XXV

 


El fuego proyectaba sombras en las paredes, multiplicando las presencias en la cueva. De alguna manera, así era. Para los circunstanciales refugiados, que ya habían pasado su primera noche rodeados de esas presencias espectrales, la velada fue un poco menos inquietante. O, al menos, lo suficiente como para que la totalidad del grupo interrumpiera la guardia y se acercara al fuego para escuchar la segunda parte de la historia que Gringa había comenzado la noche anterior.

Las voces, al igual que las sombras, se multiplicaban hasta límites difusos. El grupo era reducido, pero el lugar parecía albergar multitudes

Alrededor de la fogata, luego de comer, se generó un silencio no solicitado. Era la solicitud de proseguir con la historia. Gringa, comprendiendo la atmósfera, tomó la palabra:

—El anciano me solicitó que explicara las razones de nuestra huida del Domo. Intentaré hacerlo del modo más sincero posible, con la esperanza de que, luego de refererirlas, no decidan deshacerse de nosotros entregándonos a aquellos asesinos.

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