VII
Ante la atenta mirada de los cinco integrantes del grupo, Gringa no tuvo más remedio que proseguir:
“Cómo ya les mencioné, el Domo tiene una capacidad para exactamente 5000 asociados. Toda la organización está prevista en función de ese número. Esto requiere de medidas para garantizar que no exista sobrepoblación.
Entre ellas, la gestión de la natalidad y de la mortalidad. Cuando un asociado llega a los 60 años de edad es el momento del sueño definitivo. La sociedad lo despide con una última reunión en la que se celebra su vida y posteriormente se lo prepara para el final. Una infusión de hierbas combinadas lleva al asociado a ingresar en un sueño apacible del que nunca despierta. Dos días después, el cuerpo sin vida es tratado por perfiles específicos que se encargan de prepararlo para su retorno a la tierra convertido en abono para contribuir al desarrollo de los cultivos. Es por esto que a la muerte se la llama “abonar la tierra” y no creemos que alguien muera realmente; tanto su vida como su muerte contribuirán a cada individuo que integra la sociedad.
Inmediatamente después de que una persona ingresa al sueño definitivo y su cuerpo abona la tierra, comienza otro proceso a través el cual la sociedad gestiona el nacimiento de un nuevo individuo. El siguiente asociado en el organigrama ocupa el lugar de la persona que abonó la tierra y las gestiones del nuevo nacimiento se desarrollan en el mismo anillo en el que se produjo el abono de la tierra. El nuevo nacimiento se asignará como propiedad a dos personas, quienes otorgarán genéticamente el parentesco y gestarán el embarazo. Existe un listado de postulantes y, en base al campo laboral de cada uno y al anillo en el que habitan, el equipo de gestión establece el orden prioritario. De esta manera se sostiene el equilibrio a través de los años.
La historia de Daniel y su cicatriz es la historia de un desequilibrio en esos mecanismos de control, un desequilibrio que fue el precedente de varios que se dieron con posterioridad. Diana y Atilio eran las personas más poderosas del Domo. Atilio era el Gestor General y había elegido a Diana como su asociada para procrear un hijo. La dedicación del Gestor General a su trabajo demoró su decisión de procrear durante muchos años. Cuando finalmente nació su propiedad, una niña de nombre Felicidad, Atilio se encontraba a muy poco tiempo de emprender el sueño definitivo. De hecho, la edad de 60 años lo alcanzó con su hija de 2 años en brazos.
No podía creer lo mucho que había esperado para asociarse y engendrar una criatura como Felicidad. Diana le pidió que solicitara una prórroga, que se quedara más tiempo con ellas. Atilio lo hizo y su pedido fue aceptado, por primera vez en el Domo. Logró vivir un año más, abonando la tierra al cumplir los 61 años. Luego de su muerte, Diana fue elegida como Gestora General por acuerdo entre los integrantes del centro. Felicidad tenía 3 años de edad.
Todo seguía su cauce normal, excepto por aquella prórroga otorgada. Quizás ese haya sido el germen que llevó a Diana a actuar de la manera en que lo hizo. Ella, en su rol de Gestora, rompió las reglas. Cuando comenzaron los acoplamientos para el nacimiento del sucesor, es decir, de aquel que cubriría la vacante que había dejado Atilio, Diana decidió tener un segundo hijo con un nuevo asociado, un hombre más joven que ella y de una relevancia muy menor.
El pedido del segundo hijo debía seguir el curso normal. Su incorporación en la lista implicaba esperar por años la llegada de su turno. Además, engendrar dos hijos estaba al borde de la ilegalidad.
Diana no estaba dispuesta a esperar por años la aprobación del equipo de gestión de natalidad. De hacerlo, su turno de abonar la tierra llegaría antes que la autorización. Sin embargo, no pudo impedir a tiempo que la pareja indicada por el listado comenzara la gestación de la propiedad que ocuparía esa vacante. Aún así, logró su propósito por otra vía.
Con algo más de tiempo, logró convencer a todo el nivel central de la necesidad de tener un segundo nacimiento en el centro de la sociedad y de ser ella quien lo gestara. Los asesores fueron aceptando la idea, de uno en uno, hasta que finalmente se aprobó. Esta decisión no tenía ningún fundamento. La astucia de Diana como negociadora, el lugar de poder que ocupaba y su inexplicable, irracional desesperación por conseguirlo terminaron por inclinar la balanza a su favor. Nunca se supo qué les prometió a quienes votaron en su favor.
Para evitar el desequilibrio en la sociedad, se pensó que el próximo habitante del primer anillo que abonara la tierra no tendría un nacimiento que lo reemplace. Esto restaría un asociado del primer anillo para sumar uno en el centro. Posteriormente, se pensó que esta decisión podría tensionar la armonía del nivel central, ya que muchos asociados que habitaban el primer anillo tenían contacto cotidiano con el centro. Por eso decidieron que el nacimiento a evitar sería en el segundo anillo.
Pero Diana no estaba dispuesta esperar que alguien abonara la tierra. Necesitaba que el nuevo integrante naciera cuanto antes. Nadie entendió, en principio, qué era lo que le pasaba por la cabeza en esos momentos, si era un apego irracional al nuevo asociado, temor a la vejez o algún plan estratégico que nadie conocía, pero lo que haya sido tensó los hilos de la sociedad como nunca antes.
Se decidió quitarle la vida a un niño de dos meses de vida perteneciente al segundo anillo. Era el nacimiento más reciente ocurrido en ese sector. Su madre lo había esperado por mucho tiempo y había perdido a su asociado durante el proceso de gestación. Una muerte inesperada la había dejado sola con su hijo en el vientre. Más allá de la asociación con fines reproductivos, la mujer amaba a su asociado. Cuando el niño nació, creyó ver en su rostro a su asociado perdido. La idea de trascendencia provocada por este hecho le devolvió la felicidad. Sintió que su mundo se completaba nuevamente.
Quitar vidas de bebés no es extraño en la sociedad. Cada vez que se produce un nacimiento no programado, se procede a reestablecer el equilibrio. Esto pasa sobre todo en el tercer anillo. En él, el promedio de vida es mucho menor al del centro, los nacimientos son mucho más frecuentes y se producen algunos accidentales. Pero nada de esto puede compararse con esta determinación caprichosa. En este caso se tomó una decisión indefendible, sin justificativos ni precedentes.
Y la madre juró venganza.
Cuando vio llegar a las fuerzas del centro, lo hizo con el asombro que despierta lo exótico. No pensó que se dirigieran a ella que, con su hijo de dos meses cuidadosamente ubicado a su espalda mediante la tela que lo sostenía, realizaba su trabajo en la plantación de lechuga. Debía darse prisa en terminar el movimiento del suelo para luego cubrir la zona en la hora del sol pleno. Cada día hacía lo mismo, a la misma hora. Era un trabajo de precisión pero también monótono, aunque desde hacía dos meses todo se había cargado de un significado nuevo y feliz, como si la vida se hubiese llenado de colores que antes desconocía.
Nunca olvidaría la sonrisa del funcionario cuando le informó que el niño sería llevado al primer anillo por reasignación familiar, que sería feliz y tendría una mejor vida. Se lo tuvieron que arrancar de las manos. Luchó con sus herramientas de trabajo, defendió a su propiedad, desgarró uniformes, pero finalmente despertó en medio de la plantación, con el dolor intenso que deja un golpe en la cabeza, asistida por sus compañeros…. Y sin su hijo.
Nadie recordaba un hecho semejante en ese anillo ni en ningún otro de la sociedad.
Casi inmediatamente se anunció el comienzo de la gestación de Diana con su nuevo asociado y exactamente 7 meses después sucedió el nacimiento. Todos sospecharon pero nunca se habló y finalmente se olvidó el incidente. La sociedad estaba preparada para olvidar en favor de vivir en armonía. Siempre había sido así y esta vez no fue la excepción, la filosofía del entusiasmo requería del olvido voluntario del pasado para potenciar el presente.
Quien no se olvidó jamás del hecho fue Alba, la madre del niño raptado. En su desesperación por saber la verdad, descubrió que el niño había abonado la tierra. El odio que se despertó en ella fue igual de extraordinario que el rapto de su hijo. Contrariando los principios de la filosofía del entusiasmo, juró vengarse.
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