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Cuando Diana resolvió proponer a su hijo como el próximo Gestor General, decidió hablar con Felicidad para asegurarse de que esta decisión no generara malestar en su hija. Hermana mayor de Daniel y sobresaliente en cada ámbito en el que se desenvolvía, Felicidad podría tomarse a mal no ser elegida por su madre para ocupar ese cargo. Sin embargo, Diana se tranquilizó al ver cómo su hija escuchaba con una sonrisa de sorpresa cada uno de los argumentos. Aunque solía ser reservada con sus emociones, en este caso la felicidad la desbordaba.
—Es una sabia decisión, madre. Será un excelente gestor, quizás el único que pueda restablecer el orden que tanto necesitamos y de encauzarnos hacia presentes más felices. Además, aquí estaremos nosotras para ayudarlo. En lo que sea necesario, ahí estaré.
—Me alegra oírlo, hija. No lo dudo. No podría hacerlo sin tu ayuda, porque los problemas que nos aquejan son muchos y su figura quizá sea cuestionada por nuestros propios asociados. Nos necesitará a su lado más que nunca.
Diana decidió que fueran ambas quienes se lo comunicaran a Daniel. El asociado de Diana en la concepción del joven no ocupaba un rol destacado en relación con él ni con Felicidad. Su relación se limitaba, tanto en el plano de lo privado como en el social, exclusivamente a Diana. Por eso, ni siquiera consideraron invitarlo a vivir ese momento. Posteriormente sería informado, a fin de iniciar el proceso de instalar la idea y convencer a los asesores para finalmente hacerla realidad.
Cuando Daniel recibió la noticia, no pudo asimilarla. Quedó completamente en blanco, incapaz de incorporar esa información en su mente. Entonces Diana, con la suavidad y la inteligencia que la caracterizaba, comenzó a explicarle los motivos, las potencialidades, a ayudarlo a pensarse como el gestor capaz de unir al Domo.
Sin embargo, no fueron los argumentos de Diana, sino el abrazo de su hermana quien lo ayudó a comprender la oportunidad que se abría ante él. En ese abrazo había un mensaje que la madre no podía decodificar: la activación de sus proyectos, de su pacto. De repente, la posibilidad se presentaba mucho antes de lo esperado y con mayor fuerza. Lo que habían proyectado como un proceso se concretaba de pronto como un salto. Y no estaban dispuestos a desperdiciarlo.
Daniel y Felicidad pasaron sus tardes imaginando el proceso de transformación del Domo. Lo que en principio parecía un simple ejercicio de evasión para ocupar las tardes se fue convirtiendo en un proyecto concreto, que requería de organización y cautela. Era necesario anticipar cada paso con sumo cuidado para asegurar el éxito de la idea. Al principio, pensaron en acercarse a los asesores que consideraban más permeables, con el fin de sumar voluntades que, poco a poco, introdujeran cambios.
Pronto se dieron cuenta de que no había asesores que voluntariamente quisieran perder sus privilegios en función de una idea que implicaba romper los muros que les otorgaban el poder que ostentaban. Concluyeron que el cambio debía producirse desde abajo hacia arriba. Como primer paso, Daniel quería acercar los anillos al centro para desmantelar los prejuicios imperantes.
Para lograrlo, ideó junto a Felicidad un proyecto. El primer gesto para romper estas barreras físicas que garantizaban los altos muros de los círculos sería una ruptura simbólica: invitaría a su asunción como Gestor General a representantes de todos los anillos e, incluso, de la periferia. De este modo, derribaría los mitos que se habían tejido en torno de los muros. Cada representante conocería la realidad de los demás anillos del Domo, mientras que desde el nivel central observarían a esas personas en el mismo lugar y en las mismas condiciones que ellos.
Mientras sus propiedades proyectaban, Diana instalaba con astucia la idea de la Gestión de Daniel. Los conflictos que apenas llegaban como rumores al centro fueron magnificados y difundidos con preocupación por la Gestora. Así, el tema creció con fuerza hasta convertirse, poco a poco, en la mayor preocupación para una sociedad que vivía prácticamente sin sobresaltos. Justamente, la falta de problemas hacía que esta nueva situación los sorprendiera sin respuestas. En ese contexto, Diana parecía ser la única en tener una solución sólida.
Sin embargo, este proyecto reveló un secreto a voces que durante años recorrió el centro del Domo: la mayoría no creía que Daniel fuera realmente uno de ellos. No importaba cuánto se esforzara, su pasado, marcado por la cicatriz de su rostro, señalaba su no pertenencia a ese lugar. Diana argumentaba enérgicamente que esa era, justamente, la principal ventaja, pero esto no generaba la confianza necesaria. Además, la Gestora percibió otro rumor silencioso: tanto los asesores como las personas del centro en general culpaban de los problemas actuales a la incursión irresponsable, catastrófica, contraria a los fundamentos del Domo, emprendida para recuperar a Daniel. Esa acusación recaía sobre ambos: sobre Diana, por haber sido la responsable de esa locura, y sobre Daniel, por ser indirectamente la causa de tanto desorden y muerte.
La Gestora entendió que no sólo su proyecto de sucesión estaba en riesgo, sino también su propio lugar de poder en el Domo. Necesitaba recuperar la confianza de su entorno. Al no encontrar las palabras para conseguirlo, decidió nuevamente pasar al acto. El riesgo era enorme, pero si tenía éxito, la gente terminaría por pedirle de rodillas su ayuda y consejo.
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