XXXVI

 


Los guardias comandados por Torres vencieron rápidamente el asombro y acudieron a cubrir a Daniel. No podían separar a su hermana del cuerpo, por lo que el jefe de guardias decidió trasladar a ambos a una habitación contigua. Cala, que durante la asunción había estado en una posición privilegiada por pedido expreso de Felicidad, logró abrirse paso hasta la comitiva que transportaba, en medio del caos, al Gestor General que no llegó a serlo. La hermana, en medio de su desesperación, alcanzó a verla y forcejeó con los guardias hasta que pudo tomarla con fuerza de la mano y arrastrarla junto a ellos a la habitación. 

Felicidad miró a Torres y, con firmeza, le ordenó:

—Que no entre nadie. En especial, Diana.

Iba a desoír la orden de la joven para no contradecir a la Gestora General, cuando sus ojos se cruzaron con los de Cala. Su hija lo miró a los ojos con determinación y le dijo:

—Fue la Gestora. Necesitamos todo el tiempo que pueda darnos.

Torres vio en su hija a otra persona. Quizá por primera vez reconoció a una adulta en lugar de a una niña y sintió que ese era el momento en que debía cumplir con su promesa. Se dirigió a sus guardias:

—Esta habitación no es segura. Llamen a todos. Nadie entra sin mi permiso. Y lleven a la Gestora a un lugar seguro. Ella querrá quedarse, pero su vida peligra. 

Dicho esto, ingresó en la sala junto con su hija y Felicidad. Era la sala de asesores y estaba vacía. Los guardias depositaron el cuerpo de Daniel en el suelo y salieron, por orden de Torres, a custodiar la puerta. Apenas lo hicieron, Torres trabó la puerta. 

A los pocos segundos, escucharon voces del exterior. Uno de los guardias informó que en la puerta se encontraba la asociada de Torres, famosa por su capacidad de curar. Torres abrió la puerta y la dejó entrar. Al hacerlo, pudo ver a Diana forcejeando con los guardias por intentar ingresar.

—Está malherido, pero no muerto —dijo la madre de Cala.
—Tengo que sacarlo de aquí. Vendrán a finalizar el trabajo que comenzaron —pensó en voz alta Felicidad.
—Su madre no lo permitirá —sentenció Cala.
—Mi madre es la asesina. —Felicidad habló con voz fría y contenida.

Mientras la sanadora trabajaba rápidamente sobre una herida ocasionada por un objeto que nunca había visto, escuchaba, con un miedo creciente, la voz de Cala:
—Cala, hija, váyase. No se involucre en esto.
—Prefiero morir a escapar —respondió Cala.

La curadora sabía que su prioridad era Daniel: estaba a punto de morir. Decidió respirar hondo para no dejarse arrastrar a una discusión con Cala y centrarse en lo inmediato:

—Si lo movemos en este estado, probablemente morirá.
—Si se queda, de seguro morirá —replicó Felicidad con admirable frialdad.

La curadora supo con claridad que todos morirían en ese lugar: su asociado, Cala y ella misma. Hasta Felicidad. Todos. No habría salida si Diana quería asesinar a Daniel. 

Estaba aterrorizada. Cala se había vuelto lo único importante ¿Es que estos jóvenes no habían entendido nada? ¿Es que no se daban cuenta de que sus ideas estaban muertas antes de comenzar y que lo único que arrastrarían consigo sería aún más muerte. ¿Acaso su hija no había aprendido a leer, no le estaba enseñando a sus padres ese difícil arte? ¿No había aprendido nada de los textos sobre la resiliencia y el crecimiento individual? ¿Por qué de repente se preocupaba por gente que ni siquiera conocía?

Gringa pensó rápido, o no pensó:

—Traeré mi carro con la medicina, está a solo unos metros —dijo —  Me lo llevaré escondido en el interior.

—¿Cómo? ¿A dónde?— me preguntó Cala, asombrada

—Al desierto de la barbarie. Al exilio. Es el único lugar posible.

—Pero madre, morirá.

—Prefiero morir a dejarte morir.

—Daniel también morirá en esas condiciones

—Te prometo, hija mía, que si existe alguna posibilidad de que viva, la voy a encontrar. También prometo mantenerme con vida para volver a abrazarlos. Ustedes prométanme a mí que se mantendrán con vida a cualquier costo hasta que vuelva.

—No es justo. No es su lucha, no merece morir por alguien en quien no cree —dijo Cala; quería sonar adulta, pero entre lágrimas, por un momento se volvió una pequeña.

—Es justo, porque estoy dispuesta a dar la vida por alguien en quien sí creo, al igual que tu padre.

No dejó que su hija la abrazara porque sabía que se desmoronaría. Torres abrió la puerta y ordenó a los guardias que la dejaran salir para buscar el carro con las medicinas.

Afuera se encontró con Diana, aún luchando. La odió en secreto, mientras que su rostro simulaba angustia. Torres salió detrás ella y se dirigió hacia la Gestora.

—Quiero  estar con el cuerpo de mi hijo. —Gritaba fuera de sí.

—Como bien dice, señora, su hijo ya murió. Envié a mi asociada a buscar medicamentos para simular que aún está con vida y obligar al asesino a que se revele. Ahora necesitamos de alguien que nos guíe. Ya verá a su hijo, pero, por el momento, póngase a salvo.

La confirmación de la muerte de Daniel desmoronó a la Gestora General. Los guardias, junto con el mismo Torres, la trasladaron a su hogar sin que opusiera resistencia. En medio de tanto caos y desorden sobresalían los gritos desgarradores de Diana, quien había asesinado a su propiedad y sabía que no podría vivir con la culpa.

A los pocos minutos, Gringa regresó con el carro. A pesar de ser muy grande, el sistema de ruedas giratorias estaba muy bien desarrollado para que el esfuerzo necesario para arrastrarlo sea muy poco, Quitó los cajones del interior para poner a Daniel en su lugar. Luego puso la tapa y, encima, los canastos con medicina. Cala iba entre los canastos, cubierta por un paño. También debía irse del recinto, sería muy sospechoso que formara parte del selecto grupo que sí pudo entrar al recinto. No tendría forma de explicar su desconocimiento sobre la desaparición de Daniel.

Antes de partir, Gringa le dio un té sedante a Felicidad. Al beberlo, perdería la conciencia y no podría ser vista como una responsable de la aparición de su hermano.

Instintivamente tomó el bolso con semillas. El mismo con el que su madre entró al Domo, un objeto que la acompañó en cada traspaso, un símbolo de viaje. Era una decisión acertada llevarlo en su viaje al desierto. Si morían, como de seguro iba a suceder, de alguna manera las semillas tendrían una oportunidad de crecer en semejante clima ya que sus cuerpos les servirían de abono. Sería como resistir a la muerte.

En medio del caos generalizado, Gringa se presentó con su carro en la puerta de cada anillo como portadora de una única orden sensata: debía pasar al nivel siguiente para recolectar las plantas medicinales que requería Daniel. Si alguien revisaba, Cala ya se había perdido entre la multitud del primer anillo y Daniel estaba oculto bajo un doble fondo. Pero no hubo revisión: cuando decía su propósito, rápidamente acataban la orden. Así salió finalmente del Domo para encontrarse cara a cara con el desierto de la barbarie. Caminó velozmente hacia la tormenta de arena con la esperanza de desaparecer lo más rápido posible de la mirada de los guardias y que la muerte los encuentre antes de que lo hicieran los guardias.

Felicidad fue obediente. Tomó el té con las hierbas y pronto perdió la conciencia.

Torres les dio todo el tiempo que pudo. Cuando Diana llegó a su casa, Torres volvió a la puerta de la habitación, pero se quedó afuera. Daba órdenes a todos los guardias, observaba el horizonte y evitaba que cualquier persona cruzara el umbral.  Cuando la ciudad se tranquilizó y Torres ordenó ingresar al recinto, se encontraron a la joven Felicidad dormida y al lugar vacío, sin cadáver. Era el mismo momento en que Gringa y Daniel partían finalmente hacia el desierto.

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