XVII

 


En el Domo nunca supieron qué fue lo que sucedió, por qué no había rastros de muerte por ningún lado. La gente empezó a presionar para no volver a ese sitio. El desconocimiento y el miedo generaban mitos que circulaban entre grupos cada vez más numerosos. La opinión general era clara: debían dar por muertos al niño y su captora.

Para Diana, por el contrario, esta desaparición fue la confirmación de que existía otro grupo de personas en la zona, lo suficientemente numeroso como para asesinar a hombres armados y entrenados. Redobló los esfuerzos para recorrer esa zona llevando grupos de 25 personas en las expediciones. Se aceptaron voluntarios del tercer anillo. A pesar de no tener ningún entrenamiento, algunas personas irían a la lucha para matar y otras para morir. Más y más promesas sin cumplir tentaban a los habitantes para lanzarse al desierto.

Pero lo cierto es que el miedo se apoderó de los asociados y la falta de convencimiento acerca de lo que estaban haciendo los llevó a preocuparse más en cuidarse entre ellos que en seguir avanzando hasta encontrar la muerte. Al mismo tiempo, cada avance se realizaba en la dirección equivocada debido al cambio de posición de las lanzas.

De este modo, el Consejo ganó tiempo para entrenar, para pensar en cómo defenderse ante la amenaza. Además, ganaron confianza: la confianza de saber que una buena planificación podría destruir cualquier intento de ataque, del mismo modo en que Lika y los suyos hicieron en el desierto. 

Largos años pasaron en ese proceso, tensando más y más la relación interna entre los asociados del Domo.

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