XXII

 


Gringa refirió la historia hasta que las lágrimas la sorprendieron impidiéndole continuar. Se descubrió sintiendo nuevamente como propio un dolor ajeno, sufrido por aquel joven al que apenas conocía. 

La mujer no pudo percibir que el horror que relataba recordaba a horrores propios de los integrantes de aquella caravana. Horrores sufridos en diversas épocas, algunos individualmente, otros como pequeña comunidad. 

—La noche se acerca y necesitamos prepararnos —dijo finalmente el anciano con tono amable —Aproveche a descansar, Gringa. Mañana tendremos tiempo de escuchar la naturaleza de la nueva herida de Daniel.

—Nunca relaté una historia tan extensa —dijo la mujer

—Sin embargo, lo has hecho muy bien —respondió el anciano.

—Espero no ser excesiva en el relato.

—Sómos nómades. Contar historias entre viajeros no sólo es tradición, es también necesidad.


Como si alguna de las palabras del anciano escondiera una orden oculta, los tripulantes, que no habían dicho una sola palabra durante todo el relato, se pusieron a trabajar. Gringa no sabía qué pasaría con aquello que todavía restaba por contar. Lo que revelara en el futuro podría significar la muerte o el abandono. 

“Habrá que sobrevivir un día a la vez”, se dijo mientras se recostaba en el reducido pero cómodo espacio que le asignaron para dormir. “Mañana despertaremos, al menos otra vez. Es más de lo que esperaba”.


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