XXXVIII

 


A los ojos de Daniel, la existencia del grupo solo podía explicarse en el marco de la duermevela en la que vivía desde el despertar posterior al intento de asesinato. En esos términos aceptaba la idea de que hubiera humanos capaces de atravesar el desierto desafiando a la muerte segura y, entre tantos, la existencia de aquellos que lo habían cobijado junto con Gringa.

Hasta el momento no había tenido contacto con ninguno de los cuatro miembros restantes. Solo Gauna parecía interesado en conversar; el resto se limitaba a cumplir funciones específicas, manuales, durante la mayor parte del tiempo. Daniel pensaba que la barbarie y la constante lucha por la supervivencia habían borrado en ellos la costumbre de la digresión que representan las conversaciones. El contexto los había reducido a la mera supervivencia.

Hasta que vio a Laszlo, quizás el más brutal dentro de aquella barbarie, con el mapa.

Al principio, Daniel no comprendió a qué dedicaba tanto tiempo y concentración. Lo observó desplegar las tablas de madera, ordenarlas y comenzar a mezclar pigmentos. Poco a poco, la madera se llenó de colores y entonces Daniel descubrió que lo que aquel enorme bárbaro hacía era pintar. 

Al igual que a Gringa, a Daniel le sorprendió el contraste entre el tamaño y la aparente rudeza del gigante y la precisión delicada de sus movimientos al pintar. Percibió el esfuerzo de un cuerpo que parecía destinado a otras tareas, adaptado ahora a una labor distinta. Del mismo modo que había ocurrido con Gringa, Gauna se situó a su lado sin que él lo advirtiera.

—Lo que está observando, Daniel, es la realización de una de las actividades más importantes para las comunidades nómadas: la cartografía. 

La sorpresiva aparición del anciano hizo que Daniel tensara su cuerpo provocándole un profundo dolor punzante.

—Lamento haberle causado dolor innecesario. No fue mi intención. Parece que el proceso de recuperación será largo.

—Afortunadamente, las hierbas que me proporciona Gringa mantienen el dolor en un grado tolerable.

—Los conocimientos de Gringa en el campo de las curaciones son invaluables. Nos alegra haberla encontrado.

—Espero que yo también pueda serles de utilidad.

—Eso dependerá enteramente de su habilidad para resolver nuestros problemas con la cartografía

—¿Qué significa esa palabra, cartografía?
—Es el arte de confeccionar mapas. Gringa me preguntó lo mismo. Realmente me extraña su desconocimiento en la materia. ¿Será que no existen mapas en su comunidad?

—En el Domo no existe un mundo para retratar. Sólo el Domo y el desierto. 

—El horizonte no tiene límites, Daniel. Puedo asegurarle que hay muchísimo más que sólo desierto. Un mapa es una forma de dar cuenta de eso.

—¿Ese hombre está haciendo cartografía?

—Ese hombre, Laszlo, está agregando estas cuevas al mapa.

—Es un mapa muy vasto. Deben haber recorrido mucho.

—Lo que está viendo es una mínima parte de nuestro mapa. Hay varias cajas con más fragmentos.  

—¿Por qué es tan importante el mapa y de qué manera puedo colaborar con él?

—Verá: para las comunidades nómades la cartografía es una cuestión vital. Como se podrá imaginar, conocer la ubicación de fuentes de agua o refugio, así como la de asentamientos sedentarios amistosos para el comercio, permite anticipar los itinerarios de viaje. Por eso elaboramos mapas precisos.

“Existen comunidades hostiles, que ven en otros viajeros la oportunidad de matar y saquear; pero también hay muchas que conciben el encuentro como una posibilidad funcional y, a la vez, recreativa. Encontrarse con otras personas suele ser liberador después de mucho tiempo de convivencia con el mismo grupo. Además, nos brinda la oportunidad de ampliar nuestros mapas a partir de los que poseen otros.

“La cartografía es, entonces, una actividad fundamental, prioritaria entre comunidades. Casi todos los grupos cuentan con un cartógrafo, que va perfeccionando su estilo con la práctica de los años. El mapa de cada grupo se amplía a medida que exploran nuevos territorios. Sin embargo, el desplazamiento es lento y el mundo demasiado vasto. Por eso las comunidades hemos establecido con gran precisión las escalas de trabajo en los mapas, utilizando las matemáticas, y hemos acordado un sistema de medición común a todos los grupos.

“Si bien nuestro sistema funciona, enfrentamos el problema de incorporar en el mapa los nombres de los lugares. Nombrar un territorio es incorporarlo por completo. Una montaña puede ser cualquier montaña, o todas ellas, a menos que tenga un nombre; es el nombre el que la vuelve única en un mapa. Además, cada montaña posee características propias, y poder registrarlas sería de gran utilidad con fines prácticos.

“El problema es que no hay nómades que hayan aprendido el arte de nombrar las cosas por escrito. La brevedad de nuestros encuentros y las condiciones de vida solo nos han permitido ensayar códigos siempre fugaces, incompletos e imposibles de transmitir.

“Esto vuelve su presencia muy importante para nosotros. Si tiene la habilidad para transmitirnos el código y puede ayudarnos, a su vez, a transmitirlo a otros, siempre tendrá un lugar en nuestro grupo.

—Entiendo que me salvaron la vida y que, además, mi supervivencia y la de la persona que me salvó en el Domo depende de ustedes. Será un honor para mí enseñarles a escribir palabras.

—Escribir… Eso sería muy importante para las comunidades.

—Todos los lugares del mapa tendrán su nombre escrito.

—A cambio, conocerán nuevos horizontes y aprenderán que hay una infinidad de variables entre su Domo y el desierto.

—Sin dudas, necesitaré del mapa para entender el mundo que se abre ante nosotros.


De repente, una voz se escuchó desde las profundidades del entramado de cuevas; una voz de mujer que parecía venir del interior de la tierra misma.

—Su destino, Daniel, no está lejos de aquí. En su caso, no son nuevos horizontes los que debe conocer sino uno conocido al que debe regresar.

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