IX
“Diana se enteró de la desaparición de su hijo mucho tiempo después de producida. Ese era una de los tantos movimientos que Alba anticipó en su venganza. Los baños en el estanque eran muy prolongados y ella había logrado actuar apenas ingresaron. Además, el sedante para las cuidadoras las mantendría dormidas por un día entero. Para cuando se enteraron de lo ocurrido y comenzaron la búsqueda desesperada, Alba ya se encontraba en el tercer anillo rumbo a la última puerta. No había forma de que la voz de alerta llegara al último guardia antes de que ella y el niño pudieran atravesar el muro final.
Jamás se vio en el nivel central a una mujer perder la cordura de la manera en que lo hizo Diana al ver a las cuidadoras dormidas y el nicho de su hijo vacío. Llamó a los guardias con desesperación e inició una búsqueda por cada rincón del nivel central, encabezada por ella misma. Ordenó el cierre de las puertas de ese nivel y duplicó la guardia, pero ya era tarde. Alguien le sugirió, cuando el tiempo pasaba y el niño no aparecía, que sellara las puertas de todos los anillos del Domo. Para cuando dio la orden, Alba y el niño ya se habían internado en el desierto.”
Gringa se detuvo para elaborar los sentimientos que la historia le revelaba. Nunca la había contado, sólo la escuchó de la voz de su hija. Al narrarla, al escucharse a sí misma contándola, percibió la desesperación de Alba, la inconmensurable angustia por el hijo arrebatado y se reconoció a sí misma, sin su hija, quizá para siempre, y a cargo de ese joven que, al igual que en su infancia con Alba, ocupaba el vacío de otra persona. También se estremeció por la otra, que también había perdido a su hijo, y comprendió la magnitud de la venganza que se había gestado.
Lloró en silencio antes de proseguir la historia.
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