XXXI

 


Una noche cualquiera, un hombre se desplazó por el nivel central envuelto en sombras y cubierto por un manto para encontrarse en la puerta del muro con alguien del otro lado, bajo la discreta protección del guardia de seguridad que ya estaba al tanto de la reunión. Esa misma noche, el hombre del primer anillo repitió la operación y habló con alguien del segundo anillo bajo la mirada cómplice de otro guardia; el hombre del segundo habló con alguien del tercero, quien finalmente dejó el Domo con la ayuda del último guardia para llegar a la periferia. Antes del amanecer, tres guardias y tres hombres no identificados habían hecho llevar un mensaje a la periferia, involucrándose, sin saberlo, en un plan riesgoso.

Pocos días después, una mañana cualquiera, a la hora de los baños en el nivel central, un estruendo desconocido interrumpió las conversaciones relajadas de los asesores y la vida displicente de los habitantes. El desconcierto general sobre la causa de aquella explosión se vio desplazado por una imagen aún más aterradora y desconcertante: el asociado que, junto a Diana, había gestado a Daniel, yacía sin vida en la fuente, contaminando el agua con la sangre que emanaba de un orificio en su corazón. El terror se apoderó de la gente, que empezó a huir sin rumbo. 

Junto al cuerpo, sólo permaneció Diana, llorando desgarradoramente junto al cadáver de su asociado, aquel por quien había quebrado reglas, puesto en juego su posición, discutido, enfrentado a todos, y a quien acababa de sacrificar para que su heredero alcanzara el poder. A pesar de haber sido ella quien lo decidió, dolía. Dolía como si un poco de ella hubiera muerto con él.

Las órdenes del asesino habían sido claras: un guardia y un mensajero le permitirían entrar y trasladarse sin levantar sospechas. Serían los mismos que le facilitarían la huida una vez realizado su trabajo. Luego de que cada guardia le abriera la puerta para escapar, debía asesinarlo; luego de que cada mensajero lo llevara hacia la próxima posta, también. Y así lo hizo.

Afuera arreciaba una tormenta de arena. Nadie creyó posible que el asesino sobreviviera en su escape a la arena implacable. Pero el objetivo ya estaba cumplido y el horror, instalado. 

Por primera vez desde siempre (porque el pasado en el Domo era nebuloso, casi siempre era ahora, casi siempre era siempre) el nivel central estaba en peligro. Las muertes violentas llevaban tiempo sin suceder dentro del Domo; pero cuando sucedían, lo hacían casi siempre en los anillos exteriores. Allí las muertes no tenían relevancia para el centro. 

En cambio, el asesinato de alguien importante, manchando de sangre el estanque como un símbolo del peligro que comenzaban a vivir, instaló el horror en el núcleo del Domo.

Lo que siguió fue exactamente lo que Diana había proyectado. El consuelo de los asociados hacia ella era profundo y sincero, como también lo era el miedo a la muerte que acababa de instalarse. Las medidas de seguridad en las fronteras se incrementaron como nunca antes, y cada asociado que ingresaba a un círculo superior para trabajar era observado con atención y sospecha por parte del personal de seguridad y los habitantes en general.

—Las secuelas de este horror vivirán en mí para siempre, lo sé.—dijo Diana con sincera resignación en la ceremonia de su asociado —No hay forma de olvido que pueda arrancarme este dolor, ni técnica que pueda quitar de mis ojos la imagen de este hecho. Ahora entiendo un poco más a mi hijo, Daniel, cuya cicatriz lo obliga a recordar. Sin embargo, del mismo modo que Daniel sobrevivió al horror, yo también lo haré. 

“Mientras tanto, es fundamental que recuperemos la paz en el Domo, que significa conseguir la paz entre gente que sufre y que cuestiona su lugar, cuya frustración los empuja a la violencia. Por eso quiero que Daniel me suceda como Gestor General. 

“Después de este asesinato, cada vez que la gente de los anillos me vea pensará que estoy buscando venganza por lo que nos hicieron. Además, la búsqueda de Daniel ha mejorado la situación de muchos asociados, pero también ha generado sentimientos negativos hacia mí en quienes perdieron a alguien en el proceso.

“Que Daniel sea el Gestor significará poner al frente del Domo a alguien que sufrió durante años las ausencias, que vivió a la fuerza entre los bárbaros, que logró regresar a su lugar pero que sabe, como lo saben muchos, que hay heridas imposibles de olvidar. Al mismo tiempo, si él encabeza el proceso de pacificación, la gente de los anillos sabrá que el sacrificio que hemos hecho no ha sido en vano.”


No se presentaron alternativas a los planes de Diana. El grado de asombro y de horror era tal que sólo ella parecía la única capaz de pensar con claridad en medio del caos. Se decidió, de manera unánime, avanzar en la preparación para el nombramiento de Daniel.

El proceso implicaba preparar a un asociado joven para ocupar un cargo que hasta entonces sólo había sido ejercido por personas próximas a abonar la tierra. Significaba un salto por sobre asociados que esperaban eventualmente llegar a ese lugar. Si bien la votación fue unánime, para muchos la idea resultaba difícil de tolerar.


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