XXI

 


El guardia depositó al niño en el suelo. A pesar de la desesperación y la noche y el humo y la sangre invadiéndole el rostro, pudo vislumbrar al soldado, como el monstruo del sueño más terrible, cortando la cabeza del cuerpo de su madre y poniéndola dentro de un saco.

—Tenemos al niño. Dijo en un grito

—¿Estás seguro, Torres?

—Éste será. Contestó.

El niño, agotado, se dejó levantar y cargar sobre el hombro del asesino de su madre como si fuera una bolsa. También observó cómo todo el ejército enemigo, o casi todo, emprendía la retirada cubriéndose los pasos. Cuando la mayoría estuvo en el piso superior, sin esperar al resto, las puertas se cerraron dejando a los sobrevivientes del Consejo en el piso inferior. La paz duró muy poco porque la puerta se volvió a abrir lo suficiente como para arrojar enormes cantidades del líquido inflamable que el Consejo había utilizado en el piso superior. Gladia alcanzó a preguntarse de qué manera sabían a la perfección todo lo referido a su mundo, pero el fuego no le permitió llegar a una conclusión. 

A diferencia del piso superior, no había ventilaciones para que el humo pudiera escapar.

El ejército del Domo esperó del otro lado de la puerta sellada a que el último grito de horror del piso inferior cesara para siempre.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

I

XIV