XXXVII

 


Daniel finalmente despertó, aunque no estaba seguro de ello. Despertar en el pasado no es realmente despertar, sino soñar con un recuerdo. Despertar entre desconocidos tampoco lo es del todo, sino continuar en un sueño donde los rostros se desdibujan. Permaneció en silencio, con los ojos abiertos pero sin dar señales de su vigilia a quienes lo rodeaban.

Una mujer dormía a su lado, muy cerca, y supo que pertenecía al Domo, aunque no podía ver su rostro para identificarla. El lugar en que se encontraba era, sin dudas, el sistema de cavernas donde había crecido. Su cabello era corto, como cuando era niño. Sin embargo, comprendió que no se trataba de un sueño del pasado cuando advirtió que lo único que quedaba de la comunidad eran paredes en ruinas.

Ese detalle lo obligó a asumir la situación como real e intentar recapitular lo que sabía para analizar el presente. Recordaba el incendio de su infancia, el plan revolucionario, el intento de asesinato. Recordaba que su madre era la asesina. 

Las palabras pronunciadas en una voz casi inaudible por la mujer lo obligaron a girar la cabeza hacia ella y reconocer a la curadora del nivel central.

—¿Cómo llegué hasta este lugar?

—Yo lo traje, con la ayuda de este grupo. Soy Gringa, madre de Cala.

—La reconozco, Gringa. Salvó mi vida.

—Ellos también lo hicieron.

—¿Quiénes son?

—Un grupo nómade que nos encontró en el desierto. Pudieron habernos dejado, incluso asesinado, para quedarse con nuestras cosas. Decidieron salvarnos cuando se enteraron de que usted sabe leer y escribir. Nuestra condición es frágil como su estado de salud.

—¿Sabe algo de Felicidad? ¿Su hija corre peligro?

—Tomé el lugar de mi hija en su rescate. De lo contrario, los dos habrían muerto. Todavía no sé de qué modo sobrevivimos. No sé nada de su hermana, solo que ayudó en su huida y que la desmayamos para ocultar su complicidad.

—Nadie está a salvo en ese lugar de muerte. Estas ruinas lo atestiguan.

—Por el momento, estas ruinas nos sirvieron de cobijo para no perecer en la tormenta que lleva días azotando la superficie.

Finalmente, Gringa apartó la mirada de Daniel para observar el entorno y descubrir que todos estaban despiertos, sentados y escuchando desde su lugar la conversación que mantenía con el joven. Decidió a ayudar al joven a sentarse, para que él también pudiera observar y ser observado.

—El hecho de que aún esté respirando es una magia que le debes a esa mujer —Dijo el anciano — Jamás lo olvide.

—No lo haré —Dijo Daniel

—Bienvenido, entonces, al reino de los vivos conscientes —Dijo el anciano con una risa sincera. —Mi nombre es Gauna. Como le mencionó Gringa, el hecho de que siga respirando también tiene que ver con nuestra intervención. A cambio le pediremos conocimientos específicos sobre el arte de transformar las palabras orales en símbolos.

—Escribir.

—Exacto. Nos urge aprender a escribir palabras y también leerlas.

—Será un honor enseñarles.

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