XXXIII
Durante el día, Daniel era un alumno aplicado; durante la noche, planeaba con Felicidad los pasos para transformar el Domo. Discutían la estrategia de posicionarse como empleado fiel de su madre, con el fin de promover paulatinamente cambios e intentar convencer tanto a los asesores como a la propia Diana de la necesidad de llevar adelante proyectos que organizaran el Domo de manera diferente.
Felicidad pensaba que esa estrategia tendría un alcance limitado. Si la sola elección de Daniel bastaba para calmar al Domo, nadie del nivel central tomaría en serio los proyectos de un joven sin experiencia. Mientras su madre no cambiara de parecer e impulsara reformas, sus iniciativas no tendrían respaldo. Y ni Diana ni los asesores querían que algo cambiara: su objetivo era restaurar el orden perdido, ordenar a los revoltosos y fomentar el olvido, para así retornar a la solidez de una sociedad en la que cada quien cumplía una función.
No. Las reformas debían darse de manera inmediata y sólida. Había que recuperar el concepto de revolución, largamente olvidado por la sociedad, y cargarlo con una potencia que invite a gritarlo a los cuatro vientos. Para lograrlo, no podían estar solos, porque sabían que todo el nivel central se les opondría. Detrás de la doctrina del entusiasmo, detrás del miedo y del olvido se escondía un grupo que solo buscaba sostener su posición de privilegio.
La revolución debía sostenerse en la fuerza de aquellos postergados por el sistema organizado por Diana y sus asesores. Deberían reunirse con las personas de los anillos, incluso con los de la periferia, para explicarles el proyecto, instalar la duda sobre el modo de organización vigente y pedirles ayuda para terminar con una estructura social que perjudicaba a la mayoría de los asociados. Al mismo tiempo, debían ser muy cautos a la hora de encontrar formas de comunicación que no levantaran sospechas ni representaran una amenaza para ellos mismos.
Durante largas noches debatieron los modos de establecer la comunicación con los demás anillos de manera segura y efectiva. Debían hacer frente a dos problemas: por un lado, las medidas de seguridad eran extremas luego del atentado, y todas las formas de atravesar los muros que tradicionalmente resultaron sencillas ahora estaban clausuradas; por otro, necesitaban encontrar interlocutores válidos, capaces de generar un clima de confianza para convertirse en multiplicadores de la idea.
Ellos no podrían atravesar los muros sin levantar sospechas. Toda su esperanza estaba puesta en encontrar a alguien del primer anillo que cruzara los muros cotidianamente. Esa persona debía ser de extrema confianza y, además, compartir con ellos la visión crítica de la realidad. Sin embargo, reunir esas dos condiciones era en extremo difícil ya que quienes vivían en el primer anillo y trabajaban en el nivel central sentían cierto orgullo por estar cerca del círculo al que aspiraban pertenecer, y alimentaban la esperanza de que, ante una vacante, estarían más cerca que nadie de ascender.
Cala, la hija de Torres, vino a resolver estos problemas con maestría. Fue el primer contacto en el que confiaron para establecer un nexo con el afuera. El dolor de la joven por el estado de su padre era el motor que la impulsaba a creer en la necesidad de cambios. Quizá, si la sociedad lograba quitarse la máscara del olvido y reflexionar sobre sus actos, su padre encontraría la paz entre personas que no ocultaran sus errores bajo la falsedad del olvido.
Cala conocía asociados del primer anillo quebrados, como su padre, por el horror proyectado desde el nivel central. Algunos de estos ingresaban diariamente al centro a trabajar. Con ellos, Cala, Felicidad y Daniel lograron conversar en lugares secretos. Así comenzó a tejerse una pequeña red desde el centro que con mucha cautela se reprodujo en el primer anillo y, desde allí, continuó expandiéndose.
Se habló del agua, de la tiranía, del horror y la muerte de un pueblo entero; de la posibilidad de transformar la realidad del Domo a partir de un reparto más justo del recurso. Y así, la palabra revolución comenzó a expandirse a lo largo de todo el Domo.
Pero, como suele suceder cuando los secretos circulan entre muchas personas, eventualmente salen a la luz. La madre de Cala oyó a su hija hablar de la idea con otros jóvenes y se aterrorizó frente a la posibilidad de que su propiedad fuera ejecutada, del mismo modo que había ocurrido con tantos traidores en los últimos tiempos. Las discusiones en su hogar se volvieron constantes. Torres pareció volver a la vida al descubrir que su propiedad, lo único que lo mantenía aferrado a la vida, corría peligro. Cala intentó convencer a sus padres, pero no tuvo éxito: antes que cualquier idea compartida se imponía el horror de perderla.
Desesperada por la situación, la madre habló con otros asociados cuyas propiedades formaban parte de la conjura. Tal vez alguno de ellos buscó sacar provecho de la situación y, de ese modo, los planes llegaron a oídos de Diana.
Lo que siguió fue una sigilosa vigilancia sobre sus propios hijos y sobre aquellos a los que ellos frecuentaban. Para cuando Daniel y Felicidad advirtieron las maniobras, dejaron de comunicarse con Cala para preservarla. Quizás este acto le haya salvado la vida.
Por lo demás, todo continuó igual. Una vez finalizado el período de formación, se dispuso la ceremonia de asunción. Las expectativas eran altas por diversas razones: desde todos los anillos del Domo aguardaban atentos la posibilidad de que, esta vez, las cosas cambiaran a su favor, mientras que desde el nivel central veían en Daniel la promesa de recuperar el orden perdido.
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