VIII
“Durante meses ideó un plan que estremeció sus allegados, aquellos que por causa de su cercanía tomaron conocimiento del proyecto. Alba tenía planeado raptar al niño de la Gestora General y criarlo como si fuera aquel que le habían quitado a la fuerza. La forma de lograrlo sería un desafío, pero el objetivo se le imponía con la claridad de la justicia .
Había dos problemas a resolver. El primero era el rapto mismo. Debía resolver cómo llegar hasta ese niño, ubicado a dos muros infranqueables de distancia. Si eso podía resolverse, restaba la huida. ¿De qué manera podría ocultarse con él niño que, por su importancia, sería buscado por toda la sociedad?. La solución se le presentó, asombrosa. Encontró dentro de la misma sociedad mucha gente que comulgaba con su descontento lo suficiente como para arriesgarse a ayudarla en la conjura. Algo se rompió con el secuestro de su hijo, algo se desveló a partir de esa decisión irracional que se llevó la vida del bebé, y el equilibrio de individuos felices se reveló más frágil de lo que se imaginaba. Un límite se había cruzado y eso generó una reacción en cadena.
Alba consiguió que una mujer del segundo anillo, que cruzaba cada mañana al primero para sembrar semillas seleccionadas, la llevara oculta en su carretilla. Al mismo tiempo, logró que una mujer del primer anillo que llevaba cada mañana vegetales al nivel central intercambiara con ella su lugar. En una sociedad en la que la aceptación de las normas fue total durante tantos años, los controles eran prácticamente inexistentes. En ese contexto, la coordinación de estas dos postas era posible.
En el nivel central, las mañanas se dedicaban a los encuentros en el manantial. Este espacio era un enorme estanque de agua cristalina en el que los habitantes más importantes del centro pasaban sus mañanas debatiendo y disfrutando, mientras las personas que provenían del primer anillo realizaban las labores para las que habían ingresado sin cruzarse con ellos.
Durante esas largas mañanas, los adultos permanecían alejados de los niños, delegando su custodia en personas especializadas. Ese fue el momento en que Alba aprovechó para tomar la propiedad de Diana. Adormecer a las cuidadoras no fue difícil. Una combinación de hierbas que ella misma había sembrado logró el objetivo de manera sencilla e indolora.
El niño no debía llorar en la primera carreta, y no lloró. Tampoco debía llorar en la segunda, cuando Alba lo llevaba oculto entre su vestimenta, y no lo hizo. Como si hubiese aceptado el pacto que involucró a tantas personas, el niño colaboró.
Entre quienes integraron la conjura se selló un pacto tácito de silencio. Todos arriesgaron la vida sin conocer a quien estaban ayudando. Esto fue lo que, más allá del rapto, alertó a los asociados del nivel central. Con su capricho, Diana había roto la relación con los anillos y esto significó el primer desequilibrio que el centro recordara. O quizá no, quizás ese equilibrio ya estaba roto y este hecho resultó una manifestación de ese descontento. Pero estos debates serían posteriores; la prioridad en lo inmediato fue encontrar al niño y castigar a los captores sin importar el costo. Sería una medida ejemplificadora para restaurar el equilibrio en la sociedad.
A la hora de organizar la logística del rapto, en varias oportunidades se planteó la imposibilidad del proyecto. Demasiadas cosas deberían salir bien al mismo tiempo, mucha gente debería coordinar acciones sin conocerse, las cosas podían salir mal en varios puntos del plan. Pero aunque todo esto saliera bien y el objetivo del rapto se cumpliera, sería imposible permanecer oculta en el Domo con el niño. El operativo que se desplegaría para recuperarlo no tendría precedentes en la historia de la sociedad y sin duda serían encontrados. Durante casi todo el tiempo de elaboración del plan, el destino final que Alba había proyectado era irse del Domo y morir junto con el niño en la barbarie del desierto. Cuando se enteró del final de su hijo, hubiera querido morir con él. Si bien no pudo hacerlo, morir con ese niño sería como un acto de justicia, para ella, para su hijo y para la sociedad.
Pero a poco de finalizar la organización previa al rapto, surgió otra posibilidad. En medio de un viaje al tercer anillo en busca de semillas, sobornó a uno de los guardias que cuidaban la puerta exterior para que le permitiera salir a la periferia. Allí tuvo el encuentro con la persona más anciana que hubiera visto jamás. Esta mujer, casi completamente ciega por el sol abrasador, le contó acerca de una tribu que vivía en cuevas a una distancia lejana pero no imposible de alcanzar.
La anciana le reveló que en el pasado las dos comunidades convivieron alrededor del manantial, pero que en un momento una de ellas se apoderó del agua y expulsó a la otra a una muerte segura. La casualidad quiso que encontraran, a pocos días de camino, un sistema de cuevas y en su interior un acuífero subterráneo que les permitió sobrevivir y desarrollarse. Vivían en una paz sostenida sobre la idea del perdón hacia la comunidad que los expulsó. Al mismo tiempo, la certeza de los asociados del Domo acerca de la muerte de la comunidad en el desierto les aseguraba una vida tranquila, libre de persecuciones. Cuando la anciana, siendo entonces una niña, se enteró de la historia, no creyó que debieran perdonar. Entendía el perdón como una estrategia de supervivencia para una comunidad endeble; una vez consolidados y fortalecidos, debían recuperar lo que les pertenecía y vengar a sus caídos. Ella y otros compañeros decidieron iniciar el viaje hacia el Domo para encontrar la forma de hacerles pagar su destierro. Una mañana en que el clima se presentó favorable, partieron en un viaje que no sabían si podrían concluir, motivados por una necesidad de justicia de la que su comunidad carecía.
Los años pasaron y nunca pudieron penetrar los muros. El grupo se disolvió entre muertes y regresos arrepentidos. Ella no quiso volver a su comunidad para enfrentar su fracaso. Vivió toda su vida allí, en los márgenes del Domo, planeando una venganza que nunca pudo llevarse a cabo. Durante años debatió consigo misma si el perdón no hubiese sido una mejor opción de vida, pero cuando se presentó la oportunidad de participar del rapto del heredero de la Gestora General, finalmente creyó que sus años de sufrimiento habían encontrado una justificación.
Alba pensó que ese dato no modificaría el desenlace de su plan, porque atravesar el desierto era imposible y menos con un niño en brazos. Pero, a diferencia del plan inicial, éste le indicaba un lugar en el horizonte hacia donde partir. Cuando llegó al segundo anillo luego del rapto, se movió con velocidad. Se disfrazó, tomó al niño, se ocultó, sobornó y finalmente estuvo lista para partir rumbo a un lugar inimaginable con una criatura de tres meses en sus brazos a la que no había engendrado pero que sería de su propiedad en un mundo nuevo, o la acompañaría al sueño final. Mientras estuvieran juntos, lo llamaría Daniel, como aquel que le fuera arrebatado.”
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