XIX
Las expediciones eran numerosas pero estaban integradas por personas aterradas. Las órdenes eran tomadas como el delirio de un grupo alejado de la realidad del desierto. Los rumores sobre la naturaleza desquiciada de los gestores crecían en todos los anillos. El extenso camino recorrido obligaba a los grupos de exploradores a realizar postas y a jugarse la vida pasando la noche a la intemperie. El desanimo era mucho, las bajas también.
La aparición de un joven desorientado en mitad de la tormenta de arena pareció una alucinación para el grupo que lo divisó en uno de los campamentos improvisados. No lo mataron porque se desvaneció, exhausto, a pocos metros del campamento, sin llegar a ver a los hombres que lo esperaban listos para quitarle la vida sin hacer preguntas. Muy poco tiempo después, desearía haber dado unos pasos más para perder la vida ahí mismo.
Al despertar, se encontró frente a un grupo de personas visiblemente hostiles. Fue interrogado de manera amenazante y él les contestó lo que había ensayado. Era un viajero que había perdido accidentalmente a su grupo. Vagaba sin rumbo sabiendo que había un Domo en la región y quería encontrarlo antes de morir.
El grupo no conocía de viajeros, pero sabía que el joven mentía. Un joven así no venía de la barbarie, no podría haber sobrevivido con esos modales. Frente a este hecho, se impuso la tortura como forma de conocimiento. La formación en el Domo los había perfeccionado en la impiedad y la búsqueda de información en la periferia les había dado la práctica necesaria. Aunque lo que debían hacer en ese caso era llevar al joven, prácticamente un niño, al Domo para ser torturado por autoridades, decidieron encargarse ellos mismos de ese procedimiento. Querían obtener la información en el campamento y, con ella, negociar con los Gestores el no volver a salir del Domo nunca más. En tiempos en que los gestores habían perdido la cordura, era necesario hacer lo necesario para evitar ser arrastrados hacia una muerte absurda.
Para justificar que la negociación incluyera a la totalidad del grupo, debían ser los 25 quienes torturaran al chico. El modo de operar de las autoridades, y más específicamente de la Gestora General en la periferia, los había prevenido para no ser engañados en la negociación. Por eso, los 25 integrantes se fueron alternando hasta que del chico solo quedaron harapos empecinados en seguir respirando. Ninguno de los 25 olvidaría lo que hicieron esa tarde, por más intentos del Domo, por más esfuerzo de cada uno de ellos. Cruzaron la línea y se volvieron monstruos. Los jirones de Marco colgaban del cuerpo vivo y la arena se pegaba a la sangre que derramaba. Lo mantuvieron vivo y consciente, lo dejaron gritar tanto como pudo en medio de una tormenta que todo lo acaparaba, incluyendo los gritos de dolor de un joven torturado.
El horror y la inocencia son una mala combinación. Quebrado física y mentalmente, les contó todo, absolutamente todo, con la esperanza de que de una vez lo mataran, sabiendo que su cuerpo ya no servía para nada y, aunque sirviera, ya no podría volver a la comunidad a la que acababa de traicionar. Sin embargo, lo continuaron torturando innecesariamente. Los 25 debían torturarlo para que los términos de la negociación debían ser indiscutibles. Nada parecido se había visto jamás. Cuando todos terminaron de participar en la monstruosidad, los restos del chico seguían empecinadamente con vida, por lo que definieron en grupo terminar finalmente con su sufrimiento. Marco, finalmente, dejó de existir para casi todo el mundo, con excepción de sus 25 torturadores. No se conocieron los detalles de semejante atrocidad, pero los torturadores, como perseguidos por una maldición, no volvieron jamás de ese día. Aunque sus cuerpos volvieron al Domo y su negociación fue exitosa, fueron conocidos como “Los 25” entre la gente de los anillos. Se los podía reconocer con facilidad porque eran los únicos de entre los vivos que parecían estar muertos.
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