V

 


La tormenta era cada vez más fuerte y el vehículo avanzaba con una creciente dificultad. Gringa temía por su vida, porque el refugio al que los enviaba llevaba muchos años deshabitado y no sabía si las condiciones climáticas lo habrían destruido. Si los enviaba a un lugar inhabitable, no sabía cómo reaccionarían. Pero primero tenían que llegar, y ese era su principal temor. Ella nunca había estado allí. Ni siquiera lo había visto. Sin embargo, si lo lograban, quizá sobrevivirían al desierto.

En esas cavilaciones se encontraba cuando el anciano se sentó a su lado. Parecía tranquilo.

—Cuando llegamos a las afueras del Domo, a pesar de la tormenta, pudimos apreciar la precariedad de su forma de vida. Apenas vislumbramos el muro que lo separa del otro anillo, pero creímos percibir que no es imposible de atravesar. ¿Con qué fuerzas cuentan para evitar que vulneren esa defensa?


—Lo que ustedes vieron no fue el muro, sino la acumulación de desechos de los antiguos que los habitantes de la periferia utilizan para resguardarse de las inclemencias del desierto. Los muros reales cuentan con guardianes que los custodian. Sin embargo, hasta ahora nunca entraron en acción. Un levantamiento para acceder al próximo anillo, aunque fuera exitoso, generaría un enfrentamiento con el siguiente muro, más alto y complejo que el anterior, junto con la acción directa del resto de la sociedad para repeler la rebelión. Eso terminaría en el exilio o la muerte.

Los habitantes de la periferia acceden a los restos del agua que llega desde el centro, luego de atravesar los canales de riego. También aprovechan las sobras de la comida y las cosechas desechadas. Con las semillas han logrado improvisar algunos cultivos y pueden mantenerse con vida cada día gracias a eso. Estas condiciones, aunque duras, son superadoras de la vida en el desierto, lejos del muro.

Además, siempre conservan la esperanza —como el resto de los anillos —de que se produzca una vacante en el anillo superior y alguien sea seleccionado para ingresar. Eso representa la posibilidad de ascenso social y de acceder a mejores condiciones de vida.

—¿Y eso ocurre seguido?
—Nunca. O casi nunca. Tengo conocimiento de que sucedió en tres oportunidades a lo largo de los años, siempre relacionadas con conocimientos provenientes del mundo exterior.                                  Si bien está prohibido, el contacto con viajeros permitió el aprendizaje de técnicas fundamentales para la supervivencia del Domo. En momentos distintos de nuestro pasado, dos personas se presentaron frente al muro del tercer anillo adjudicándose la invención de una nueva tecnología, y eso les permitió ascender al anillo superior. Nunca más se supo de ellos, pero la historia se recuerda convenientemente. Si bien la filosofía de la sociedad implica el olvido, recuerdos como estos se mantienen activos para motivar a las personas de los márgenes —los únicos que tienen acceso a los desechos del tiempo de los antiguos y al contacto con extranjeros —a inventar cosas nuevas que beneficien a los asociados.

—Interesante. ¿En qué consistían esos dos inventos que justificaron la apertura de las puertas?


—El primero era la elaboración de una tela para cubrir los cultivos y protegerlos del sol destructivo y de las tormentas arrasadoras. La tela se confeccionaba con las raíces de las mismas plantas sembradas en los anillos superiores, por lo que su elaboración, aunque dificultosa, resultaba posible.
El segundo consistió en una nueva forma de confeccionar tubos para optimizar el riego de las plantaciones. Gracias a esas ideas se pudieron extender los campos de siembra y se construyó el tercer anillo. Esto ocurrió hace mucho tiempo, mucho antes de que yo naciera, pero permanece como único recuerdo de la creación del Domo. Todo lo demás cayó en el olvido por voluntad de la sociedad. De la tercera ocasión quizá se conserve algún recuerdo por tratarse de un evento no tan lejano... aunque lo dudo.

—¿También fue a causa de un invento?


—No, fue por una habilidad particular. Nos permitieron la entrada a mi madre y a mí, cuando yo era apenas una niña, por la capacidad de mi madre para curar personas. Pero, insisto, eso fue hace mucho tiempo, y quizá la sociedad ya lo haya olvidado.


—Esa habilidad que, imagino, heredó, ¿le permitió vivir hasta hoy en el tercer anillo?


—Esa habilidad me llevó, con el paso del tiempo, a habitar el primer anillo del Domo y a trabajar en el nivel central.


—Qué extraña decisión colectiva, considerando que, en la mayoría de las comunidades que hemos visitado a lo largo de estos años, existe la necesidad de recordar, la búsqueda de historias para reconstruir el pasado.


—¿Las demás comunidades? —Los ojos de Gringa se abrieron, enormes. Por primera vez, el asombro había logrado bajar la guardia de su reticencia desconfiada—. ¿Es decir que existen otras sociedades organizadas como la nuestra?


—Muchas. Con distinta cantidad de habitantes y diferentes formas de organización. Algunas son amables con los viajeros; otras, hostiles. Por cuestiones operativas, los nómadas registramos las comunidades que conocemos a lo largo de nuestros viajes, pero sin duda existen muchísimas más a las que no llegamos ni llegaremos durante nuestro viaje. Pero, ¿por qué esta realidad le resulta tan sorprendente?


—En nuestra sociedad se decidió que los vestigios de civilizaciones fracasadas y los pasados dolorosos solo llenaban de tristeza el corazón de los asociados. Nuestros mayores —no sabemos cuándo— se propusieron olvidar el pasado y exaltar el presente, porque mantenernos con vida es un milagro que merece celebrarse. Entre los pocos registros escritos que se conservaron, se desecharon aquellos cuyo propósito era recordar. Sólo se preservaron los relacionados con el culto a la alegría de vivir y al entusiasmo. Esos documentos fueron la base sobre la que se fundó la organización de la sociedad. Imagino que, como resultado, después de tantos años, olvidamos no solo la existencia, sino incluso la posibilidad de la existencia de otras sociedades.     Los viajeros que llegan a los muros perimetrales nos sirven para valorar nuestros logros, los dificultosos logros que sostienen nuestra forma de vida y organización. Se nos enseñó que los viajeros son bárbaros aislados y próximos a la muerte, cuya mera existencia nos obliga a mantenernos unidos. No hay forma de vida feliz ni posibilidad de ascenso social sin ocupar los roles que se nos asignan desde el organigrama del nivel central.

Gringa notó que tanto Alazán como el gigante escuchaban atentamente la conversación mientras observaban las protecciones del vehículo. De repente se dio cuenta de lo que acababa de decir y el lugar en que dejaba a las personas que lo habían rescatado.

—Imagínense —dijo involucrando directamente a los oyentes indirectos —mi sorpresa al observar el avance de un vehículo de manera autónoma, sin ser arrastrado por nadie, encabezado por un grupo de supuestos bárbaros. No tenemos nada parecido en el Domo.

Luego de un breve silencio reflexivo, el anciano respondió:

—A través de los años y las experiencias con diferentes agrupamientos de personas, le animaría a no considerar la civilización y la barbarie en esos términos. Ni las comunidades que tienen avances técnicos son siempre civilizadas, ni las que no los tienen son necesariamente bárbaras.

La conversación se interrumpió porque los golpes del viento se hicieron más fuertes y amenazaba con destruir la estructura del Artefacto. Dalia señaló desde los controles:

—Todavía no encontramos el lugar. Sugiero detenernos acá, bajar al suelo las protecciones y planchar el vehículo. Así tendremos más oportunidades de no ser destruidos.

—¿A qué distancia estamos del destino? —preguntó el anciano.

—Ya deberíamos estar ahí, pero las instrucciones fueron vagas y quizá falte más tiempo —, respondió Dalia.

—Estimada, ¿cómo nos damos cuenta de que estamos en el destino?

—Hay una pequeña loma, es visible desde lejos en un día normal porque contrasta con la llanura. Pero en este contexto no sé de qué manera podremos encontrarla.

—Allí está— dijo el gigante que miraba por la ventana, sin mayor emoción en la voz —, unos metros al suroeste.

Gringa miró en la misma dirección pero no logró ver nada. Pensaba que el gigante podía estar confundido o había querido decir algo para generar esperanza cuando el vehículo comenzaba a perder estabilidad. Como sea, sin ningún cuestionamiento, el Artefacto tomó ese rumbo.

—¿Cuál es la entrada?—, preguntaron.

—La entrada está en el suelo. Necesito que el Artefacto pase muy cerca de la pared norte de la elevación para que yo pueda bajar protegida por la estructura. En cuanto el vehículo pase por encima de la entrada les diré que se detengan y podremos bajar.

De esta manera, Gringa se trasladó a un peldaño de la escalera de acceso al vehículo y desde allí observó cuidadosamente el suelo en busca de una puerta cuya existencia sólo conocía por las historias de su asociado. Lo había escuchado describir hasta el cansancio la geografía de la que su mente nunca pudo escapar, pero la expedición en la que llegó hasta esa puerta había sucedido hacía muchísimo tiempo y la puerta, en medio de estas tormentas frecuentes, podría haber quedado sepultada para siempre bajo las arenas del olvido. La sorpresa fue grande cuando pudo reconocerla con total facilidad en el piso.

—¡Alto! — dijo. Y el vehículo obedeció inmediatamente.

Haber encontrado el lugar le pareció obra de un milagro. Mientras bajaba en busca de la forma de abrir la puerta, los tripulantes bajaron rápidamente para colocar el perímetro protector del vehículo al nivel del suelo. El viento se colaba por el espacio libre necesario para poder avanzar y se arremolinaba en el interior, poniendo toda la estructura en riesgo. Mientras el grupo realizaba esta maniobra, Dalia trabajaba en las ruedas haciendo funcionar un mecanismo a través del cual el vehículo perdía altura. La estructura descendía, haciendo que todo el domo se volviera más bajo. De esta manera, la protección contra la tormenta se hacía más efectiva. Habían llegado al punto en que no podrían avanzar un metro más con ese clima. Si el dato de Gringa no era certero, resistirían la tormenta en ese mismo lugar.

Gringa trabajó en la puerta hasta que finalmente encontró una enorme argolla oculta. Necesitó de la ayuda del gigante para tirar fuertemente de ella y desplazarla lo suficiente como para generar un pequeño espacio a través del cual todos pudieran entrar. Pensó que no había defraudado a los extraños, por lo que no tendría repercusiones negativas en el trato acordado.

Cuando se acercaban a la entrada, Gringa dijo:

—Necesito que me ayuden a ingresar a Daniel.

El gigante fue, inalterable, hacia el vehículo y apareció, segundos después, con el muchacho sobre un hombro, como si fuera un pequeño juguete. Con el brazo libre, se agachó y arrastró la puerta de entrada hasta abrir el espacio suficiente para descender junto con el joven.

Gringa fue la primera en ingresar por una pendiente descendente. Contrario a lo que suponían, el lugar contaba con un sistema que permitía el ingreso de luz desde el exterior. Sin embargo, la tormenta hacía que este sistema apenas proyectara una claridad tenue. A través de la deficiente iluminación pudieron distinguir, con esfuerzo, un extenso entramado de túneles y amplios espacios, una estructura mucho más grande de lo que habían imaginado. En aquel lugar, evidentemente, podía haber vivido una comunidad de considerable tamaño.

Por el momento, debían elegir un sitio cercano a la salida para esperar a que la tormenta pasara. Encontraron una especie de salón, a pocos pasos de la entrada, y decidieron descansar allí.

Durante el descenso, Gringa comenzó a percibir unos sonidos apagados que pronto identificó como los quejidos de Daniel. La posición en la que lo transportaban presionaba la herida y le causaba dolor. Cuando finalmente lo depositaron en el suelo, ocurrió algo que Gringa no había previsto: Daniel despertó. Abrió los ojos y, apenas reconoció el techo del lugar, murmuró:

—Estoy en casa.

Y se desmayó nuevamente.

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