XXXIX

 


La sorpresa se apoderó de todos, excepto de Laszlo quien, cuchillo en mano, intentaba descubrir de dónde provenía la voz. Pero el entramado de cuevas y túneles multiplicaba los ecos haciendo imposible identificar su procedencia. Como un cachetazo del tiempo, Daniel recordó su infancia de voces bajas junto con la amabilidad en los ojos de cada persona con la que se había cruzado.

—Demasiadas vidas se han perdido en este lugar para que la huida sea la salida. Es su obligación, Daniel. Es su deuda.

El dolor de las palabras le recordó aquella herida que había intentado olvidar: la herida de un alma rota por saberse íntimamente responsable de la matanza de buenas personas.

Las posiciones de defensa estaban ensayadas y formaban parte del instinto de cada integrante del grupo, que frente al peligro funcionaba como un único organismo vivo. El grupo se organizaba alrededor del mapa, que había quedado en el centro como lo más preciado a proteger.

Daniel permanecía en su sitio, desprotegido, derrotado antes de pelear. Nadie fue a rescatarlo. Gringa intentó salir de la protección del grupo para buscarlo. Nadie la detuvo. Solo las palabras de Daniel la frenaron a mitad de camino. El joven, que hacía pocas horas apenas había logrado ponerse de pie, habló con voz muy alta, generando el mismo efecto multiplicador que la voz desconocida:

—La vida se empeña en mantenerme respirando para arrastrar conmigo el peso de innumerables muertes. Mi castigo, quizá, consista en el andar errante, cargando con tanta muerte.

—No es usted quien decide ese destino. Es el peso del que habla el que lo obliga a pelear.

Mientras hablaba, la voz se acercaba; se volvía más imponente y amenazadora. Gauna, finalmente, le pidió al joven:

—Daniel, acérquese a nosotros para pelear juntos.

—No se preocupen. La dueña de esa voz no viene a pelear, pero quizá la mía se extinga por propia voluntad.

Los pasos se acercaban con tranquilidad y firmeza. A medida que lo hacían, se iban descartando posibles procedencias hasta que el sonido se concentró en una sola cueva, de la cual emergió finalmente una silueta encapuchada. No llevaba armas a la vista, solo el rostro oculto bajo una manta oscura.

Al ingresar en la cueva, avanzó con lenta seguridad por el perímetro, rodeando al grupo reunido en el centro. Todos pudieron ver en su brazo desnudo las marcas que Daniel reconoció de inmediato como cicatrices del fuego. Pasó muy cerca de él sin detenerse, y también de Gringa, a quien observó con curiosidad.

Daniel no lograba reconocer ni la voz ni el cuerpo oculto de aquella mujer que, en cambio, sí lo conocía. El pasado los unía, aunque él ignoraba de qué manera. Lo único seguro era que la marca de su rostro y la del brazo de la mujer habían sido grabadas el mismo día. Sin dudas, era una sobreviviente de aquella masacre.

Entonces, Daniel rompió el silencio que por un instante había gobernado el lugar.

—Si por un momento estuviera en mi interior, señora, sabría que la vida me ha quitado hasta el sentido del deber. Mi existencia se ha reducido a la lucha por sobrevivir.

—Quizá yo, como nadie, conozca su dolor. Es el motor que me mantiene con vida.

—¿Cómo podría conocer mi dolor? ¿Cómo siquiera puede imaginarlo?

—Porque fui la persona que vio por primera vez a una mujer con un pequeño niño en medio del desierto; fui yo quien informó al consejo y quien convenció a la comunidad de romper las reglas para permitir el ingreso de aquel por el que vinieron los asesinos que arrasaron todo aquello que conocía.

Daniel intentaba organizar su pensamiento entre la desesperación por recordar y la sospecha de que tal vez se hubiera encontrado con la única persona en el mundo capaz de entenderlo.

—¿Quién es? —preguntó.

La mujer se quitó finalmente la capucha y dejó al descubierto un rostro que no habría reconocido después de 18 años, de no ser por aquello que siempre la identificó.

—Lika, de los Observadores.

—Alguna vez lo fui —respondió, y volvió a cubrirse el rostro.

Lika continuaba caminando, sin armas ni miedo, alrededor del grupo.

—¿Cuántos sobrevivieron? —preguntó Daniel.

—Sólo yo.

—Qué tristeza.

—Ni se lo imagina. No puede entender el alcance de ese sentimiento. O quizá sí. ¿Quiénes lo acompañan?

—Desconozco quiénes son y de la mayoría no conozco sus nombres. Sin embargo, les debo la vida. Gringa, por otro lado, es la mujer que sacrificó su vida tal y como la conocía por salvarme.

—La vida no suele hacernos transitar dos veces por el mismo camino. Otra vez una mujer lo rescata de ese antro de asesinos; otra vez está frente a mí. Es justo que otra vez cometa el error que tanto me costó. Sean bienvenidos, viajeros, mientras dure la tormenta. Tengo alimentos y agua. Daniel me ayudará a traerlos.

—Ya ve: o la vida se equivocó, o supo exactamente lo que quiso. Agradecemos su invitación

Así, Lika dejó de caminar en círculos para dirigirse hacia uno de los pasillos. Daniel la siguió, sin cruzar palabras ni miradas con el resto del grupo.


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