IV
La mañana del segundo día luego de la partida de los caminantes, un ruido de metales proveniente del exterior de la máquina la despertó. Gringa encontró a Tuna generando un espacio entre dos de las placas que conformaban el escudo protector para darle paso a los tres viajeros que volvían, increíblemente, en medio de la tormenta. Pudo verlos entrar y descubrir que iban completamente cubiertos por una enorme manta con capucha, algo que no había notado cuando se fueron. Al descubrirse la cabeza, observó que traían el rostro y conservaban los objetos que protegían sus ojos.
Los dos más jóvenes ayudaban al anciano, pero no demasiado. Aparentemente, podía moverse con seguridad en medio de aquella tormenta. Era evidente que la experiencia les permitía sortear con habilidad la crueldad de la naturaleza.
Dalia y Tuna se acercaron al grupo. Gringa, sin saber qué hacer, mantuvo su lugar en el interior del vehículo. Desde allí escuchó con claridad la conversación entre los guardianes y los recién llegados. El cerramiento perimetral que proporcionaban las defensas metálicas permitía que, más allá del estruendo del viento exterior, las voces viajaran a través del eco hasta su altura. La primera frase del anciano fue terminante:
—La tormenta se volverá muy intensa.
—El lugar en el que estamos no es apropiado —Respondió Tuna —No hay nada en el horizonte que ayude a disminuir su intensidad. Deberíamos controlar las defensas con la esperanza de que resistan.
—Creo conocer un lugar seguro bastante cercano.
El grupo giró para escuchar a Gringa, que hablaba desde la ventana
—Si podemos llegar allí, la tormenta no nos afectará.
—¿A cuánto queda desde aquí? —preguntó Tuna.
—A cuatro días de camino a pie rumbo al norte desde el Domo. Desconozco a qué distancia nos encontramos ahora.
—Nos llevó un día llegar hasta allí —dijo el hombre que integró el grupo de viajeros junto al anciano y al gigante —. Creo que con el Artefacto podemos llegar al lugar antes de que la tormenta se vuelva incontrolable.
—Es cierto, Alazán. El destino no parece inalcanzable a pesar de la tormenta. Pongámonos en marcha ahora mismo —dijo Dalia dirigiéndose al vehículo.
Dalia trepó inmediatamente a la máquina, a la que llamaban Artefacto, mientras cada los integrante se dirigía a los cuatro puntos cardinales dentro del perímetro desplegado alrededor de la misma. Con un gesto, el anciano le pidió a Gringa que lo acompañara.
Las placas de hierro que conformaban aquel pequeño domo podían elevarse hasta un metro del suelo sin necesidad de desarmar la estructura. De ese modo, entre todos lograron que el vehículo avanzara protegido de la tormenta.
Mientras Gringa ayudaba al anciano a levantar su parte del domo, este le preguntó:
—¿Cómo sigue el muchacho?
—Luchando. Mejora lentamente.
—Su lucha era imaginable por la gravedad de las heridas. En el Domo lo dieron por muerto.
—Así que sabe quiénes somos.
—Sé quién es él. No sé quién es usted.
—No se preocupe por mí, no soy importante. Si le dijeron quién es, sabe que él es quien realmente importa y lo que significa que siga con vida.
—Claro. En el Domo estaban buscando implacablemente a su asesino y a quien se robó su cuerpo.
—Imagino que les prometieron que si nos entregan les darán riquezas. Le pido que no se deje engañar por esas mentiras. Pero si desea hacerlo, sepa que pelearé hasta morir por defenderlo y que soy una buena peleadora.
—No dudo de sus capacidades en la lucha. De hecho, quizá sea su habilidad más valiosa si pretende sobrevivir durante los viajes, que para nosotros es, en rigor, siempre el mismo y jamás termina. Por lo demás, no se preocupe. Seguramente tiene una imagen de los nómades relacionada con la barbarie y sin duda en algunos casos es cierta, pero nosotros no estamos interesados en riquezas materiales y no creemos en la entrega de seres humanos, por desconocidos que sean, a cambio de objetos. Lo que necesitamos son los conocimientos por los que hicimos el trato. Pero ya hablaremos de esto en el interior del vehículo en compañía del resto del grupo.
Y no dijo nada más. El agotamiento del viaje y el esfuerzo por acondicionar el vehículo no le impidieron la amabilidad. Finalizaron el trabajo y subieron al Artefacto. Gringa imaginaba que, quien viera el desplazamiento del vehículo en ese momento, pensaría en una montaña moviéndose en medio de la tormenta.
Apenas estuvieron en el interior, Gringa fue interrogada.
—¿De qué se trata el lugar al que nos dirigimos? —preguntó Dalia, que, junto a Tuna, dirigía el Artefacto.
—Desde el exterior parece sólo una pequeña elevación del terreno, pero esconde un sistema de cuevas en el que podemos resistir con comodidad cualquier inclemencia climática.
—Esperemos llegar pronto; la tormenta pronto será destructiva.
La capacidad del vehículo para atravesar la tempestad dejó asombrada a Gringa. Ella, criada en la idea de que fuera del Domo habitaban la barbarie y la muerte, solo había puesto esa creencia en duda una vez, al conocer la existencia de otro agrupamiento de personas organizadas en comunidad fuera de los muros perimetrales. Aquella comunidad había logrado sobrevivir durante generaciones gracias a la protección del lugar al que ahora se dirigían. Hoy ese sitio estaba desierto, o al menos eso creía.
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