XXVII

 


Diana organizó, al mismo tiempo, las operaciones de pacificación del Domo y la reincorporación de Daniel. Cuando el niño volvió de la mano del líder de la guardia, a quien llamaban Torres, la Gestora lo ascendió inmediatamente al primer anillo y le encomendó la custodia del pequeño.

Daniel volvió silencioso y desconfiado, cargado de recuerdos del horror. Trataba de entender: todas las personas que él conocía habían sido asesinadas, pero él había sido rescatado. Sus captores, artífices del horror, lo protegieron en lugar de matarlo. No entendió esta contradicción. Tampoco entendió cuando le presentaron a Diana, una mujer que decía ser una madre, aunque en ese lugar “madre” se decía de otra manera. Lloraba y lo abrazaba mientras otros aplaudían. 

Daniel no habló durante mucho tiempo. Meses, quizá. Se llegó a pensar que había perdido el habla de manera definitiva. Los maestros del Domo y los sanadores lo rodeaban hacia donde fuera, siempre bajo la vigilancia de Torres. Le explicaban cada día que la clave de la felicidad era el vivir el presente, y que para eso debía olvidar. Sobre él se aplicaron todos los métodos conocidos para lograr el objetivo, empezando por dejar de hablar del tema para siempre. 

Durante el ataque, el rostro de Daniel fue curado de manera precaria, con los recursos limitados por las circunstancias. Esta situación no mejoró hasta que el grupo de sobrevivientes volvió al Domo, varios días después. La cicatriz se hizo, entonces, evidente e irreparable. Torres explicó que la herida había sido provocada por los mismos bárbaros, y no por él en el mismo golpe y con el mismo filo con el que había asesinado a quien el niño creía que era su madre.

La lectura era importante, al igual que los ejercicios de meditación y los baños en el estanque. Sin embargo, los sanadores escondían una sospecha compartida: temían que lo traumático de la situación vivida sería recordado una y otra vez por el niño cada vez que se mirara en el espejo. La cicatriz era un recuerdo inevitable. El miedo a enfrentarse a la ira de Diana los llevó a practicar métodos cada vez más extremos. 

Daniel se mantuvo en silencio todo el tiempo que pudo, pero comenzó a temer que los métodos de los que hablaban realmente dieran resultado y le impidieran cumplir con la promesa realizada a su madre, Alba, la verdadera. Cada noche se imponía la tarea de recordarlo todo: los olores, los colores, las costumbres… pero siempre volvía a Alba. Sabía que nunca la olvidaría. Con el tiempo, cambió la táctica: comenzó a fingir. De esta manera, los métodos cesarían, o al menos disminuirían la intensidad y así podría cumplir su promesa mientras viviera.

Lo primero que hizo fue comenzar a hablar. Esto alegró profundamente a su entorno, que interpretó este gesto como un síntoma de mejoría. Nunca le preguntaron acerca de su pasado. Le preguntaban si le gustaba esto o lo otro, si entendía lo que se le explicaba, si se encontraba feliz, motivado, etc. Con respecto a la felicidad, Daniel no podía fingir, por lo que ideó una respuesta que resultó satisfactoria a los ojos de sus captores: “por el momento no. Me hace falta tiempo”. Esto era algo que agradaría a sus maestros y le daría tranquilidad por un tiempo.

Paulatinamente se fue integrando al grupo de niños que vivían en el nivel central como él, quienes lo miraban con atención y cierta sospecha, como si quisieran hacerle todo el tiempo preguntas que estaban prohibidas. A los ojos de los demás, era el raro, el del pasado bárbaro grabado en el rostro. 

Durante los primeros años, además de la cicatriz, el pelo también representaba una diferencia evidente. Las largas cabelleras de los habitantes del centro contrastaban con el cabello corto de Daniel, poco habituado al contacto cotidiano con el agua. También la vestimenta resultaba problemática: las prendas claras y pulcras del Domo, en su cuerpo, se desgastaban pronto debido a los hábitos de caverna. Con el tiempo, estas diferencias se fueron atenuando hasta desaparecer. Sin embargo, aún quedaba la cicatriz: una marca indeleble que lo distinguía, señal de su singularidad y recuerdo constante de un pasado ajeno y prohibido.

En esos términos creció, recordando por las noches lo que debía olvidar en el día, recordando de día lo que intentaban borrarle durante el sueño. La cicatriz, que en el centro del Domo tenía un efecto negativo como cualquier imperfección en la piel, se convirtió para él en la clave de su memoria, la ayuda para no olvidar la masacre. Con el tiempo fue olvidando detalles, rostros y geografías, pero jamás el dolor. El odio se multiplicó cuando descubrió que, poco a poco, el rostro de Alba comenzaba a borrarse de su mente. Aunque se obligaba a recordar la canción que ella siempre le cantaba, escuchaba su propia voz en lugar de la voz de su madre, que se desvanecía hasta perderse en el olvido del tiempo.

La única persona del Domo que, sin saberlo, lo ayudaba a mantener la cordura era Felicidad. La hermana mayor de Daniel lo acompañó en todo el proceso de adaptación de manera desinteresada. No encontraba en sus ojos el miedo ni el rechazo apenas disimulado que percibía en los demás, ni tampoco esa mirada indescifrable de Diana. En Felicidad había cariño sincero. El esfuerzo por ayudarlo a vivir una vida normal en el Domo fue tan grande que Daniel se obligaba a sostener la farsa sólo para no fallarle a ella. Con el tiempo, ambos se volvieron inseparables.

Tras años de intentarlo, mientras perdía más y más recuerdos de su vida en la comunidad, sintió que el esfuerzo era inútil. Se cansó de no pertenecer, de las miradas esquivas y de la constante actuación. Decidió que no podía vivir así y se dejó guiar: se dedicó a olvidar, a ser el mejor estudiante y a creer en aquello que sostenía el Domo. Quiso ser merecedor del cariño de Diana y, cuando pensó que finalmente lo estaba logrando, un hecho volvió a cambiar todo.

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