XVI
Finalmente, la expedición se acercó demasiado. La comunidad había indicado un límite luego del cuál habría que actuar y esos diez hombres lo cruzaron. Tardaron, pero lo hicieron. Lika y su grupo se prepararon para lo inevitable con disciplina y determinación. Habían construido dos refugios cercanos a la entrada del Consejo. Estaban lo suficientemente alejados para que, en caso de perder, la entrada de la cueva permaneciera oculta; lo suficientemente cercanos como para poder alcanzarla en caso de tener que huir; lo suficientemente ocultos como para no ser vistos hasta que fuera demasiado tarde. El atardecer encontró a los desganados guardias sin querer continuar, por lo que volvieron rápidamente. Entendían que el próximo grupo, o ellos mismos, seguirían al día siguiente desde el lugar en el que se encontraban ahora. Dejaron una gran lanza como marca para saber desde dónde seguir la próxima jornada. Con cada avance dejaban una lanza en el suelo para que el camino desde el Domo hasta donde estaban quedara claramente trazado. Como cada noche, Lika y su grupo corrieron la marca del lugar en que lo habían dejado. Hasta ese momento, esa estrategia permitió despistarlos. Así se habían defendido durante años. Pero en este caso estaban demasiado cerca. Habían cruzado el límite trazado.
Posicionaron la última lanza en un punto equidistante de los dos refugios. Y esperaron. Pasaron la noche ahí, ocultos, aunque todos saben bien que no se debe pasar la noche fuera de las cuevas porque las bestias que se ocultan a la vista son fuertes, impredecibles y, generalmente, nocturnas.
Con la mañana llegó la nueva expedición con 10 hombres cansados de tanto viaje. Llegar tan lejos les resultaba agotador, para luego tener que seguir avanzando por lo desconocido. La terrible decisión que estaba tomando el nivel central al proseguir con esta locura era el tema recurrente de cada integrante de las expediciones y de buena parte de las personas que integraban el Domo, quienes veían a sus afectos salir para no siempre regresar.
Los dejaron avanzar un poco más, agotarse un poco más. Cuando el viento se volvió más fuerte y la arena impedía ver y respirar con normalidad a cualquiera que no estuviera habituado, atacaron. Después les preguntarían por qué los dejaron avanzar un poco más y no sabrían la respuesta. En voz alta dirán que la decisión tuvo que ver con agotarlos aún más para que no pudieran presentar batalla, pero por dentro pensarán que, dado la naturaleza horrible de lo que iban a hacer, prefirieron no verse unos a otros con nitidez, Atacaron rápido y bien. La aproximación fue en silencio pero al primer golpe empezaron a gritar como desaforados. No podían no hacerlo cuando debían matar a diez hombres. Las lanzas atravesaron los pechos, los cuchillos cortaron cuellos y destruyeron corazones. La sangre se les impregnó y, de alguna manera, nunca más se fue. Lika, de entre todos la más joven, se volvió adulta en el instante en que su lanza detuvo el primer corazón.
Pero no podían congelarse con el horror que generaron. Rápidamente hubo que cambiar de lugar kilómetros de lanzas clavadas para desviar el camino y alejarlos del objetivo. La desorganización de su sistema de avanzada debía retrasarlos nuevamente, y así fue. Los cuerpos debían desaparecer. Y así sucedió.
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