XXXIV

 


El anuncio de la fecha fue largamente celebrado y la ceremonia cuidadosamente preparada. Diana no mostró la más mínima señal de desconfianza hacia Daniel o Felicidad. Su hermana pensaba que habían actuado a tiempo desarticulando las conexiones antes de que los descubrieran. Daniel, en cambio, no estaba seguro: tenía la oscura sospecha de que su madre era más fría y astuta de lo que habían imaginado, y que la aparente locura de su empresa por rescatarlo era, en realidad, la otra cara de una mente extremadamente inteligente y calculadora. Aunque en varios momentos lo intentó, nunca pudo sentir cariño por ella.

Daniel había decidido que sería durante su discurso de asunción cuando revelaría a viva voz la intención de dejar correr el agua, reivindicaría al pueblo masacrado y propondría a la sociedad una forma de vida más humana. A pesar de que no tenía conexión con los demás niveles, sabía que su discurso trascendería los muros rápidamente, confirmando que el plan estaba en marcha y activando a los aliados de diferentes anillos.

La inmediata activación de esos grupos sería la única garantía de que el plan tuviera éxito.

Cala estaba tan entusiasmada que los días se le hacían interminables. Sabía que el día del acto sería un antes y un después en la vida del Domo, aunque llevaba meses sin encontrarse con los hermanos. Durante ese tiempo, continuó hablando secretamente con los padres. Torres se emocionaba hasta las lágrimas con el proyecto, mientras que su madre se desesperaba por la peligrosidad de la idea. 

Ambos le ordenaban primero y le rogaban después que no se involucrara con el plan, aunque sabían que eso ya era imposible. Su padre comprendía que pronto debería proteger a su propiedad hasta morir y que, a diferencia de los años posteriores a la masacre, su vida finalmente cobraría algún sentido. La madre no temía por la decisión de Torres de morir peleando, sino por el futuro trunco de su hija, quien estaba creciendo en el nivel central y tenía un porvenir más prometedor del que nunca se habían animado a soñar, pero todo eso de desvanecía al convertirse en una traidora. 

El día de la asunción todo estaba perfecto, aunque los nervios se notaban en el ambiente. Todos tenían demasiado presente el asesinato en el estanque y desconfiaban de la capacidad de Daniel. Acompañaban a la persona que les alargaría la vida; esa era la única certeza. Lo demás se revelaría con el tiempo.

El clima estaba enrarecido entre la tensión y el festejo. El Domo estaba decorado para una fiesta y las personas fingían que realmente lo era. Pero lo que convenció a Daniel de que algo malo pasaría fue el saludo de su madre, horas antes del acto. Jamás demostraba tanto sus sentimientos, nunca abandonaba su personaje mesurado, amable y calculador. Pero esa mañana ingresó al dormitorio de Daniel en un mar de lágrimas. El abrazo a su hijo fue único y sería irrepetible:

—Usted es mi esperanza, Daniel. La única esperanza de que algo mejor pueda pasar en este mundo inhabitable. Siempre lo fue, por eso lo busqué, aunque puse todo en juego por esto. Esta ceremonia culminará mi sueño. Le deseo toda la paz del mundo en estos instantes. Siempre estuvo destinado a cosas grandes.

—No llore, madre. Vendrán mejores tiempos luego de este día.

—Espero que sí, hijo. Ahora lo dejo con los preparativos.

Daniel sintió en todo momento que su madre se estaba despidiendo. No sabía qué pasaría ni qué estaba planeando, pero intuyó que algo sucedería. No imaginaba un atentado como el anterior, con tanta seguridad alerta y tanta gente observando, pero permanecía atento: Diana traía algo entre manos.

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