XXVIII
Daniel descubrió que una chica de su edad, Cala, era hija del hombre que se había convertido en líder de la seguridad del Domo tras el ataque. Aunque vivían en el primer anillo, ella era la única con potestad para acceder a la educación del nivel central, a la que asistía diariamente junto con su padre, al que llamaban Torres.
Torres era el ser viviente que Daniel más odiaba: asesino de su madre, responsable de la cicatriz en su rostro y su custodio personal durante la vigilia. Era un obstáculo viviente y cotidiano que le impedía olvidar el pasado. Soñaba cada día con el momento en que tuviera la edad suficiente para matarlo y vengar a su madre y a tantas otras víctimas.
La imagen que emanaba de ese hombre no era de terror ni de crueldad: era apenas un fantasma. Quizá como a ninguno en el Domo, el recuerdo de lo que había hecho aquella jornada infausta lo atormentaba.
La cercanía de Torres con Daniel hizo inevitable la relación del joven con Cala. Era inteligente, amable y hermosa. Al principio, Daniel intentó alejarse de ella: sentía que su proximidad era una traición hacia los suyos. Su padre y quienes lo acompañaron habían asesinado a demasiadas jóvenes de la edad de Cala como para ignorar ese antecedente. Su posición social y su educación privilegiada se erigían sobre los cadáveres de la comunidad.
Una tarde, Cala se las arregló para acercarse a Daniel cuando se encontraba solo, a suficiente distancia de los demás como para preguntarle sobre su infancia. Tanto Daniel como Cala sabían que esos temas no debían tocarse, que esas preguntas no debían hacerse. Daniel se lo recordó, como una forma de evadir la respuesta, aunque en el fondo se sintió gratamente sorprendido al escuchar, después de años, una alusión al tema proveniente de alguien externo, es decir, desde fuera de su propia mente.
Cala, repentinamente atemorizada por la severidad de las sanciones que podrían recibir sus acciones, se vio obligada a justificar su pregunta. Entre balbuceos, explicó que recordaba un recuerdo que no era suyo: algo que no había vivido, sino que había escuchado en su casa. O tal vez no era exactamente eso; se trataba, más bien, de la presencia silenciosa y constante de un recuerdo que su padre no podía olvidar. Lo único que recordaba por sí misma era una discusión desatada en su hogar, una que no debía haber escuchado, iniciada cuando Torres le comunicó a su asociada su decisión de acceder tempranamente al sueño definitivo, como muchos de sus compañeros.
Aunque era muy pequeña para entender a qué se refería su padre con aquel término, la reacción de su madre frente a la idea, la discusión que generó, fijaron el recuerdo en su mente. Con el tiempo, cuando se enteró de lo que se trataba, todo el recuerdo se resignificó. Durante la discusión, Torres confesó que no podía olvidar, por más que lo intentara con todas sus fuerzas, un hecho, una persona, una muerte en particular. Por las noches, esa imagen, esos ojos, volvían una y otra vez en los sueños, obligándolo a permanecer despierto, recordando. Durante el día, la tarea asignada lo obligaba a revivirlo constantemente. Su padre habló de estar maldito, de estar perdiendo la cordura.
Finalmente la madre le pidió a Torres que, si no tenía la capacidad de olvidar, simplemente no hablara del tema. En primer lugar, para no trasladar recuerdos a su hija y, en segundo, porque la razón de su estancia en ese anillo del Domo era resultado de su desempeño en la campaña. Si accedía al sueño definitivo, no sabría cuál sería el efecto de su decisión en la sociedad y, por consiguiente, en el destino de su hija y en el suyo propio. Su asociada buscaba motivos para no perderlo a él; su situación social, para ella, resultaba irrelevante. Quizá prolongar su condena fuera un acto de puro egoísmo. Pero lo cierto es que logró convencerlo.
Con el tiempo, Cala pudo establecer nuevas relaciones entre aquel recuerdo y la sociedad. Si el trabajo de su padre era custodiar a Daniel, significaba que esa asignación, que lo obligaba a recordar aquel hecho traumático, estaba ligada a las circunstancias de la llegada del niño al Domo. Ella era muy pequeña entonces y no recordaba nada de lo sucedido, sólo que un día apareció y que estaba herido y que no hablaba. Se alegró cuando por fin comenzó a hablar, pero las palabras que decía nunca fueron suficientes. Siempre lo consideró misterioso. Amable, pero misterioso. Se animó a acercarse para resolver, finalmente, ese misterio.
Las respuestas de Daniel fueron esquivas, pero no por odio, sino por un repentino deseo de proteger a Cala de las acciones de su padre. En realidad, la pregunta lo ayudó a descubrir algo que marcaría el resto de su vida: comprendió que no estaba solo en su recuerdo, que no era el único que se desesperaba por olvidar y que quizás hubiera muchos más en la misma situación. Los efectos de las técnicas de olvido eran una farsa, al menos en el corto plazo. En el mejor de los casos, al impedir hablar de determinados temas, se evitaba su transmisión a futuras generaciones para que olvidaran con el tiempo. Pero hasta que eso sucediera, por muchos años la memoria de la masacre recorrería el Domo entero como un secreto a voces. Claro que Daniel no podía saber cuánta verdad había en esa intuición.
Con el tiempo cayó en la cuenta de la verdad: el poder central no olvida, no puede hacerlo. Las operaciones destinadas a que la sociedad olvide requieren, precisamente, de su memoria. En el centro, se recuerda. Frente a esto, Daniel se preguntaba de qué manera vivían con ese recuerdo, si representaba una carga incómoda, dolorosa, o un secreto orgullo.
Nunca pudo responder esta pregunta porque nunca pudo descifrar a Diana. Quizás esa sea la causa de nuestra situación actual.
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