XLI
La tormenta arreciaba en la superficie y las cuevas ofrecían una oportunidad para descansar y reparar el Artefacto. Sin embargo, el grupo nómade, que siempre había viajado unido, se encontraba ahora en alerta frente a la presencia de tres extraños en muy poco tiempo. Fingir era inútil: la tensión se palpaba en el aire cerrado de la cueva, sobre todo después del episodio del fuego.
Alazán y Tuna comenzaron a buscar ramas para encender una hoguera, con la esperanza de cocinar e iluminar el ambiente. Lika, que volvió junto con Daniel y las provisiones, se los prohibió:
—El secreto es la única razón por la que este lugar permanece a salvo. La última vez que el secreto fue revelado, miles de vidas se perdieron. El humo de una fogata de grandes proporciones delataría nuestra presencia y los accesos a este refugio. Estas galerías ya tuvieron suficiente fuego.
—La tormenta disipará el humo, nadie podrá verlo —dijo Alazán.
—No se hará un gran fuego en estos túneles. La comida que coseché no lo necesita. Las entradas de luz que ven ahora son en realidad más grandes; el tiempo las fue cerrando. Pueden ampliarlas si necesitan más claridad. Pero si insisten con el fuego, deberán hacerlo afuera.
Su postura era firme y la voz, sepulcral. Estaba de pie frente a ellos, con una lanza en la mano y la canasta con los vegetales a sus pies. Laszlo, inmóvil como una estatua, apoyaba la mano en el mango del puñal y, con la misma frialdad glacial de Lika, solo movía los ojos en espera de una señal de Gauna.
El anciano decidió intervenir. Caminando con dificultad, se adelantó y dijo con serenidad:
—Agradecemos que nos brindara refugio en esta tormenta, Lika. Cumpliremos de buen grado sus condiciones. Mi nombre es Gauna y conozco desde hace mucho tiempo a algunas de las personas que me acompañan. En más de una oportunidad han salvado mi vida. Hace apenas unos días conocimos a Gringa y a Daniel. Las circunstancias de aquel encuentro no nos permitieron conocerlos en profundidad. Escuchamos sus historias en la voz de Gringa. Y ahora acabamos de conocerla. En general, no solemos contar nuestras historias: el camino nos une por razones enigmáticas y nos reconocemos con el tiempo, en las acciones cotidianas. Sin embargo, la tormenta no nos permite seguir, y la presencia de tantas personas desconocidas en un espacio cerrado está generando un clima que dificulta la convivencia.
—La soledad ha ido reduciendo mis historias. Como única sobreviviente, intento recordar la de mi pueblo, pero siento que es en vano. Escribo relatos en las paredes para retener la vida en cada uno de los espacios; sin embargo, del mismo modo en que las letras se borran, también se desvanecen mis recuerdos. A veces siento que el veneno que me inocularon corroe mi interior.
—Le sorprenderá saber que varios compartimos el destino de ser los últimos de sus comunidades. Mi nombre, por ejemplo, identificaba a un clan. Los Gaunas éramos muchos. Al ser el último, decidí olvidar mi nombre anterior e identificarme con el nombre de mi clan como un modo de mantener el recuerdo con vida. Alazán y Tuna provienen una comunidad nómade desaparecida bajo el acero de una enorme horda de saqueadores; el sacrificio de sus padres los convirtió en los únicos sobrevivientes. Laszlo enfrentó a su grupo y casi muere; su recuperación significó la oportunidad de eliminarlos con su propia espada. A la comunidad de Dalia le debemos la tecnología del Artefacto; ella, única sobreviviente de una epidemia que acabó con todos sus afectos, se transformó en la última portadora de la artesanía que permite el movimiento del vehículo. Le pido amablemente que por esta noche no nos vea como a extraños sino como a personas que pueden comprender su dolor.
Las palabras de Gauna impactaron a Lika. Las historias apenas referidas por el anciano la obligaron a dejar la lanza, no sin disimular su emoción.
—Me quedan pocas historias para contar, pero lo intentaré con la esperanza de que, al finalizar, compartan mi propósito.
Lika contó su historia y la de su pueblo, incluyendo la aparición de Daniel en su comunidad y el trágico final. Los invitó por un recorrido de cuevas abandonadas pero conservadas con esmero por la joven mujer. En las paredes, dibujos y palabras recordaban lo que alguna vez sucedía en cada sala, cuando aún eran una comunidad próspera y feliz. También les mostró las plantaciones y los lugares que había consagrado como cementerios para los innumerables cadáveres que había tenido que arrastrar, siendo todavía una niña, hasta depositarlos allí.
El asombro de todos los presentes era evidente. Incluso Laszlo demostró algo de emoción en su rostro.
—Lo que ha hecho en este lugar no podría haberlo logrado nadie más. La diversidad de conocimientos y habilidades necesarias la convierten en alguien invaluable para nuestro grupo. Le pido que se nos una en nuestro viaje. En el camino, convertirá el dolor por el pasado en asombro por el presente.
Lika escuchó la invitación, pero no respondió con palabras. Luego de un instante de duda, los invitó a seguirla hasta otro lugar de la estructura. Ingresaron en una enorme sala donde brillaba una enorme cantidad de armas: desde pequeñas dagas a enormes espadas; desde lanzas de diversos tamaños y estilos (una de las cuales llevaba siempre consigo como si fuera un cetro o un gran bastón) hasta arcos de diversos tamaños. Había muchos otros objetos, algunos desconocidos incluso para los mismos viajeros. ´ Multiplicada por el eco de la caverna y el horizonte repleto de armas, la voz de Lika sonó con la intensidad estremecedora
—Mi objetivo final, desde hace más años de los que puedo contar, es formar un ejército que me permita destruir el Domo. Recuperé todas las armas que quedaron en la estructura luego del miserable ataque; afilé cada una, las puse en condiciones y aprendí a usarlas. Cada día dedico mi tiempo a la siembra, a la recuperación de los salones y del sistema de riego, pero la mayor parte la paso entrenando con ellas. Fui la mujer más pequeña en cumplir la función de observadora. Luego del crimen, y sin una comunidad para desempeñar un papel, asumí una nueva función, la única función posible en honor a su recuerdo: la venganza.
“Por eso no puedo acompañarlos en el viaje, aunque el mundo nuevo que han abierto ante mis ojos en esas tablillas me incita a hacerlo. Antes, debo cumplir esta misión. Les pido, ahora yo a ustedes, que se queden y se unan a mi venganza. Si tenemos éxito, podrían hacerse de víveres y grandes riquezas, como también de una gran provisión de agua potable para emprender su viaje.
—Lamentamos no poder unirnos a su propósito, Lika, pero nuestro camino nos lleva hacia otros horizontes. Somos un número muy escaso como para tomar esa dirección.
—Les pido que entrenen conmigo y me ayuden a buscar a más gente. Hoy estas cavernas albergan a más personas que ayer; quién sabe qué ocurrirá mañana. Al menos, que alguien se quede. No le faltará seguridad ni alimento y, a cambio, me quitará esta soledad.
—Cualquiera de nosotros es libre de abandonar el grupo. Si alguien lo decide, no se lo prohibiremos. En mi caso, soy un anciano que busca encontrar otro horizonte antes de morir. Le deseo suerte, Lika.
Dicho esto, la conversación terminó, al menos en lo que a palabras se refería. Daniel esquivaba con culpa la mirada fija de Lika, quien le demandaba en un grito mudo que se quedara con ella.
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