XIII

 


Gladia dejó de hablar, pero la pregunta de Alba era inevitable.

— ¿En qué consistió ese acto, Gladia?

— Una noche sin luna se acercaron mientras los nuestros dormían. Llevaban armas improvisadas, afiladas durante noches de conjura; divididos en grupos previamente organizados, se metieron en nuestros hogares y asesinaron sin piedad a las personas que vivían dentro. 

“El ataque fue pensado y coordinado con mucho tiempo de antelación. Dicen que un sonido emitido por alguien de afuera fue la orden de ataque coordinado. Cada uno de los asesinos atacó a los hombres adultos de cada hogar para anular a los más poderosos en combate. Para cuando las mujeres despertaron y gritaron alertando a la comunidad ya había un muerto en cada familia. Luego pasaron a enfrentarse a las mujeres y los hijos mayores. No tenían mayor experiencia con las armas que poseían, por lo que mataban mal a los nuestros. Debían repetir una y otra vez heridas para finalmente terminar con la vida de cada uno. A cada estocada, puñalada, a cada nuevo chorro de sangre que manchaba sus rostros y cuerpos, se hundían más y más en una zona oscura de la que nunca jamás podrán salir. De nada les valdrán sus ropas ni sus modales, en el fondo siempre serán una horda de asesinos con las manos manchadas de sangre.

“Ningún adulto sobrevivió a la masacre, pero su lucha le dio tiempo a un grupo de niños para correr sin rumbo hacia el desierto. A pesar de su terror, el sentido de comunidad los llevó naturalmente a correr unidos. Uno a uno se fueron encontrando en medio del desierto y caminaron juntos sin rumbo, solo alejándose, con la cara llena de arena a causa del llanto.

“Nadie los persiguió, dando por hecho que morirían.

“Cuentan que en medio de la tormenta, luego de caminar mucho tiempo, vieron en el horizonte una elevación y hacia allí se dirigieron, no tanto para encontrar un reparo como para tener un lugar a dónde ir en medio de tanta nada. Llegaron desfallecientes, 104 niños y niñas, todos menores de 12 años. Se juntaron para darse calor y valor en medio de una noche cerrada. Morir en ese lugar no cruzaba por su cabeza porque eran niños y la muerte no tenía rostro de arena ni de desierto sino de algún animal feroz o de alguno de los verdugos de sus padres.

“Comenzaba a salir el sol y con él la esperanza de sobrevivir. Junto con la luz llegó el milagro. La pequeña montaña de repente abrió un orificio en su ladera y de ella surgió un anciano, el más anciano que habían visto en su vida. Los contó mentalmente, los observó como quien observa lo insólito en medio de un sueño y los invitó a ingresar en la cueva, uno por uno, justo en el momento en que los azotes de una nueva tormenta se empezaban a sentir en la zona.

“Lo que los niños descubrieron al entrar fue asombroso.

“Era una caverna en la que había objetos extraños encontrados en los alrededores del lugar. Con el tiempo, el anciano les contó que aparentemente ese lugar no había sido hecho por la naturaleza, sino que se trataba de una enorme estructura del pasado enterrada durante muchos años, tantos que la naturaleza lo incorporó a su propia entraña. Esto era solo una conjetura del anciano, pero no carece de lógica. En algunos momentos de nuestro desarrollo nos hemos encontrado con lo que parecen columnas de hierro y materiales artificiales, organizados en función de alguna clase de estructura.

El anciano era el último de un grupo de personas que habían escapado a la muerte gracias al encuentro casual con esta estructura. El grupo se volvió numeroso y se instaló en el lugar, desarrollando los sistemas de cultivo que, en esencia, son los mismos que utilizamos hoy en día. El anciano era  muy pequeño cuando llegó al lugar y no tenía noción de cuáles fueron las causas por las que su grupo se vio obligado a migrar ni qué antigua comunidad elaboraba esas estructuras en las que ahora vivimos. Pero lo que le explicaron sus mayores es que ese lugar sería el único en el que estarían seguros, que el mundo exterior era el lugar de la catástrofe y la desolación. Sólo salían a cazar y a ver el mundo un rato por día, cuando el clima lo permitía.

“Aarón era su nombre y a él le debemos nuestra existencia.

“La comunidad en la que Aarón creció había decidido no tener descendencia. El mundo era demasiado terrible para propagar el sufrimiento a próximas generaciones, por lo que ellos serían los últimos de su especie en ese lugar. Que otros, en otras tierras, propagaran la agonía humana.

“En el ocaso de su vida había salido a ver el mundo como todos los días y de repente se encontró con 104 niños. Le pareció una muestra de que el mundo tenía sentido y de que su vida, luego de tantos años de soledad y sinsentido, de pronto tenía un propósito.

“Para matar el tiempo y no enloquecer, había mantenido con cuidado durante todos estos años los sembradíos de la época de la comunidad. Utilizaba la enorme cantidad de excedente para fertilizar nueva tierra y acaparar semillas para un futuro que no era tal sino hasta ahora que los niños asustados habían llegado a su puerta.

“Se maravillaba escuchando las historias de esa comunidad tan numerosa que había sobrevivido allí afuera y se horrorizó con la masacre. Sentía compasión por aquellos niños que a fuerza de horror habían tenido que crecer rápidamente. A falta de seres queridos, Aarón decidió ser su nuevo ser querido, su adulto a cargo para enseñarle a cada uno lo fundamental para sobrevivir en aquel escenario. Recuperó espacios que a fuerza de soledad había cerrado y que ahora volvían a ser refugio para el sueño de sus nuevos invitados.

“Así, esos niños y niñas se volvieron de a poco hombres y mujeres. A la hora de despedir a su salvador, que a fuerza de amor logró vivir más años de los que pensaba sólo por ver a sus hijos seguros e independientes, estos prometieron continuar su legado y desarrollaron la comunidad que hoy nos alberga. La historia de Aarón y la llegada de los 104 es recordada vivamente de generación en generación para enseñarnos que somos hijos de la bondad y la solidaridad, mientras que el miedo, el horror y la ambición nos llevan a un lugar del que no podemos volver.

—En el Domo, el olvido es parte de la filosofía del entusiasmo. Quizá tenga que ver con que el horror por lo que hicieron aquella noche los persiguió por siempre y decidieron ocultar la historia para que las generaciones siguientes no queden manchadas con ese pasado.

—La ignorancia como mandato es también una forma efectiva de dominación.

—No comprendo.

—Conocer la existencia de sociedades que no se organizan en jerarquías implica la posibilidad de pensar en una forma de vida diferente. Esto constituye una herramienta para cuestionar el orden del Domo. Olvidar esa experiencia es también una forma efectiva de no iniciar ese debate. Si, por ejemplo, la gente de los anillos del Domo descubriera que en realidad el agua alcanza para todos por igual, que el control que se ejerce sobre ella no tiene que ver con una razón de vida o muerte sino con una estrategia de poder, quizás el Domo caería. El olvido es efectivo.

—Mucho, ciertamente.

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