio más antiguo y una procedencia extranjera. Adelante, pues, buena mujer. Quiero escuchar hacia dónde fueron.
—Señaló al norte. Indicó diez soles de viaje en esa dirección —dijo la joven.
—No creo posible que una comunidad pueda sobrevivir a tan poca distancia sin tener conocimiento de esto.
—Pues así dijo la mujer. Viven en cuevas. Parece increíble, pero con ese rumbo partieron. Quizás hayan muerto en el camino.
—¿De qué manera puede alguien recorrer esa distancia? ¿Cómo no perder la referencia de la dirección en medio de la arena y un paisaje semejante?
—No creo que sea posible, señora. Creo que la única razón para emprender un viaje de esas características es la locura o la desesperación.
—Quiero que lleven a esa anciana a un lugar en el que pueda ser interrogada con todo el rigor de la justicia. Necesito toda la información que oculta esta bárbara. Inmediatamente buscaremos voluntarios para realizar un viaje de reconocimiento. Si es que mi propiedad ha muerto, necesito saberlo. Si existe la remota posibilidad de que estén con vida, también necesito saberlo.
—¿Cuál es la recompensa por la información? —preguntó el hombre.
—Para ti, nada. Sólo has traído a la persona que poseía la información. En cuanto a usted, mujer, sólo has brindado una dirección a la cual dirigirnos y una historia apenas verosímil. Esto no es información, sino especulación. Sin embargo, los datos conseguidos nos permitirán avanzar en la búsqueda de la verdad. Es por esto que permitiré que una de las dos acceda al tercer anillo. Pero sólo una.
—Dos personas no harán la diferencia, señora. No puedo separarme de mi hija.
—Pues deberás hacerlo. Hay lugar para una persona, o usted o su propiedad. Decídase y hágalo saber a los guardias.
La mujer eligió a su hija, de apenas de 10 años, para que continuara con su vida en el Domo. A pesar de su docilidad, cualidad extraña en esos lugares, la niña se negaba a desprenderse de su madre. Diana ni siquiera reparó en las plegarias de la niña ni en su llanto desesperado. Finalmente, disimulando su odio y su miedo, la madre logró convencer a la niña.
—Mi vida no tardará en llegar a su fin. Pero en tu caso, muchos años te quedan por delante y muchos más vivirás en mejores condiciones. Jamás te olvides de esta tarde y jamás confíes en los poderosos de este Domo. Vive una vida plena y extensa como venganza ante la injusticia.
La niña nunca olvidó, como tampoco los testigos de la periferia. Tampoco olvidaron los alaridos de dolor mezclados con la risa desaforada de la anciana torturada, que murió sin decir una palabra.
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