XVIII
Durante el proceso de preparación, la información de Alba resultó vital. La forma de organización de los guardias, sus motivaciones, la relación con las autoridades, el armamento, todo resultaba relevante a la hora de idear las estrategias de defensa. Pero mientras Alba describía el Domo, alguien escuchaba. En realidad, todos escuchaban, pero él escuchaba otra cosa; se interesó tanto como para acercarse días enteros a la mujer para pedirle, mientras trabajaban, más y más historias acerca del Domo. Cuando Alba hablaba, lo que contaba estaba atravesado por su desprecio hacia esa sociedad asesina. Pero él, apenas un joven, tenía la inteligencia necesaria para filtrar el odio del relato, quedándose solo con los hechos.
Y de todos los hechos que aislaba, el que más le interesaba era el sol. Muy pocas veces pudo ver el sol. Todavía era muy joven para ser observador, que era su sueño. Soñaba con observar porque constituía la excusa para sentir el sol a diario. Volver con la piel roja de las expediciones, tener que cubrir sus ojos a causa de tanta luz. Cuando salió por primera vez y lo vio, el resto de su vida se volvió penumbras. Cada día que pasaba era un día menos para poder vivir una vida en la luz.
Él no veía en el Consejo lo que Alba veía. Él sólo veía penumbra y tierra, el sol en fragmentado a través de orificios estratégicos en el marco de una vida entregada a hacer cada día lo mismo.
En ese contexto, el Domo se presentaba como un lugar luminoso, siempre luminoso, tanto que las personas y las cosas debían protegerse de la luz y el calor.
Había otra cosa. La posibilidad de avanzar de un anillo a otro del Domo invitaba a una vida en la que nada fuera para siempre, habitar un lugar en el que alguna vez la puerta podría abrirse para ser algo más del otro lado. Si bien Alba contaba que esto nunca sucedía, al menos tenían la esperanza. Eso era mucho más de lo que él tendría en su vida. En el Consejo la vida era organizada; entendía que la forma de organización encontrada era casi milagrosa, pero al mismo tiempo monótona y miserable. Mientras viviera, sabría exactamente lo que debía hacer cada día.
La periferia, decía Alba, era aquel lugar al que llegaban los viajeros, los marginados, a vivir en las peores condiciones hasta ser llamados. La periferia no tenía límite de gente, no tenía conteo. Un viajero podría instalarse, pasar totalmente desapercibido y ver la luz cada día.
Y de noche, las estrellas. El cielo cubierto de estrellas con la luna como guía. Nunca las había visto más que a través de un orificio. Prácticamente nadie de su comunidad lo había hecho. Se decía que era un buen momento para cazar, por lo que en determinadas noches los cazadores salían en busca de alimento, noches que coincidían con la migración de animales, pero eran noches escasas con grupos escasos de afortunados. Las historias acerca de la cacería y el cielo eran contadas y repetidas hasta el año siguiente, cuando nuevas historias reemplazaban a las anteriores luego de la reciente temporada de caza.
Él no aspiraba a ser cazador, era muy pequeño para eso, pero sí observador para poder salir a la luz durante el día y ver las estrellas por la noche. La luz constante del Domo, la vida en la luz y el calor del sol, era aún más tentadora.
¿Cómo explicarle a su familia, que lo amaba, que ese lugar no era el suyo? ¿Cómo explicarle a la comunidad que, del mismo modo que Alba, su lugar en el mundo se encontraba en otro lado?
Decidió no hacerlo. Confirmó la dirección, tomó sus cosas y se fue.
La situación era ideal. Luego de la muerte de la expedición a manos del grupo del Consejo y el constante cambio de las lanzas, no volvieron a aparecer expediciones cerca de la entrada. Al confirmar que no había peligro, el chico se fue. Su nombre era Marco; su destino, nefasto.
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