III
La sorpresiva tormenta de arena les permitió acercarse más al Domo con la máquina sin ser vistos. Aún así, el vehículo se detuvo a una distancia prudencial.
Parecía imposible de atravesar a pie semejante manifestación de la fuerza de la tierra. Cuando el anciano, el gigante y el tercer hombre de la caravana salieron en medio de la tormenta, Gringa supuso que no volvería a verlos. Nadie podía sobrevivir a semejante horror de viento y arena. Su destino y el de Daniel eran, por tanto, aún más inciertos: ¿qué pasaría si el anciano no regresaba?
Daniel seguía inconsciente, en parte por la gran cantidad de sangre perdida y también por las raíces relajantes que, en la proporción que Gringa había preparado, lo llevaban a un estado de sueño inducido que le daba alguna chance de reponerse.
Gringa no había pensado en la posibilidad de sobrevivir. Creyó que su destino era que Daniel sobreviviera al atentado pero muriera en el desierto y ella a su lado, protegiéndolo primero en vida y luego defendiendo su cadáver. Habría aceptado ese destino porque su sacrificio implicaba salvar la vida de su hija. Ahora, la aparición del vehículo y su imposible tripulación cambiaron sus planes. La esperanza de un desenlace diferente se instaló de repente y la forzó a estar muy atenta a esta nueva situación. Quería sobrevivir, en lugar de cambiar una forma de morir por otra.
En el interior del vehículo, junto a ellos, quedaron las dos mujeres de la caravana. La que inicialmente tenía el rostro oculto se había quitado la protección y mostraba un rostro oscuro y, como el resto, signado por la vida en la intemperie. Gringa juzgó imposible determinar a simple vista la edad de cualquiera de los viajeros. Mientras la segunda mujer del grupo trabajaba enérgicamente en el mecanismo del vehículo, la caminante se encontraba a corta distancia, inmóvil y atenta vigilando el horizonte desde el interior. La tensión en ella era claramente justificada. El viento y la arena arreciaban, la violencia de la tormenta crecía. Gringa sabía, o creyó hasta ese momento, que las tormentas eran tan peligrosas como la exposición al sol durante un tiempo prolongado en las horas del mediodía. Esas características volvían inviable la vida fuera del Domo, sin contar la falta de agua y de alimentación. El surgente que constituía el centro del Domo era lo que brindaba la posibilidad de una vida plena y la cercanía a la fuente de agua marcaba el grado de importancia de las personas que integraban la sociedad. En el centro de la estructura se encontraban los administradores de todo; del agua, alimentos y también de la ley. Ellos organizaban la sociedad y de sus decisiones dependía la armonía de los 5000 habitantes.
Gringa no sabía que todos los integrantes de esa caravana estaban acostumbrados a las muertes de sus ocasionales acompañantes. A fuerza de pérdidas se habían vuelto reacios a entablar conversaciones con los nuevos. El grupo era siempre dinámico porque había muertes e incorporaciones. El tiempo juntos generaba conversaciones ocasionales; la supervivencia compartida durante un tiempo cada vez más prolongado hacía que esas conversaciones se ampliaran y profundizaran. A dos personas como ellos, que apenas habían escapado de la muerte pero que, probablemente, no lo harían por mucho tiempo, no se molestaron en dirigirles la palabra.
Las horas pasaban, el día dio paso a la noche y la mujer caminante, que por las interacciones con sus compañeros supo que se llamaba Tuna, dejó momentáneamente la vigilancia para acercar comida a su compañera. La otra mujer, Dalia, recibió el plato sin dejar de trabajar.
Gringa recibió su plato junto con una pregunta y, con ella, el primer diálogo que tuvo con Tuna:
—¿El joven va a comer?
—Voy a intentar despertarlo para que coma algo.
—Dejo dos raciones, entonces.
—Muchas gracias. Por todo.
Tuna la miró y, por toda respuesta, se retiró hacia el lugar de comando del vehículo. La cercanía le permitió a Gringa advertir que Tuna era una mujer joven, más joven que ella misma, que sentía en su cuerpo que ya había dejado de serlo. Las exigencias de su trabajo y las particularidades de su entorno la habían convertido en una mujer fuerte y entrenada; sin embargo, empezaba a percibir los primeros signos de la vejez. De hecho, biológicamente podría haber sido la madre del propio Daniel, a quien cuidaba como si realmente lo fuera.
Daniel era algo mayor que su hija. Era joven, aunque ya un adulto, lo suficiente como para haber estado a un paso de convertirse en Gestor General del Domo, el cargo de mayor importancia en aquella sociedad. Era precisamente ese cargo el que había puesto su vida en peligro, ya que su intención había sido desmantelar la organización del Domo tal como la conocían, durante la misma ceremonia de asunción, frente a todos los asociados. Seguía con vida por una especie de milagro, aunque quizás el sicario hubiera logrado cumplir su trabajo en diferido, a causa de la herida mortal que había conseguido provocarle a ese hombre al que Gringa seguía viendo casi como a un niño.
La tormenta era cada vez más dura. La estructura del vehículo se movía por el viento y la oscuridad en el exterior era total. Gringa pensó que la estructura del vehículo no soportaría una tormenta de este tipo.
Tuna y Dalia se miraron y procedieron a actuar sincronizadamente. Se vistieron con ropas para salir a la intemperie y se cubrieron los rostros para evitar la asfixia por la arena. Tenían artefactos similares a los del anciano para protegerse los ojos. Una vez listos, abrieron una puerta del suelo del vehículo y desde allí se lanzaron directamente al exterior. Gringa los perdió rápidamente de vista.
Al cabo de unos minutos, comenzaron a percibirse movimientos en el exterior de la máquina, tanto en los laterales como en el techo. Paulatinamente, el ruido del viento impactando con fuerza a la máquina fue desapareciendo hasta cesar por completo. Un minuto después, Dalia regresó. No dio ninguna explicación y se limitó a continuar con sus tareas, dejando abierta la compuerta por la que salieron.
Tuna permaneció afuera. Cuando Gringa decidió dejar de disimular indiferencia y acercarse a una pequeña ventana, entendió lo que pasaba. El vehículo tenía la capacidad de desplegar a su alrededor un sistema de techos metálicos conectados. Ensamblados, los techos conformaban una especie de pequeño domo. Ahora comprendía de qué manera estas personas podían sobrevivir en el desierto. Hubiera bajado junto a Tuna para ayudarla en la observación del perímetro como forma de acercamiento y agradecimiento, pero estaba en el proceso de despertar a Daniel.
Gringa no permitió a Daniel superar un estado de duermevela. Lo mantuvo lo suficientemente consciente como para comer y fortalecerse pero sin la fuerza necesaria para hacer preguntas. El grado de dolor que el joven sentiría en este momento sería muy grande y ella no tenía medicinas para anestesiar ese síntoma; debía dormirlo totalmente o dejar que sufra. Es por esto que continuaría dormido por unos días más y, en caso de sobrevivir al proceso, lo despertaría.
Dalia observó cómo el muchacho desconocido recuperaba la consciencia y comenzaba a comer. No podía cambiar la posición del torso o las piernas; cuando lo intentó, el dolor lo forzó a descargar un grito aterrador. Esto motivó que Tuna subiera rápidamente al vehículo y que, junto a Dalia, se acercaran a presenciar la escena.
—Mi…..madre. Fue…… mi madre, mi hermana………. Protegerla
—Lo sé. Su hermana está bien, descanse.
—Mi madre…..
Volvió a dormirse. Gringa miró al frente, como hacia un horizonte inexistente, con visible preocupación. Adoptando el ejemplo de sus eventuales compañeras, no dijo una palabra.
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