XXIII
El sueño le trajo vívidamente su pasado de niña en la periferia, pasado del que sólo conservaba fragmentos mientras estaba despierta. En esas condiciones tan particulares (el cuerpo exhausto, el lugar desconocido, el futuro incierto) el sueño la transportó a la infancia como nunca antes lo había hecho. Sintió el amor de su madre por las plantas, un amor tan grande que se lo transmitía con la sola presencia. También el reconocimiento de sus primeras hierbas favoritas.
Recordaba los olores, la tierra abonada por su madre bajo una tela negra que apenas dejaba pasar la luz del sol, para evitar que las plantas murieran.
Recordó el cariño de la gente que acudía a donde vivían para curarse de diferentes males, a través de preparados hechos de esas mismas plantas que cultivaban juntas. Algunas mezclas se hervían y activaban aromas inconfundibles que la gente enferma respiraba; otras, se ingerían naturales o calientes; y otras se aplicaban en la piel.
Su madre, que tenía el raro oficio de sanadora, recibía en agradecimiento comida, objetos u otras plantas que jamás pedía, pero que siempre aceptaba. Gracias a su oficio, tenían una parcela grande de tierra que dedicaban al cultivo, protegida por sus vecinos, además del alimento diario.
Recordó con claridad cuando los guardias las buscaron y su madre se aterrorizó. Nunca la había visto asustada. Escuchó, como aquella vez, el ruido horrible que hizo el enorme portón custodiado al abrirse, y lloró otra vez mientras su madre peleaba con enormes guardias hasta que, finalmente, la dejaron ingresar junto a ella y el llanto de ambas cesó.
Adentro, las plantas crecían ordenadas, el agua jamás les faltaba y su madre comenzó a dirigir a otras personas. Su hogar era más amable, pero el trabajo era mucho. Repasó las primeras lecciones que rápidamente aprendió y así se convirtió en su asistente.
Vivir rodeada de plantas, cuidarlas, olerlas, era lo más parecido a la felicidad que conoció. A diferencia de la periferia, donde la escasez de agua producía un número muy reducido de especies, en este lugar la variedad se le presentaba como infinita.
Los recuerdos posteriores estaban mucho más presentes en su memoria: la muerte de su madre a causa de una enfermedad que ninguna planta pudo curar; la habilidad para sanar, heredada y perfeccionada, que la llevó al segundo anillo y en poco tiempo al primero, en un proceso de ascenso social inédito en el Domo; la felicidad ante cada nuevo anillo que le presentaba un mundo más bello y confortable, con un agua cada vez más clara.
Recuerda, tanto dormida como despierta, al hermoso guardia con quien se asoció para tener a su hija, Cala. También recuerda la partida de su asociado en una búsqueda demente, que lo devolvió con una enfermedad para la que no había cura: una enfermedad que se llevó parte de su mente y su corazón.
Escucha con facilidad el ruido de apertura de la puerta del nivel central, que trajo la esperanza de un futuro dorado para su hija, fruto del sacrificio de su asociado. Finalmente, se vio a sí misma ahora, en esa cueva, realizando el sacrificio para garantizar ese futuro. Bien valía la pena.
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