XXXII
La muerte del asociado no provocó tristeza en Daniel. Desde su retorno al Domo, el papel que desempeñó dentro de la estructura familiar fue nulo. Así lo había decidido Diana. Sin embargo, su muerte aceleró el consenso entre los asesores del nivel central y Daniel se encontró, repentinamente, con la posibilidad concreta y, al mismo tiempo, cercana, de asumir su rol como Gestor General.
A medida que se acercaba el momento de la sucesión, Daniel se sentía cada vez más inseguro para asumir el cargo:
—La sociedad finalmente lo colocará, hijo mío, en el lugar que merece. La tragedia del pasado, que provocó tantas miradas desconfianza hacia usted, terminará convirtiéndose en el elemento que le otorgue un lugar de privilegio.
—Soy muy joven. No sabría qué hacer; no podría resolver los problemas del Domo. Es demasiada gente la que dependería de mis decisiones.
—Nadie sabe qué hacer frente a una situación nueva. Sin embargo, nunca estará solo. Conmigo a su lado, será la cara visible de un proceso de continuidad. Será la persona que nos una nuevamente, el símbolo de la resiliencia y la superación de la adversidad. Del resto, de la gestión del Domo, nos preocuparemos los asesores, que responden a mí.
Felicidad esperó tranquila el resultado de la conversación, sin intervenir, tal como lo había solicitado su madre. Entendía a su hermano: tan joven para el puesto, en medio de un proceso muy complicado y rodeado de tanta desconfianza y envidia. Sabía todo lo que dirían acerca de él y que sería señalado como el responsable del próximo fracaso.
Su madre se jugaba todo en esa decisión, consciente de que era la forma de consolidarse nuevamente en una posición de poder sólida.
Pero, al mismo tiempo, representaba la oportunidad clave para que los sueños de cambio que alimentaron en secreto junto a su hermano finalmente se concretaran.
Diana tenía en claro que Daniel sería su instrumento, el ejecutor de sus designios. Lo que no podía anticipar era que su hijo tenía ideas propias, contrarias a todo aquello en lo que ella creía. El proceso de formación para el cargo transcurría en paralelo a la planificación de las medidas que darían vuelta la estructura del Domo. Diana pensaba en la continuidad de la organización; Daniel, junto a Felicidad, en la revolución.
A medida que la formación avanzaba, los asesores se convencían cada vez más del futuro de Daniel. Su capacidad y determinación resultaban extraordinarias. Esto resultaba tranquilizador ya que ninguno de ellos estaba dispuesto a poner en riesgo su vida para ocupar el cargo de Gestor General, y menos en este clima de desorden inaudito.
Por otro lado, la desconfianza frente al hecho de la relación de Diana durante la gestión de su hijo se desvaneció con una promesa de la mujer más poderosa del Domo. Muchos de ellos estaban cercanos a la edad de ingresar al último sueño, o ya la habían superado, y ninguno estaba convencido de renunciar a la vida. La excelente alimentación y la vida relajada los mantenía jóvenes y vitales. Diana, amparada en el pretexto de las muertes masivas, nunca antes vistas en el Domo, reforzó la idea de que debían postergar el sueño definitivo, pero esta vez enfatizó que esta postergación sería por tiempo indefinido. Necesitaban de las personas más experimentadas para reorganizar el funcionamiento social frente a tanto caos. Los asesores, entonces, vivirían la cantidad de años que quisieran.
Les prometió que esa sería la primera decisión del nuevo Gestor General. Así, se disipó todo rasgo de desconfianza entre los asesores. Aquella masacre calificada por ellos mismos como desquiciada se transformaría, finalmente, en la razón por la cual todo el nivel central postergaría su muerte.
Quien tenía cada vez más dudas era Daniel. En los momentos en que se encontraban, compartía sus miedos con Felicidad y encontraba en ella la serenidad necesaria para continuar con el plan:
—Siento cómo la mirada de los asesores se detiene en mi cicatriz, recordándome que nunca voy a ser como ellos. La traición será más sencilla para ellos si yo soy el Gestor.
—La cicatriz en su rostro lo rescata de ser uno de ellos. Es una fortaleza, no una debilidad. Nunca reniegue de ella ni la oculte, es un orgullo no pertenecer a ese grupo.
—¿Y cómo sé que su formación no terminará por cambiarme, por transformarme en uno de ellos?
—Mientras tenga la cicatriz recordará la diferencia. Mientras yo viva, no dejaré que lo cambien.
Comentarios
Publicar un comentario