XXIV

 


Despertar en ese lugar era extraño porque no había referencias claras acerca del día y la noche. Gringa tuvo que acercarse a una de las aberturas exteriores para descubrir que afuera el sol estaba alto y el viento seguía arreciando. Seguramente había dormido mucho.

Fue la última del grupo en conectar con la realidad. Encontró al resto encargándose de actividades como la cocina y la vigilancia. Todos, excepto el gigante, que estaba realizando una actividad tan extraña que la obligó a observarlo durante un largo tiempo. De unas cajas sacaba tablas de madera del tamaño de una pequeña ventana y las iba desplegando en el piso. Al acercarse un poco, observó que todas estaban pintadas y relacionadas entre sí. Una vez que terminó de ordenarlas, el resultado fue una especie de gran dibujo que ocupaba varios metros. Sobre la esquina inferior derecha del mismo, el Gigante colocó una tabla sin dibujos y, siguiendo la lógica de las tablas adyacentes, comenzó a pintar la continuación de la imagen.

Apenas comenzó, el anciano se sentó a su lado y acompañó con la mirada los primeros trazos. Hablaban en voz muy baja. El gigante asintió y el anciano rió de buena gana. Gringa no pudo escuchar una palabra de lo que dijeron. 

A pesar de la charla, ambos se concentraban en el trabajo sobre la superficie desplegada. Resultaba casi divertido observar a una persona tan grande, de modales rústicos y anatomía de batalla, esforzándose por encontrar la postura corporal adecuada para poder encarar el trabajo con la pintura. Sin embargo, bajo la torpeza se evidenciaba cierto método, o más bien cierta práctica. Como si ese ejercicio no fuese nuevo, aunque tampoco practicado desde siempre.

La curiosidad la hizo olvidar su situación de desconocida para acercarse a observar el trabajo del gigante. Lo que descubrió la dejó con la boca abierta. Pequeños detalles conformaban una especie de gran paisaje en donde abundaban los colores. Tres cuartas partes del mapa aparecían pintados al detalle, mientras que el resto estaba apenas comenzado. Justamente en ese espacio se encontraba trabajando el hombre, con una precisión y delicadeza que la asombraron. En esa posición, realizando esa actividad, el gigante proyectaba un aire casi de dulzura.

No supo cuánto tiempo estuvo de pie, apoyada sobre la pared para no ser descubierta, observando al hombre avanzar en el dibujo. El proceso le resultaba hipnótico.

El anciano se fue, dejando al enorme guerrero hacer. Gringa no le quitaba los ojos de encima a la labor. Perdió de vista al anciano. Su consulta la sorprendió, más por el asombro de descubrirlo a su lado que por la naturaleza de su interpelación.

—¿Qué ve cuando lo ve? — Le preguntó, mirando al gigante.

Luego de unos instantes de pensarlo, Gringa respondió:

—Mi madre solía decirme que las personas estamos hechas para una labor. Nosotras estábamos hechas para sembrar y curar, otras para gobernar, otras para pelear. Nuestro cuerpo, sensibilidad y nuestras vidas nos forjan para hacer esa labor. Según ella, más que aprender aquello que hacemos, debemos recordarlo. En este caso, veo a una persona realizando con maestría una tarea para la que necesita olvidarse de sí mismo.

El anciano quedó en silencio, inmóvil a su lado, meditando las palabras del joven.

—Interesante. Evidentemente sus ojos son profundos.

—Reconozco la posición en la que se encuentra ese hombre respecto a la naturaleza y a su propia historia.

—El hombre a quien observa se llama Laszlo. Creció en una horda, un grupo humano que encontró la posibilidad de subsistencia en su reducción al instinto. Se trataba de personas casi sin códigos que los emparentasen con la humanidad; los débiles morían con facilidad y no había nada parecido a la piedad o a la tristeza en sus actos. El agrupamiento sólo se sostenía por su funcionalidad, quizá como el nuestro, pero a un nivel mucho más elemental: cazaban, saqueaban, mataban, procreaban. En épocas de sequía o falta de alimento, su número disminuía a causa de la muerte, muchas veces en manos de sus propios integrantes. En tiempos de abundancia, perdonaban la vida de aquellos que les resultaran útiles, quienes muchas veces no estaban preparados para sobrevivir en esas condiciones y morían, ya sea por el hambre, la sed, una daga o la desesperación que los llevaba a quitarse la vida. 

Incluso habían perdido prácticamente el lenguaje, que se redujo con las generaciones a las interacciones propias de la guerra, el comercio interno y funciones fisiológicas elementales. Encontrará que habla muy poco, sobre todo porque le cuestan las abstracciones.

—¿Cómo un hombre de esta naturaleza aprendió un trabajo tan delicado?.

—Es una larga historia de la que no puedo entender la totalidad de los hechos. A partir de lo que Laszlo pudo narrar, deduzco que decidió evitar que se deshicieran de una mujer que retrasaba el paso de su horda. Esta decisión fue totalmente inexplicable para su grupo e incluso para él mismo. La resistencia de Laszlo fue tal que del grupo solo quedó un puñado de personas. Muchos fueron muertos bajo su brazo. La mujer, sin embargo, murió. 

Laszlo se mantuvo con vida aunque malherido, imagino que motivado por el deseo de acabar con los sobrevivientes. Nuestra presencia en su vida evitó que las heridas terminaran por matarlo. Cuando lo encontramos no podía cazar ni buscar agua, por eso aceptó lo que le ofrecimos.

—Otro malherido al que salvaron.

—Cómo ya le expliqué, no es la bondad la que nos motiva. En el caso de Laszlo, vimos los cadáveres que había dejado en el camino y nos pareció de fundamental importancia tenerlo con nosotros. En ese entonces, veníamos de un enfrentamiento que había dejado bajas sensibles.

El caso es que Laszlo no tenía confianza en nosotros. Aceptó nuestra ayuda para evitar la muerte, pero se mantenía a distancia de nuestro grupo. Apenas le acercábamos comida y agua. Él se negó a viajar en el Artefacto y a comer a nuestro lado. Pero cuando comenzábamos la marcha y lo perdíamos de vista, sabíamos que en unas horas estaría nuevamente con nosotros. Debatimos en más de una oportunidad qué hacer con él, creímos que nunca sería funcional para nuestro grupo, pero al mismo tiempo nos seguía, lo que constituía un problema.

Un día entendimos que se encontraba completamente recuperado. Pensamos que se iría o intentaría atacarnos. El honor o el agradecimiento eran ajenos a su naturaleza. Sin embargo, algo lo deslumbró al punto de olvidar todo lo demás. Me encontró elaborando el mapa, es decir, haciendo el trabajo que ahora él mismo está realizando. No podría describir con claridad las emociones que expresó el rostro de Laszlo cuando, al acercarse más de la cuenta durante una parada, lo vio por primera vez. Creo que él tampoco podría hacerlo, al menos en aquel momento. 

Con gestos lo invité a acercarse y aceptó, sin separar su mano derecha de la empuñadura de su espada. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, fijó su atención en el dibujo que estaba realizando en ese momento y reconoció en él la traducción al dibujo del pequeño bosque en el que nos encontrábamos en ese momento. Su asombro sobrepasó todo lo que había conocido: tuvo una revelación.

Es muy difícil encontrar buenos soportes para continuar con el mapa; estos deben cumplir condiciones para poder ser pintados en su superficie. Sin embargo, tuve el impulso de acercarle uno de los cuadros para que pudiera pintar. Del mismo modo, le acerqué las pinturas y una de las varas que utilizamos para realizar los dibujos.. Las miró sin tocarlas, sólo me miraba a mí con la mano en su arma. Continué con mi trabajo  muy lentamente hasta que, finalmente, comenzó a imitarme. Evidentemente, jamás había realizado un trabajo semejante, quizá ningún otro que implicara ese nivel de delicadeza y detalle. Parecían sobrarle partes del cuerpo para alcanzar el objetivo. Sin embargo, la fascinación lo obligaba a esforzarse.

Cuando al día siguiente me levanté para disponerme a continuar con el trabajo antes de seguir el viaje, lo encontré aún sentado, finalizando el cuadro que le había cedido. Prácticamente había pintado la totalidad, imitando lo que yo había realizado y completando lo que aún restaba por terminar. Para ser una persona con esa estructura, con esa vida, con esas habilidades, el cuadro constituyó una de las obras más extraordinarias que yo haya visto. Lo que siguió fue darle más cuadros y comenzar a trabajar a su lado. Se volvió un verdadero prodigio de la cartografía y parte de nuestro grupo.

—Le salvaron la vida.

—No creemos en eso. En todo caso, nos salvamos entre nosotros. Es el guerrero más feroz que hayamos visto. Su conocimiento del terreno, su falta de piedad, su técnica al pelear, son una enorme ventaja para nosotros. Además, es un cazador extraordinario. Somos comunidad porque nos necesitamos y beneficiamos mutuamente. Sin ir más lejos, Laszlo le preguntó si conocían el arte de la escritura. Ahora quizá pueda entender nuestro interés, que está relacionado directamente con la cartografía.

—¿Qué significa esa palabra, cartografía?

—El arte de la confección de mapas.

—¿Y de qué manera podemos colaborar con su cartografía desde nuestros conocimientos sobre escribir, cuando los mapas se tratan de dibujar?

—Se lo explicaremos a Daniel en detalle una vez que despierte. De su habilidad dependerá su continuidad en esta pequeña comunidad. A propósito ¿cuánto falta para que despierte?.

—Creo que el momento crítico ya pasó. Su juventud es lo que lo salvó de una muerte segura. En la mañana comenzaré a despertarlo, aunque sea por breves lapsos de tiempo. El sueño inducido por mucho tiempo puede convertirse en definitivo.

—Mientras tanto, podría explicarme por qué un niño tan intensamente buscado se transformó en un adulto perseguido con tal ferocidad.

—Es una larga historia.

—Tenemos una noche antes de que despierte a Daniel. La historia será una buena forma de acortar la espera. Pero esperemos a que el grupo se reúna para comer, todos se mostraron interesados en el relato de la noche anterior.

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