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Desde la elevación la observaron acercarse mucho antes de que ella los viera. La mirada de Alba se centraba en el niño y en el horizonte que dejaba a su espalda, vigilando que nadie siguiera sus pasos. El esfuerzo por avanzar centímetro a centímetro en medio de la tormenta de arena constituía un acto de fe. La orientación inicial de su viaje fue indicada por una anciana ciega; una paradoja de igual calibre que la de realizar ese viaje hacia la barbarie con el fin de sobrevivir.
Su andar lento y errático permitió a la observadora comunicar el hallazgo a su comunidad y habilitar el debate sobre qué hacer al respecto.
Cualquier presencia en el horizonte cercano era merecedora de alerta y la posibilidad de la comunidad que habitaba este lugar de ocultarse completamente en las profundidades y disfrazar su entrada era suficiente para contrarrestar el peligro externo. La política al respecto era siempre la misma, el ocultamiento. Sin embargo, el detalle de lo que creía haber visto la observadora cambiaba radicalmente la perspectiva: Creyó ver a una mujer sin ninguna escolta, con un bebé en sus brazos. La observación no era clara, porque la criatura (en caso de existiera) estaba completamente cubierta para ser protegida del viento y la arena.
La posibilidad de esa extraña pareja en viaje era insólita. Sobrevivir en el desierto era prácticamente imposible. En caso de que la observación fuera acertada, indicaría que la mujer provenía del Domo. Era extraordinario que hubiera logrado sobrevivir durante un tramo tan extenso, pero no imposible. No podría venir de más lejos. De su andar se desprendía que no era una viajera. La única posibilidad es que fuera una exiliada, quizás una mujer que tuvo un hijo no planificado y estuviera huyendo para que no lo asesinaran, o abonaran la tierra con él, como les gustaba decir a los verdugos del Domo para lavar sus culpas.
Esta situación obligaba a replantear las acciones a seguir. La situación que se presentaba era inédita. Los encuentros con viajeros del exterior habían sido casi siempre hostiles, por lo que tenían un mecanismo de acción bien organizado. Pero en este caso no aplicaba, aunque el fantasma de una amenaza continuaba latente.
—Sería mejor que olvidáramos el asunto. Eventualmente, el problema desaparecerá y con él nuestra preocupación.
—Si la mujer muere y el niño que lleva en brazos también, el olor de los cuerpos en descomposición nos perseguirá por días. Y si una bestia come los cuerpos, el olor quedará impregnado en nuestra comunidad. No somos como aquellos.
—Otros han muerto en cercanías de nuestro hogar. La naturaleza se ocupa de que los cuerpos no se descompongan y pronto los olvidamos como lo haremos ahora.
—Lo que sucede ahora no pasó antes. Debemos repensar nuestro accionar.
—Es peligroso.
—Siempre lo es.
El Consejo, título que recibía la reunión destinada a tratar los temas de la comunidad y de la que todos sus integrantes participaban, se vio interrumpido por la observadora. Estaba acostumbrada a generar controversias, desde que siendo prácticamente una niña, dos veranos antes, logró convertirse en observadora. Nadie había tomado esa posición con tan corta edad. Su orfandad temprana y su capacidad prodigiosa lograron que le otorgaran ese puesto. Aún hoy seguía siendo muy joven, pero dos años de observación hacían que las personas cambiaran. Ahora, visiblemente agitada por el camino recientemente recorrido, pidió la palabra para informar:
—La tormenta de arena arrecia, la mujer cayó, no puede avanzar, y utiliza su cuerpo para cubrir algo debajo. Creo que es evidente que se trata de un niño. Pronto morirán. Solicito permiso para acudir en su ayuda.
—¿Puede llegar a ellos sin que la tormenta se torne peligrosa para su vida?
—Si salgo inmediatamente, confío en que no tendré mayores problemas.
—La decisión se volvió inmediata. Votemos la moción de Lika. En caso afirmativo, no irá sola, necesitará voluntarios que la asistan.
La moción fue aprobada. Dos voluntarios se ofrecieron. Eran dos jóvenes que habían sostenido opiniones contrarias a ofrecer ayuda a la viajera. “Aceptamos su decisión y será un honor ayudarle”, fueron sus palabras.
Alba caía en la cuenta de que la posibilidad de sobrevivir fue el motor que la impulsó a emprender con paso firme el viaje, pero que el destino final que ella había anticipado para su vida y la del niño era irreversible. La diferencia es que ese viaje significó el nacimiento de una enorme culpa por la muerte del pequeño Daniel. No quería que muriera, sentía que la situación era profundamente injusta y que su decisión la emparentaba con la gente que más odiaba en este mundo. Pasó las noches cubriendo al niño con su cuerpo, soportando sobre sus codos y rodillas la intemperie para que el niño tuviera un refugio, un pequeño hogar hecho con su cuerpo, lo más parecido a lo que hizo cuando gestó a su propio hijo. Ahora, la actual tormenta la obligaba a asumir la misma posición, aceptando al menos la idea de que ella sería la primera en morir.
Unos brazos la ayudaron a levantarse, como en un sueño, y pusieron a su hijo en sus manos, tranquilamente dormido. El resto lo recordaría vagamente, atravesado por un estado de duermevela.
Lika dirigió al grupo en medio de la arena. Las salidas en una tormenta eran peligrosas y muy rara vez se realizaban, pero ella era observadora y, como tal, estaba acostumbrada a encontrar algo en medio de un horizonte confuso. Quizá como nadie en el Consejo, a pesar de su muy corta edad.
Se sentía responsable por haber sido ella quien motivó la salida que los ponía en riesgo. Al llegar, esa preocupación desapareció por completo con el niño. La arena hacía muy difícil la respiración, y más para un bebé. Sin embargo, la protección de Alba lo había salvado y se encontraba hambriento, pero en buen estado. Cuando la mujer recobró a medias la conciencia, escuchó voces cálidas que, casi susurrando, le daban aliento y la volvían de a poco a la realidad. Estaba en una cueva enorme, varios rostros la miraban y una mujer, quizá la mayor del grupo, le señaló al niño que tenía en brazos y le decía:
—Creo que es hora de que lo alimente.
—No puedo hacerlo.
—¿Acaso no es su hijo? ¿No puede amamantarlo?
—Es mi hijo, pero no soy su madre —dijo antes de desmayarse definitivamente.
El vínculo entre la mujer y el niño fue materia de especulaciones mientras Alba dormía, al mismo tiempo que Daniel era alimentado por una nodriza.
Al despertar, la incertidumbre no desapareció del todo, y necesitó varios minutos para habituarse a la nueva realidad.
Poco a poco fue comprendiendo el lugar en el que estaba. Aparentemente, se trataba de un sistema de cuevas de diferentes tamaños comunicadas por pasillos cortos, de modo que la estructura resultaba luminosa a pesar de hallarse bajo tierra. Cada espacio tenía pequeñas aberturas que permitían el ingreso del aire, del sol y, con él, de la luz. En cada caverna crecía vegetación: algunas plantas comestibles que Alba conocía bien y otras que veía por primera vez.
El resultado era maravilloso: una caverna luminosa y llena de vida, el escondite perfecto para ella y su hijo. Por primera vez, existía la posibilidad de sobrevivir a un destino trágico.
El problema era que no tenía a su hijo en brazos y, apenas tomó conciencia de ello, comenzó a desesperarse.
Un hombre y una mujer acudieron al instante.
—Él está bien. Se está alimentando. Lo necesitaba —le dijeron con voz baja y amable—. Pronto lo verá. Pero primero, aliméntese —agregaron, mientras le ofrecían comida variada.
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