XX
Pocos días después de que se cumplieran 5 años del nacimiento de Daniel, sobrevino el horror. 1000 personas aparecieron en el horizonte dirigiéndose sin dudar hacia el Consejo y Lika supo que nada podía hacerse desde afuera y quizás tampoco desde adentro. Frente a ese número, su comunidad estaba destinada a caer. Rápidamente abandonaron la búsqueda de un joven desaparecido de la comunidad, un joven llamado Marco, quien se había esfumado repentinamente sin dejar rastro; volvieron al interior y la alarma alcanzó en pocos minutos a la totalidad del Consejo. El operativo de defensa se inició bajo la desesperante sensación de que el desenlace sería inevitable.
El piso inferior estaba bien acondicionado. Para hacerlo tuvieron mucho más tiempo del que habían pensado, pero con la inminencia del numeroso ataque pensaron que todo era insuficiente, que deberían haber hecho mucho más. Decidieron quemar todo el piso superior con los enemigos dentro, pero para esto era necesario que entraran. Solo había 150 hombres armados, totalmente insuficientes para vencer a semejante grupo. Muchos voluntarios se sumaron, conscientes de una muerte segura, para lograr que las personas del piso inferior sobrevivieran. Escucharon los golpes en la entrada de la cueva y supieron que para muchos sería el último día de sus vidas. Al entrar, un pequeño grupo dio batalla para atraerlos a la trampa. En la lucha murieron 30 enemigos y 3 propios. El conocimiento del lugar, sumado al acostumbramiento de la mirada a la penumbra, les dio una clara ventaja a los defensores del Consejo. De no ser por la impensada desproporción numérica, los invasores no tendrían chances. El último de los defensores corrió por el pasillo establecido previamente para una nueva emboscada, motivando la persecución de los enemigos, que se agolpaban para ingresar en gran número y, de ese modo, disimular el miedo que sentían.
A pocos metros los esperaba un segundo grupo de defensa que infringió todo el daño posible a las hordas invasoras. La lucha era encarnizada, sostenida por un puñado de hombres hasta las últimas consecuencias con la esperanza de que más y más enemigos bajaran a las profundidades de la cueva.
De no ser porque Marco confesó aquello con lo que se encontrarían los invasores, el ejército del Domo quizá no hubiese tenido chances incluso con semejante superioridad numérica. Sin embargo, el factor sorpresa fue en parte eliminado por la confesión bajo tortura de aquel joven cuyo cuerpo aún debía estar sirviendo como alimento a los animales en el desierto. Los enemigos avanzaban con el conocimiento de cuáles eran los túneles y hasta dónde llegaban. Cuando la resistencia no pudo obstruir más el avance del enemigo, fue Lika, la más joven del grupo de defensa, quien echó fuego sobre los caños del acueducto, que en lugar de agua ese día llevaban un líquido inflamable. El incendio fue inmediato, al igual que sus consecuencias. El Consejo se volvió el infierno, si es que éste existe; si no, ellos lo inventaron en ese momento. Los cuerpos en llamas pero aún con vida de los soldados iluminaban los pasillos oscuros. Corrían sin ningún criterio de dirección, esperando a que alguien los matara.
Décadas de construcción, plantas que proveyeron de alimentos a generaciones, años de trabajo para erigir un espacio habitable en medio de tanta desolación, se reducían a cenizas junto con el enemigo y los cuerpos de sus compañeros. Los voluntarios que se mantuvieron en el piso superior para morir en su intento por retrasar a los invasores lograron su objetivo. El humo hizo lo esperado, volvió el aire irrespirable. Muchos defensores del Consejo, excelentes personas a las que las circunstancias volvieron feroces guerreros, finalmente murieron de asfixia. Solo un puñado logró bajar al nivel inferior, que también comenzaba a verse afectado por el humo, aunque, según lo planeado, habitable.
Todo el esfuerzo, el sacrificio de tantas personas y de su hogar, había logrado matar a poco más de la mitad del ejército enemigo, en gran parte integrado por personas que, del mismo modo que los voluntarios del Consejo, no tenían instrucción alguna en el arte de asesinar. A diferencia de los hombres y mujeres del Consejo, la gente del Domo había accedido a morir tentada por falsas promesas de ascenso social. Al observar la cantidad de muertes en el propio bando, los voluntarios veían en cada cuerpo una vacante en los anillos que ellos pronto ocuparían. Otros, sin embargo, fueron afectados tanto por el horror que intentaron huir. Estos fueron asesinados en su escape por aquellos que sí estaban entrenados, e incluso por algunos otros voluntarios para congraciarse con sus superiores.
El descenso al nivel inferior no tardó en llegar. Lo encontraron habitado por apenas 50 personas entrenadas, mucha gente desesperada buscando lo que encontraban a su paso para hacer frente a los invasores, y niños. Alba tenía una pequeña guadaña de jardinería con la que labraba la tierra y con ella mató a cuatro personas, quizás igualmente desesperadas y desprovistas de entrenamiento. Llevaba a Daniel atado a su espalda. Era una madre, con su hijo a cuestas, obligada a pelear por la vida de ambos armada con un apenas una herramienta que utilizaba con destreza a causa de una vida atada a ella. La desesperación disimulaba el horror de atravesar un cuerpo con el filo de su herramienta, y luego a otro, y a otro, y a otro. Decidió vender cara su muerte, y así lo hizo, hasta que finalmente un invasor atravesó su pecho con su espada y, en el mismo movimiento, le cortó la cara a Daniel. La sangre que brotaba de la cara del niño se mezcló con la sangre de su madre que transportaba el filo de la espada. En ese momento se produjo un pacto, uno que lo acompañaría por siempre. No era su hijo de sangre, pero ese ritual produjo una unión mucho más profunda que la anterior. Quizá sea por eso que jamás olvidó la frase final de su madre, mientras el soldado descubría al niño debajo del cuerpo de la persona que acababa de matar y lo levantaba con curiosidad.
“Nunca olvides”. Dijo, y murió.
Comentarios
Publicar un comentario