II
II
En el Domo era sabido que la única forma de vida civilizada se desarrollaba dentro de sus muros. La intemperie era la barbarie y la muerte. De hecho, como castigo ante una falta grave en su interior, se le ofrecía al infractor la posibilidad de optar entre el destierro o la muerte. Esto muy rara vez sucedía, pero en las raras ocasiones en las que este tipo de castigo fue necesario, los condenados siempre eligieron la muerte.
La elección era entendible por dos razones. Por un lado, era indoloro: Se trataba de un sueño del que ya no se despertaba. Por el otro, aportaba a la sociedad: el cuerpo muerto era utilizado como abono para las plantaciones que proveían casi la totalidad de los alimentos. Este tratamiento final de los cuerpos sin vida era igual para cada ser vivo que dejaba de estarlo dentro el Domo.
Elegir el exilio era también elegir la muerte, aunque de una manera horrible. Se consideraba que nada sobrevivía fuera de sus muros debido a la falta de agua, de alimento o al ataque de los mil peligros que esperaban en el exterior. De todos, los nómades representaban el horror más conocido. Eran la barbarie del mundo, seres sin lenguaje ni códigos que se comían a otras personas. Es por esto que la máquina móvil y las personas que hacían uso del lenguaje resultaron una sorpresa para Gringa y sin duda también lo sería para Daniel, en caso de que se recuperara.
Al subir al vehículo, Gringa descubrió que la tripulación estaba integrada por cinco personas. El anciano, El gigante, la mujer caminante con el rostro oculto y una pareja en el interior. Todo el grupo fue observando a los recién llegados pero rápidamente volvieron a sus quehaceres sin saludar ni dirigirles la palabra. Daniel fue subido sin esfuerzo por el gigante. El único que hablaba era el anciano.
—¿Qué es lo que necesita para sanar al muchacho descifrador de símbolos?
—Nada, tengo todo lo que necesito en mi bolsa.
—Cuéntenos entonces, ¿con qué nos encontraremos al llegar a esa comunidad? Queremos saber qué podemos comerciar y cómo son sus jefes para tratarlos con propiedad.
—Jamás verán a los jefes. Está prohibido el trato con cualquier persona del exterior por considerarlos una amenaza. Ellos habitan el centro del Domo y nunca traspasan el muro interior. Luego del centro se encuentra el primer anillo, en el que habitan los guardias y los empleados que trabajan diariamente en el nivel central. Tiene varios sectores en donde se siembra parte del alimento, sobre todo el destinado al centro del Domo y el primer anillo. En esas plantaciones trabajan habitantes del segundo anillo, que acceden al primero solo para trabajar. El resto de los habitantes del segundo anillo se divide entre agricultores y artesanos relacionados con los oficios más variados; desde confeccionar las telas para las plantaciones y los techos del Domo a la elaboración de tuberías, armas, vestimentas, entre otras ocupaciones.
Finalmente, está el tercer anillo, integrado por trabajadores manuales de manufacturas más simples y agricultores que atienden enormes plantaciones de alimentos. Cada anillo está dividido del siguiente por un muro protegido por puertas y guardias, aunque en realidad nunca se han utilizado porque la sociedad vive en armonía.
—Es decir, solo podríamos encontrarnos con habitantes del tercer anillo. Y nos serán hostiles.
—Si tienen suerte, llegarán a las puertas del tercer anillo. Pero no podrán avanzar porque los guardias del muro jamás las abrirán. Con quienes se encontrarán será con las personas de la periferia.
—Y las personas que integran ese anillo, ¿a qué se dedican?
—Llamarlo anillo es exagerado. La sociedad está pensada para tres anillos habitados por un total de 5000 personas. El agua y el alimento están diagramados para esa cantidad. La periferia está integrada por viajeros que improvisaron estructuras alrededor del Domo a la espera de que algún día se produzca un movimiento interno y seleccionen a alguien para ingresar. Viven de las sobras del agua y de plantaciones precarias que consiguieron hacer prosperar con semillas descartadas. Son vulnerables a los ataques porque apenas tienen defensas contra el afuera. Sus viviendas son tan endebles como su forma de vida. Su promedio de vida no está controlado pero nunca hizo falta porque es muybreve. Ese grupo, por su origen y su necesidad de sobrevivir, mantiene contacto con quienes viajan. Buscan formas de comerciar que les sean beneficiosas para mejorar sus condiciones de vida.
—Es decir que allí, en la periferia, encontraremos una comunidad más abierta, con alimentos y elementos que nos puedan ser de utilidad ¿Conoce a alguna persona con la que podamos hablar?
—No es posible que Daniel o yo nos acerquemos al Domo, incluso a la periferia. También deben tener en cuenta que el comercio con nómades es una actividad cotidiana aunque ilegal: si ven a un guardia, huyan. Quizá pueda darles un dato, el nombre de una mujer, para que puedan preguntar por ella. El odio que profesa hacia las autoridades del Domo garantiza que no los delatará ante las autoridades.
—Interesante. Nos acercaremos, entonces, y aceptaremos ese dato.
—Insisto en que ni Daniel ni yo podemos acercarnos. Lamento mucho los inconvenientes que les generamos, pero se los compensaremos cuando tengamos tiempo para transmitirles los conocimientos que nos han requerido.
—No se preocupe, Gringa. No acercamos el vehículo a los asentamientos. Lo dejamos a cierta distancia para evitar revelarlo. Nos presentamos solo tres de nosotros, caminando, como si ese fuera nuestro modo de viajar. Pero es importante que usted y el muchacho entiendan que la razón por la que se encuentran con nosotros en este momento tiene que ver con lo que pueden aportarnos. Ustedes poseen conocimientos que a nosotros nos interesan. A cambio, nosotros tenemos la capacidad de mantenerlos con vida. Quienes viajamos solemos vincularnos a partir de intereses compartidos. Para quienes vivimos en el camino, las relaciones son así.
—Entiendo. Y agradezco. Seremos de utilidad.
Ninguno de los tripulantes del vehículo dijo una sola palabra en la conversación ni mostraron interés alguno por lo que Gringa tenía que contar. Sin embargo, ella sabía que habían escuchado atentamente cada una de sus palabras.
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