XL

 


Lika percibió que las penumbras, en las que ella se movía a diario con total naturalidad, hacían que Daniel tropezara a cada instante, avanzando con paso incierto. La mujer tomó una vieja antorcha y la encendió con destreza.

—Tome. Ha pasado demasiado tiempo viendo el sol.

Daniel caminaba con la antorcha apenas por detrás de ella. Así pudo advertir que el fuego también había dejado marcas en una de sus piernas. Recordaba que Lika tenía unos diez veranos más que él, pero la vida la había transformado, en su interior, en una anciana que cargaba con cientos de vidas. El joven pensó que ningún alma del mundo se parecía tanto a la suya.

No podía dejar de pensar que era extrañamente hermosa. Su cuerpo era fuerte y determinado, y su mirada se le presentaba como un espejo de la suya, sólo que ahí donde él reflejaba dudas, en ella se imponía la determinación.

Finalmente llegaron a una huerta enorme, capaz de alimentar a cientos de personas. Las paredes aún guardaban la memoria del fuego que había destruido todo.

—¿Cómo logró reconstruir esto? ¿Cómo recuperó tantas plantas? —preguntó Daniel mientras ayudaba a Lika en la recolección de alimentos.

—Resultó que las cenizas multiplicaron la vida. Aparentemente, las plantas quemadas y la tierra cubierta de ceniza impulsaron un crecimiento con una fuerza desconocida. Al principio fue muy difícil: no había nada y mis heridas hicieron que sobrevivir requiriera una lucha por cada respiro. Con el tiempo, al reconocer el verde que volvió a ganar espacio con tanta fuerza, fui restaurando las condiciones para su crecimiento. Eso me obligó a recuperarme y a mantenerme ocupada para no enloquecer.

—Pero, ¿cómo fue posible que haya sido la única sobreviviente entre tanta gente?

—Simplemente sucedió. Caí herida en medio de la batalla. Desperté, como en otro mundo, en medio de un terreno sembrado de fuego donde no podía respirar. Lo demás es confuso. Recuerdo las manos de Andrea Sana, una anciana de la comunidad, llevándome a un lugar donde el aire era respirable; recuerdo el dolor y sus cuidados. Desperté y la encontré a ella y a otras cinco personas muertas a mi alrededor. Sobrevivieron a la matanza pero no a las heridas del fuego. Aún siento el olor a carne humana quemada con la misma fuerza que entonces. Recuerdo buscar restos de comida, vivir junto a un pequeño estanque formado por el agua que goteaba de los acueductos destruidos. Recuerdo arrastrar y enterrar a miles de personas en lugares a los que hoy no puedo volver, porque escucho sus voces, sus gritos, su dolor. Todo es una misma madeja de recuerdos que me acompaña a cada hora. El resto es soledad y odio.

—¿Cómo se puede olvidar? ¿Cómo seguir adelante?

—¿Olvidar? No quisiera olvidar aunque pudiera. Quiero recordar cada día, porque eso me da un propósito. El descanso de esas personas —de mis personas —no será posible a menos que haya venganza. Sus muertes no pueden quedar impunes.

—Lo que propone no es posible. No en soledad.

—Con su ayuda ya no estaría sola.

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