XXVI
Años después del ataque a este lugar, el niño se hizo hombre sin olvidar jamás el pedido final de Alba: no olvidar. De la masacre ocurrida en estas cuevas volvieron al Domo apenas 350 personas, convertidas en sobrevivientes del infierno que ellas mismas habían creado; asesinas de un pueblo entero y, junto a ellas, un niño herido.
A diferencia del niño, los sobrevivientes se propusieron el olvido por mandato del centro y por la desesperada necesidad de superar el horror. Se idearon estrategias, ejercicios mentales, intervenciones sobre conversaciones públicas, censuras. Se trabajó mucho con ellos. Daniel integraba ese grupo, el único niño, el único inocente.
Para el Centro, las técnicas de olvido constituían un proceso progresivo que ya habían implementado con éxito en la antigüedad. Pero ese procedimiento sólo podía funcionar con quienes no habían protagonizado el horror, con aquellos que no tenían impregnado el olor de los cuerpos vivos ardiendo en llamas. Para los protagonistas del horror sólo quedaba disimular: imponerse la autocensura con la esperanza de que el resto de la Sociedad no advirtiera que los gritos de los muertos retumbando en sus cabezas no les permitían otra cosa más que recordar.
Toda la estructura social se alteró por causa de las vacantes que dejaron las 650 muertes. Muchos de los sobrevivientes se trasladaron a un anillo de mayor privilegio. Despertar en un nuevo lugar, mejor, cada día, les recordaba, inevitablemente lo que habían hecho para estar allí.
Al mismo tiempo, las puertas de la periferia se abrieron por primera vez para seleccionar 350 perfiles. Quienes ingresaron al tercer anillo no supieron inicialmente por qué ocurría este evento, pero las consecuencias de la batalla pronto fueron un secreto a voces.
Semejante movimiento en toda la estructura social del Domo volvía imposible el olvido, al menos en el corto plazo. La naturalización de las nuevas posiciones sociales, junto con la censura y el silencio, garantizaría que la próxima generación olvidara. Pero quienes habían sido contemporáneos al evento lo llevaban tatuado en el alma.
Una de las estrategias consistió en no regresar jamás a las cuevas ni hablar de ellas, al menos públicamente. Pero esta estrategia, como tantas otras, estaba destinada al fracaso. El lugar seguía ahí, esquivo a la vista pero claro en sus mentes.
No hubo felicitaciones para quienes lucharon, porque eso implicaba recordar. Sólo mejores condiciones de vida que, de algún modo, funcionaron como una forma de agradecimiento.
Las personas allegadas a los muertos, a pesar del esfuerzo oficial, lloraban por ellos y no olvidaban. No era rebeldía: simplemente no podían no hacerlo.
Este nuevo estado colectivo provocó que la relación entre los anillos del Domo se volviera tensa. Ya no imperaba la confianza en el centro, sino la sospecha de caprichos, autoritarismo y locura. La seguridad, que antes era testimonial por innecesaria, se volvió más atenta y estricta.
La única puerta que no se había abierto durante todo este proceso era la del centro. No había sido necesario porque ningún integrante de ese sector murió en el enfrentamiento. Más allá de aquella incursión de Diana en la periferia en busca de información, ni siquiera habían atravesado los muros durante todo ese tiempo.
Este hecho no era ajeno para el resto de los habitantes del Domo, especialmente para quienes vivían en el primer anillo. El malestar se volvía cada vez más evidente. Fue en ese clima de reciente desconfianza cuando comenzaron a hacer cuentas y, con ellas, sumaron una nueva sospecha: mientras que todos en el Domo debían, por ley, acceder al sueño definitivo al cumplir los 60 años, en el centro esto no ocurría.
Y tenían razón, en el centro siempre encontraban una excusa para postergar el sueño definitivo de cada asociado. Generalmente se aducía la imposibilidad de hallar un perfil para ocupar su lugar. De este modo, el centro comenzó a tener una sobrevida mayor que la de los anillos.
Paralelamente, muchos de los sobrevivientes del ataque comenzaron a solicitar el sueño definitivo antes de cumplir los 60 años. Ni la felicidad, ni la tranquilidad, ni la nueva situación social eran suficientes para olvidar aquel horror. En principio, Diana y los asesores se negaron, convencidos de que se trataba de una fase de falta de entusiasmo y motivación que podía superarse con el tiempo mediante los procedimientos adecuados. Sin embargo, al escuchar la negativa, los sobrevivientes interesados comenzaron a quitarse la vida, una decisión totalmente extraña en cualquier anillo del Domo. Frente a esta situación, los asesores acordaron con Diana revisar la situación y concluyeron que, a menos protagonistas del evento, menos asociados para recordar. Así, habilitaron los permisos para que los 103 interesados accedieran con anticipación al sueño definitivo. Este número frío no es más que la abstracción que representa a cada asociado incapaz de continuar con su vida luego de la masacre. Ellos se sumaron a los 35 suicidios previos a la aprobación.
El clima en el Domo cambió de manera drástica luego de la aprobación. La seguridad se vio obligada a intervenir de forma violenta sobre individuos y grupos enteros. No sólo los anillos, sino desde el mismo centro comenzaron a dudar de la capacidad de liderazgo de la Gestora General. La atmósfera en toda la sociedad se enrareció y, por primera vez, el riesgo de colapso se presentó con claridad.
Pero Diana siempre había sido una mujer muy inteligente, quizá la más inteligente del Domo, de no ser por el arrebato de locura que ocasionó la crisis. Entendió la fragilidad de su situación y, lejos de amedrentarse, diseñó estrategias para reforzar su posición. Consiguió la lealtad de los asociados del centro proponiéndoles la sobrevida. Primero lo insinuó de manera general durante los baños. Amparada en la inédita inestabilidad que vivía el Domo, sostenía que los asociados actuales del nivel central no debían ser reemplazados, pues su experiencia en la gestión de dificultades previas era la mejor preparación para hacer frente aquella, quizá la más grave de todas. Podrían haberle reprochado que la crisis actual era producto de su capricho y que fue advertida durante años de que la campaña resultaba una locura. Sin embargo, la propuesta de sobrevida era tan tentadora para los asociados que cualquier reclamo fue silenciado.
Esta estrategia fue acompañada con entrevistas individuales a cada asociado próximo a cumplir la edad del sueño definitivo. En esas reuniones, Diana les hacía sentir su gratitud y los señalaba como imprescindibles. Así, las dudas fueron disipadas en el nivel central.
Recuperar el control de los anillos resultó mucho más complejo. Cada sector tenía sus particularidades y requería una intervención especial. El tercer anillo quedó constituído casi en su totalidad por los perfiles seleccionados en la periferia. Cruzar el muro significó un salto incalculable en su calidad de vida, un anhelo largamente esperado por generaciones. Sorpresivamente, vieron cumplido el sueño de sus ancestros.
Diana supo desde el comienzo que esto pasaría. Su incursión a la periferia en busca de información sobre Daniel le había permitido conocer la realidad más allá del último muro. Por eso se presentó en persona frente a ellos, una vez que estuvieron instalados en su nuevo hogar. El evento fue cuidadosamente preparado: todas las personas del anillo debían asistir y escuchar. No era una tarea fácil, pues jamás se había hablado ante un auditorio tan grande. El único sector acostumbrado a los discursos era el centro. Allí existían lugares cuya acústica permitía que todos escucharan. Pero eran menos y existía una arquitectura favorable. En este caso, la multitud debería guardar total silencio y Diana debía encontrar la manera de amplificar su voz.
A favor de la Gestora, contaba con un público inicialmente agradecido, fácil de convencer luego de tan radical cambio en sus vidas. Al volver, Diana traía consigo la lealtad y la gratitud de todo ese sector.
Con los dos anillos restantes la estrategia resultó menos efectiva. La mayoría de los asociados que los integraban habían accedido, al igual que en el tercer anillo, a una movilidad ascendente producto de las vacantes generadas por las muertes o por su participación en la masacre. Diana también se dirigió a ellos en persona, utilizando la nueva posición social como recurso para recuperar la lealtad. Sin embargo, la situación en estos sectores era muy diferente. Todos conocían a alguien que había muerto en batalla, que se había quitado la vida, que había decidido adelantar el sueño definitivo, o que había sobrevivido. Frente a estas historias que atravesaban al segundo y al tercer anillo, ningún discurso podía resultar convincente.
Las palabras de la Gestora se escucharon en silencio pero con desconfianza y, en algunos casos, con un odio apenas disimulado. Nadie quería escuchar una sola palabra de la responsable de tanto horror. Y Diana lo sabía.
Sabía también que muchos de los asociados del primer y segundo anillo integraban la guardia encargada de proteger los muros, lo que representaba un riesgo latente. Para mantenerlos bajo control, la Gestora dispuso que los guardias muertos fueran reemplazados con perfiles del tercer anillo. De esta manera, se aseguró durante años de contar con un porcentaje de guardias fieles, capaces de desmantelar cualquier conspiración.
Lo que logró fue, entonces, una tensa paz, sostenida por discursos acallados, rumores subterráneos y dolores apenas disimulados. Cualquier paso en falso en la gestión sería la llama que origine el incendio en el primer y segundo anillo. El contraste entre el centro, que no había perdido una sola vida durante los años de la masacre, y los dos anillos, integrados por asociados que habían sido víctimas de ese proceso, era muy grande y no sería olvidado. Pero Diana ya tenía una solución, aunque requería tiempo.
Comentarios
Publicar un comentario