XXIX
Una de las decisiones de Diana que Daniel no pudo anticipar fue el nombrarlo sucesor en la Gestoría General del Domo cuando apenas tenía 23 años. Al principio, le pareció que la Gestora había perdido la cordura con una decisión tan intempestiva que recordaba aquella otra que derivó en la masacre.
Pero, como todas las decisiones de Diana, aún las que en apariencia resultaban más irracionales, también esta era hija de su enorme astucia. Desde el regreso de Daniel al Domo, todos los esfuerzos de la Gestora se orientaron a restablecer la armonía perdida. Si bien lo consiguió en el nivel central y en el tercer anillo, los dos sectores restantes se resistían a vivir como si nada hubiera ocurrido. Con los años, María entendió que, mientras ella siguiera al frente del Domo, esa armonía no se recuperaría. Además, sabía que se trataba de los dos sectores más poderosos de la sociedad. Una rebelión a gran escala sería catastrófica para el centro.
En ese entramado aparecía Daniel: el niño que había sido la causa del problema podía convertirse en la solución. De joven había vivido la infancia más terrible que el Domo pudiera imaginar, en medio del desierto de la barbarie, y había sobrevivido. La cicatriz que marcaba su rostro era una prueba de ello y estaba a la vista de todos. La cicatriz en sí misma representaba un recuerdo y Diana, contra todo pronóstico, se decidió a utilizarlo.
El nivel central, longevo y sin víctimas por la invasión, estaba totalmente desacreditado. En cambio, la imagen de un joven con un pasado como el de Daniel representaba algo distinto: su rapto inicial, la infancia en la barbarie y la herida sufrida en la misma batalla en que tantos asociados perdieron la vida lo acercaban a la gente de los anillos rebeldes. Al mismo tiempo, la docilidad que siempre demostró frente a quienes ejercían la autoridad lo convertían en el mejor puente entre los sectores en pugna.
Desde que Diana tomó la decisión, se puso en marcha una doble operación que se extendió durante años. Se propuso, por un lado, instalar la idea dentro del consejo de asesores y, al mismo tiempo, comenzó a sembrarla en Daniel. La instrucción en asuntos de la gestión, el contacto con las autoridades y los problemas del Domo se volvieron tópicos frecuentes en las conversaciones con él. Diana esperaba que esa proyección a futuro fuera un remedio efectivo para alejarlo del pasado. De a poco, y sin saberlo, Daniel se iba preparando para convertirse en el próximo Gestor General.
La gestora sabía que su decisión sería cuestionada y que su posición se volvería frágil. Sin embargo, comprendía que esto resolvería el problema del Domo y, al mismo tiempo, la mantendría en el poder. El joven Daniel, dócil e inexperto en cuestiones de gestión, tendría en ella una referencia absoluta para la toma de decisiones, lo que le permitiría gobernar de hecho a través de su hijo.
Otro punto fundamental con el que contaba Diana era el fuerte lazo que unía al joven con Felicidad. Tal vez, la única persona con la que Daniel se sintió plenamente en casa. Desde su regreso al Domo se volvieron inseparables. Fue ella, más que la Gestora, quien lo integró a la sociedad, encontrando en él fortalezas donde otros sólo veían debilidades.
Felicidad creció cumpliendo todas las expectativas de su comunidad y su círculo. Era brillante en cada ámbito en el que se desempeñaba, sin jamás hacer alarde de ello. Esa excelencia ayudó a la integración de Daniel, quien, a pesar de considerarse siempre diferente, encontró el aval de todos en la presencia de su hermana mayor. La gente se esforzaba por vencer la sospecha, borrar las diferencias y olvidar el pasado para congraciarse con Felicidad y sus padres.
Nadie supo el contenido de las charlas entre Daniel y Felicidad, quienes, a pesar de las actividades y los constantes requerimientos de la sociedad, encontraban tiempo para conversar, a solas, durante largas horas. Diana favorecía estos encuentros con la convicción de que el lazo que forjaban los beneficiaría frente a los asesores. Estaban destinados a participar en las decisiones trascendentales de la Sociedad, por lo que no perdía oportunidad para transmitirles su mirada acerca de la política y el poder, segura de que Felicidad absorbía todo como una esponja y de que Daniel estaba completamente influido por su hermana mayor. Así, garantizaba una continuidad en el funcionamiento del Domo que trascendería incluso el momento en que ella debiera abonar la tierra.
Pero ni la mente más despierta puede anticipar todos los acontecimientos. En este caso, la Gestora no pudo prever que la influencia entre los hermanos no sería unidireccional, sino dialéctica, ni que el pasado de Daniel tuviera tanta fuerza en su presente. Cuando el pequeño sintió absoluta confianza en Felicidad, comenzó a contarle historias de su antiguo hogar. Daniel y sus historias inmediatamente cautivaron a Alegría. La posibilidad de pensar otro mundo fuera del Domo con una comunidad organizada de manera tan diferente a la suya y que, a pesar de tantas adversidades. había podido desarrollarse de forma tan compleja, la llevaron a pensar en otras formas de organización posible dentro de su propia sociedad, capaces de resolver los problemas de la mayoría. La idea de un mundo sin anillos separados en el que los consejos fueran mucho más amplios e incluyeran las palabras de todos se introdujo en su cabeza con una fuerza inevitable.
Cuando fueron algo más grandes y la confianza que Daniel sentía por su hermana se volvió inquebrantable, se atrevió a contarle acerca del agua robada, la masacre inicial del manantial y la masacre final, aquella que su cicatriz gritaba en el rostro de cada uno de los responsables. No pudo evitar llorar al recordarlo, tras años de no permitirse hacerlo.
La revelación del pasado de su sociedad cambió la vida de Felicidad. Todas las bases sobre las que se fundaba su vida cotidiana en relación con el bien, el mal y lo correcto se tambalearon de repente. Estaba segura de que Daniel decía la verdad, lo que implicaba que todos los demás mentían o callaban.
Día tras día, Felicidad le pedía a Daniel que recordara. Que recordara cada detalle, cada sensación, y que se lo contara. Quería que él recordara para que su historia no se perdiera. Quería multiplicar los oyentes del relato.
Al principio hicieron un pacto: cuando crecieran y ocuparan los espacios de poder que en ese momento pertenecían a los mayores, jamás harían nada que perjudicara a otras personas. Con el tiempo, el pacto se amplió: Cuando fueran grandes, cambiarían la organización del Domo y le devolverían a todas las personas el agua que cruelmente hoy acaparaban. Para referirse a sus planes, recuperaron una palabra prácticamente olvidada por falta de uso: revolución.
Ese proyecto le dio sentido a los esfuerzos de Daniel por adaptarse a la sociedad. Debía ocupar el lugar de privilegio que estaba destinado para él.
Luego de la conversación con Cala, Daniel conversó con Felicidad sobre su hallazgo. ¿Quién sabía cuántos asociados estarían en la situación de Torres, atados a un pasado que no podían olvidar? ¿Y cuántas en la posición de su hija, presa de una curiosidad tan grande por la historia censurada que se atrevían a arriesgar su vida para conocer la verdad?
Concluyeron que, al vivir aislados en el centro, les resultaba imposible saber qué sucedía en los diferentes anillos. Pero Cala tenía la posibilidad de habitar al menos dos mundos, y esto la convertía en una persona mucho más valiosa de lo que ella misma podía imaginar. El problema era que, si la hacían partícipe, la pondrían en peligro.
Finalmente, la estrategia se impuso al riesgo y, una tarde, cuando Cala aceptó la invitación de Daniel de alejarse del grupo para encontrarse a solas, él y Alegría le contaron las historias. Todas, excepto aquella en la que Torres asesinaba a Alba y dejaba a Daniel marcado para siempre. La indignación, mezclada con el horror que experimentó la joven, abrió el camino para explicarle, a su debido tiempo, el proyecto, que desde entonces sumó una nueva aliada.
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