XII
Durante casi 4 años Daniel creció en la comunidad del interior de las cuevas, rodeado de gente amable y generosa que se comunicaba en voz baja. Alba era su madre, sin peros ni excusas. Era su madre y él era su hijo. Las labores incluían la educación en los menesteres del trabajo asignado, el debate, la participación en el consejo y la educación. En algunos casos, también el entrenamiento. En poco tiempo Alba comenzó a integrar los consejos, que representaban el corazón de la comunidad, tanto que la comunidad entera se llamaba a sí misma El Consejo.
No existía nada igual en el Domo. En su sociedad, un grupo pequeño de asociados decidía por todos los demás. Siempre creyó, como creían todos, que las decisiones que se tomaban en el nivel central eran las mejores para todos los asociados, que quienes decidían eran los más indicados para hacerlo y que cualquier cuestionamiento a ese tipo de organización podía desbaratar el equilibrio y la armonía que habían conseguido. Se sabía que la armonía y la felicidad que emanaba de este modo de organización eran frágiles y complejas, imposibles de alcanzar en otro lugar del mundo. Bastaba con observar el contraste con el afuera, en donde solo quedaba el desierto de la barbarie.
La administración del manantial, aquel depósito de agua del que dependía toda la vida del Domo, estaba íntegramente a cargo del nivel central. Nunca se cuestionó ese control, ni se sospechó que la forma de hacerlo fuera errónea. No se discutían los largos baños que los asociados del centro se daban mientras hablaban de los grandes temas, aunque el primer círculo se alimentaba de agua de rehúso que recibían del centro, el segundo anillo lo hacía del agua de rehúso que recibían del primero y el tercero con el sobrante del segundo. El excedente de todo el proceso se arrojaba al exterior a través de conductos. Era de esa agua residual de la que se alimentaba toda la periferia.
Las largas cabelleras y ropas blancas de los asociados del nivel central eran inherentes a su posición dentro del Domo. En los otros anillos, no se podía sostener esa higiene por falta del recurso necesario para hacerlo. Esto representaba una diferencia notoria entre autoridades del centro y el resto de los asociados.
A partir de los acontecimientos en torno del asesinato de su hijo y de lo visto en el Consejo, a Alba le comenzó a parecer increíble que nada de esto haya sido cuestionado ni que nadie suponga la posibilidad de otras formas de vida organizadas en un mundo tan grande. Quizá en la periferia, único punto de contacto con el afuera, los habitantes llegados de diferentes lugares tuvieran mayor conocimiento al respecto. Sin embargo, se quedan a vivir ahí, en esas condiciones. Este es uno de los argumentos más fuertes del Domo para concluir que ese lugar y esa organización constituyen el único modo posible de vida.
Hasta ahora.
La violencia del acto cometido fue tan grande que no solo provocó la ira de Alba sino la de varias personas, conocidas o desconocidas, que al enterarse de la historia la ayudaron con su plan. Ella comenzó a confiar secretamente en que una toma de conciencia acerca de la injusticia en la organización cambiaría las cosas dentro del Domo. ¿Cómo hace un conjunto de personas para inventar las reglas que las gobiernan, quiénes las generan y de qué manera logran que todos las obedezcan? Gracias a su viaje, Alba se enteró de que no existe una forma única ni natural de organizarse como lo plantea el Domo. Una pregunta, entonces, se volvió central en la cabeza de Alba: cómo se hace para organizar una comunidad.
Decidió preguntarle a Lika, la joven observadora que les salvó la vida con apenas 12 años.
—Yo nací aquí, en el Consejo, con este desarrollo y estas reglas y me enorgullece formar parte. Pero nuestra comunidad no siempre existió ni se organizó de esta manera. La persona más indicada para que le cuente esta historia es Gladia, la mujer que dirige las reuniones. Si quiere, le diré que está interesada en oír esa historia y, cuando disponga de un poco de tiempo, con gusto se la contará.
—No quiero importunarla con mi curiosidad. Puedo escuchar fragmentos de quienes sepan algo y de a poco iré atando los cabos de esta historia.
—Uno de los pilares del Consejo es la memoria. Es importante tener siempre presentes los hechos del pasado para no repetir errores antiguos y aprovechar las experiencias de nuestros antepasados. Desde niños se nos inculca la curiosidad por nuestra historia a través de los relatos de nuestro pueblo. En cuanto le diga a Gladia de su interés, se alegrará de poder contarle todo.
—Muchas gracias por todo, Lika. Gracias por rescatarme y gracias por ser tan amable.
—Lamento profundamente su desarraigo, Alba. Dejar todo así, todo atrás. Espero que en el Consejo pueda encontrar la tierra para desarrollar sus raíces y que el pequeño Daniel pueda hacer lo mismo.
Cuando Lika se fue, Alba se quedó pensando en su salvadora. Desde niña tomaba riesgos de adulta, y hablaba como adulta pero con gestos inocentes. Parecía un ser sin tiempo.
Se sentía cómoda atendiendo las plantas. Es algo que hizo siempre, desde que estuvo en condiciones de trabajar en el Domo. Las particularidades de los cultivos bajo tierra la asombraron. Las plantas estaban protegidas del sol pero, al mismo tiempo, a través de las aberturas estratégicas de la estructura tenían la luz y oxígeno necesario para crecer. La profundidad del suelo le daba a la tierra humedad y fertilidad. Es decir que habían resuelto con sabiduría los problemas que el Domo atendía mediante complejos sistemas. Los insectos formaban parte de la alimentación, junto con las plantas y raíces. La comunidad permanecía saludable, lo que evidenciaba que la alimentación era efectiva. El encierro y la necesidad de hablar en voz baja por momentos le resultaban desesperantes, pero la constante presencia de Daniel a su lado le permitía recuperar rápidamente la paz. El mecanismo que sostenía toda la vida en el Consejo se basaba en dos manantiales de agua subterráneos que alimentaban todas las plantaciones a través de una extensa red de canaletas y tubos a los que llamaban acueductos. La tecnología utilizada era similar a la del Domo, tanto que Alba pensaba que debían provenir del mismo inventor.
Se encontraba en medio de estas reflexiones cuando la cálida voz de Gladia rompió el silencio adornado por el correr del agua a través de los cauces del acueducto.
—Me han contado que su sabiduría acerca de las plantas es muy grande. Celebramos que se encuentre entre nosotros.
—Apenas realizo la actividad que practiqué toda mi vida. Es grato poder ayudar y me resulta sorprendente la forma en que han desarrollado la vida bajo la tierra.
—La necesidad nos llevó a la creatividad. No siempre vivimos de esta manera. Quizá le sorprenda saber que hace muchos años compartimos el manantial con su comunidad.
—Me sorprende y mucho. Pero permítame corregirla, no es más mi comunidad.
—Es cierto. Mis disculpas por eso.
—Me intriga saber qué es lo que los llevó a alejarse del Domo, de la misma manera en que yo me alejé de él.
—Los ancianos contaban que los pueblos se vieron obligados a migrar desde distintas regiones, hoy olvidadas, en busca de un lugar en el que la vida fuera posible. Durante ese éxodo, nuestros ancestros encontraron el manantial, en medio del desierto y la desesperación. Imagínese, una comunidad completa viajando a través del desierto, perdiendo en el camino seres queridos, alimentándose de extrañas criaturas que encontraban y de pequeñas raíces de los escasos y tristes arbustos que se obstinan en sobrevivir en medio de la adversidad. Y de repente, encontraron una inmensa laguna. En sus orillas se instalaron y creyeron otra vez que la vida sería posible. Como una esperanza descabellada, llevaban consigo semillas de plantas comestibles, abrazados a la idea de encontrar un lugar donde finalmente sembrarlas. Generaciones murieron trasladando semillas que jamás plantaron. Finalmente, la laguna les permitió sembrar y cosechar.
“Alrededor del manantial aprendieron a cuidar de las plantas, a protegerlas de las inclemencias de un clima que no favorece su crecimiento. Al mismo tiempo, construyeron hogares para vivir utilizando los despojos de poblaciones pasadas, muchos de ellos descubiertos bajo la arena. Aprendieron a trabajar metales con el fuego, a darles forma, a construir muros con la tierra y el agua, recordaron procedimientos heredados de sus antiguos. El grupo se asentó y se convirtió en comunidad.
“Cuando habían encontrado solidez en su organización común, un nuevo grupo apareció. Venían de un lugar muy distinto, pero nuestra comunidad reconoció en ellos las consecuencias de un largo viaje y se vieron a sí mismos en el pasado. Descubrieron en la desesperación al hallar el agua la misma felicidad que sintieron los nuestros cuando descubrieron el manantial. Y los abrazaron como hermanos.
“Al principio fue duro porque su forma de vida era muy distinta. Estaban fuertemente divididos en estratos, del mismo modo en que hoy se dividen en anillos. Los líderes eran tiranos y la mayoría era sometida a través del dolor y el miedo. Nuestros ancianos pensaron que era producto de la desolación del viaje y la desesperación por vivir. Recordaron historias sobre sociedades pasadas en las que se mataban unos a otros por poder.
Sin embargo, esa forma de vida no se trasladó al contacto con nuestra comunidad. Al recibir ayuda, agua y alimentos, el grupo se mostró agradecido. Tenían curiosidad acerca de las construcciones de las casas, los cultivos, el riego. Imitaron nuestra forma de vida y pudieron sostener su propia comunidad en coexistencia con la nuestra, colocándose en diferentes orillas de la enorme y generosa laguna.
“La diferencia en el modo de organización no impedía el contacto cordial. La pesca en la laguna abastecía de alimento a ambos grupos. Aprendimos su escritura y, con ella, las enseñanzas del puñado de escritos que traían consigo. Nos enriquecimos los unos de los otros.
“Hasta que un día el agua se volvió mala por culpa de nuestra ignorancia sobre su cuidado. La limpieza de las criaturas que cazábamos se realizaba en la laguna y esto la contaminó, provocando enfermedades. Finalmente, se descubrió la causa del problema y se solucionó. Este incidente instaló en la gente de la otra comunidad la idea de que el agua podría terminarse algún día. A todas luces, una locura producto del miedo. Pero el miedo es poderoso. Frente a esta posibilidad, los antepasados de quienes hoy ocupan el Domo instalaron secretamente en su gente la idea de que corrían peligro y de que el único modo de sobrevivir largo tiempo era deshaciéndose de nosotros, sus vecinos de la laguna. De esta manera, el consumo del agua se reduciría y también la contaminación, lo que les otorgaría un largo período de abundancia.
“Tanto fue el miedo y el odio que engendraron en cada uno de ellos, que se esforzaron por mantener la farsa de la convivencia de manera extraordinariamente efectiva durante el día, para juntarse a conspirar en la noche. Nuestra gente era más numerosa, por lo que debieron recurrir a sus peores instintos para lograr un ataque efectivo y definitivo.
“Finalmente, cruzaron el límite de la humanidad para convertirse en bestias. La construcción del Domo, su violencia, el trato hacia las personas que día a día generan su alimento, se explican a partir de la mancha de sangre imborrable producto de un acto demencial.
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