XV

 


—Jamás se ha realizado una excursión fuera del Domo — dijo el jefe de guardias, mientras se secaba el rostro luego de sumergirse en el manantial.

—Emprenderemos la primera, entonces. Creo que los guardias del tercer anillo serán los indicados, por su cercanía y su constante observación de la barbarie. Pero cualquiera puede ir si lo desea. Avanzaremos primero algunos metros e iremos día a día haciendo recorridos más extensos.

—Si existen los cuerpos, quizá las bestias se los hayan comido antes de que los encontremos, o el mismo paisaje los oculte para siempre. Con todo respeto, Diana, creo que esta decisión se debe consensuar con el resto de los gestores. 

—Se hará como yo diga, pero esperaré su consentimiento, claro. Mientras tanto, necesito que preparen la expedición.

Cuando la decisión fue finalmente aprobada, en un tiempo muy breve debido al esfuerzo y la determinación de Diana, el equipo ya estaba conformado y los primeros pasos fuera del Domo ya habían sido realizados. La falta de visibilidad hacía que volvieran desorientados, sin saber si realmente se habían dirigido al norte. El proceso de habituar al recientemente conformado ejército a las particularidades de la misión tardó muchos meses y provocó muchas muertes. De vez en cuando, alguien del centro se atrevía a cuestionar la decisión de Diana. Pero ya no había un lugar para consejos ni asesores. Solo las cuestiones menores eran escuchadas. La obsesión de la Gestora General por avanzar hasta las últimas consecuencias aplastaba cualquier crítica.

Casi cinco años tardaron aquellos en encontrar lo que a Alba le llevó algunos días. La necesidad de remover el suelo en busca de los cadáveres, la falta de convicción en la misión y el miedo al desierto retrasaron un viaje que, en principio, duraría unos diez soles. Mediante un sistema de lanzas, marcaban el camino recorrido para que el siguiente grupo continuara desde el lugar en el que el anterior había finalizado. De esa manera avanzaron, de a poco y sin certezas, hacia el objetivo. 

Lika los vio mucho antes de que la vieran a ella. La información sobre esa presencia encontró a Alba y a Daniel completamente asimilados a la comunidad. La sospecha de que ellos fueran la causa de la cercanía enemiga estaba latente, pero la idea de entregarlos a cambio de paz jamás cruzó por la cabeza de ningún miembro del Consejo. Alba había ayudado al desarrollo de los cultivos de manera laboriosa y eficaz, y se había hecho querer como una más desde su llegada. No le costó trabajo, realmente. Ella había encontrado su lugar en el mundo.

Daniel no conocía otro lugar. Su vida se desarrolló como sucede con cualquier niño de esa edad. No tenía otra realidad con qué comparar la suya. Frente a la amenaza, el Consejo comenzó a pensar en la necesidad de defenderse. Por el momento no habían sido encontrados, pero bien podrían serlo en poco tiempo. A pesar de tener la ventaja de habitar un suelo conocido, lo cierto es que jamás habían pensado en una pelea como alternativa. La efectividad en el ocultamiento nunca los llevó a considerar esa posibilidad. Cuando llegaron a ese lugar, llenos de terror y odio, pensaron en vengarse, pero Aarón les enseñó que el ocultamiento les permitiría habitar el mundo sin la necesidad de entrenarse para quitarle la vida a otra persona.

Las circunstancias obligaron al Consejo a revivir fantasmas de sus antepasados y prepararse para una guerra inminente. Varias fueron las hipótesis que se pusieron en juego para hacer frente al próximo conflicto. En primer lugar, decidieron que cuando el grupo que evidentemente estaba recorriendo la zona en busca del Consejo se acercara lo suficiente, deberían matarlos. Sin miramientos ni piedad. Debían ser efectivos y para eso era necesaria la sangre fría que otorga la certeza de que se trataría de matar o morir. El Consejo tenía a los observadores, que eran buenos en el rastreo y también en la cacería. Manejaban con destreza enormes lanzas y cuchillos que les permitían rematar a la presa para terminar con su sufrimiento. Serían ellos los encargados de enfrentar al grupo invasor integrado, según informó Lika, por 10 personas totalmente desorientadas. Al mismo tiempo, debían preparar el subsuelo. Alba se enteró en esas conversaciones de que la estructura en la que vivían tenía un piso debajo. Siempre se pensó que lo habitarían cuando la comunidad fuera lo bastante numerosa como para necesitar más espacio. El lugar, entonces, era el doble de grande. El problema con el subsuelo es que el sistema de iluminación y ventilación hacía imposible que las plantas se desarrollaran. Es por esto que, cuando fuese necesario, mudarían sus viviendas abajo y dejarían el piso de arriba para multiplicar los cultivos. Los esperaría, claro, una vida de mayor oscuridad, pero siempre confiaron en que la inteligencia del Consejo permitiría idear formas en las que la luz ingresara, cuando el momento llegara. En esta coyuntura, la idea era trasladar plantas al subsuelo cuando el invasor ingresara para protegerlas y utilizar el nivel actual como campo de batalla. En él, se enfrentarían con la ventaja de quien conoce el terreno. De enfrentarse a un grupo numeroso, incendiarían el piso completo. Quemarían todo con tal de dar muerte a los asesinos. Luego, las plantas retornarían a sus lugares con el suelo fértil abonado por las cenizas. Así, recuperarían la vida habitual.

El problema sería el humo y la posibilidad de que la asfixia los asesinara a ellos también. Por eso, inmediatamente comenzaron los grupos seleccionados a liberar la entrada del subsuelo, bloqueada para evitar accidentes, a la espera de encontrar una solución lo antes posible. Al mismo tiempo, se barajaban otras hipótesis, como la de batalla cuerpo a cuerpo en ese espacio reducido. En este caso, las lanzas no servirían porque la inmediatez que proponen los ambientes impediría maniobrarlas. Frente a esto, los observadores comenzaron a buscar alternativas. Al mismo tiempo, comenzaron a entrenar día y noche a un grupo de voluntarios para que pudieran hacer frente a los invasores. Las técnicas eran elaboradas en el mismo entrenamiento, ya que nadie sabía verdaderamente cómo pelear contra otro ser humano.

Alba les contó acerca de los guardias y su entrenamiento. Sabía de las armas que utilizaban, desde los sables largos, los cortos, los lanzadores de dardos, las flechas y lanzas. Se sabía que su entrenamiento era secreto y, producto del mismo, finalizaban algo alejados del resto de los integrantes del Domo. Eran algo más inaccesibles que los demás, y se decía que eran despiadados. Más allá de alguna pelea menor, sabía que podían matar bebés no programados sin ninguna limitación moral. Lo supo en primera persona. Los mataban como a animales. A cuchillo, rápido, intentando evitar el sufrimiento.  Vendrían sin piedad a asesinarlos.

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